La Estafa

Nunca había escrito un reportaje. Y no sabía por dónde empezar. El tema era tan abierto que para mí no existía. Lavapiés. "Escribid del barrio de Lavapiés", nos dijo el profesor. "Traed una buena historia". No sé cuánto tiempo teníamos para hacerlo. No lo recuerdo. Pero da igual. Podía ser un día, una hora o un mes. Estaba perdido.

Bajé en la estación de metro. El nombre Lavapiés aparecía escrito en un rombo azul y rojo, tumbado. Asomé la cabeza por encima de la cota cero, aupado por una escalera mecánica. Y salí escupido al exterior. Estaba en la plaza. No conocía demasiado el barrio. No sabía por dónde empezar. Estaba perdido.

Deambulé por las calles de alrededor. No mucho. Cuando me agobio, me canso. Me costaba pestañear, fijarme en las cosas, ordenar mis ideas y decidir qué hacer. Regresé a la plaza sin querer y sin haber hablado con nadie. Encontré un banco vacío y me senté. Estaba perdido.

Pudieron pasar dos horas. Tal vez tres. No creo que llegase a sacar el cuaderno. Pero tuve una especie de revelación. Era primavera. Sobre la plaza, las nubes se movían con prisa. Escribí sobre ellas. Líneas y líneas sobre la sombra que proyectaban en el suelo; sobre cómo cambiaban en las cara de la gente; escribí sobre lo que las personas hacían sin darse cuenta de los cambios radicales que ocurrían en la acera. Exprimí de las nubes un titular, de las sombras un subtítulo y hasta un despiece de las papeleras.

Al lunes siguiente el profesor arrugó aquel escrito. Preguntó por mí a viva voz delante de toda la clase. Y me dijo: "Esto es un fraude. Esto es una estafa".

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16 de mayo de 2013 - 09:23 h
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