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Patio ludens

Ángel Ramírez

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A Cristina Bendala, que tanto sabe de esto.

La UNESCO ha reconocido a los patios como patrimonio inmaterial de la humanidad, y yo que me alegro. En primer lugar porque creo que los patios van mal y el debate en la ciudad en torno a ellos estaba yendo aún peor, así que cualquier factor externo es bien recibido. Especialmente si esa intervención se muestra sinceramente interesada en la comunicación, la creación y la belleza, como mostraron los expertos el pasado año enviándonos a casa a repetir las tareas. Suspenso merecido por lo que pudimos conocer del informe (qué racanería con los documentos, podría hacer este Ayuntamiento lo mismo que los vecinos de los patios, abrir las puertas).

Estoy disperso y me he puesto a mirar palabras. Empecé por el cordobesísimo pego y descubrí que dicha palabra viene de un ilustrado francés llamado André Pegau de finales del XIX o principios del XX. Resulta que el hombre, un ilustrado empeñado en ilustrar a la ciudad, construyó un globo aerostático que levantó gran expectación, pero no consiguió elevarse a sí mismo ni un palmo del suelo. Después de dar la matraca con la modernidad la cosa quedó en nada, así que cuando algo no funcionaba o no servía se decía que era como “lo del pegó”, y de ahí el uso actual. Después bicheé merdellón, vocablo con el que en Málaga describen a una persona vulgar, ordinaria. Unos dicen que proviene del francés “merd de gens” (gracias vecinos), y otros del italiano “merdellone”. Y terminé con el gaditano estar al liki, o al likindoi, expresión utilizada para referirse a estar atentos, vigilantes. Hay versiones varias, pero todos coinciden en que es una adaptación de “to be looking down” o de “look and do it”, utilizadas por los marinos ingleses en tareas de vigilancia en los barcos o en las torres de la ciudad. En lo que los malagueños y cordobeses damos un paso evolutivo los gaditanos dan tres, ya los conocemos. Yo, indagando los vocablos más andaluces y castizos y resulta que todos son traslaciones del francés, el inglés o el italiano.

Las palabras que más nos identifican existen porque a alguien le importaron un bledo las normas, las identidades y las tradiciones y decidió divertirse. Usó lo que tenía para comunicarse, para tender un puente con el extranjero, para reírse con sus amigos, sin complejos y sin el María Moliner debajo del brazo, y muchos hemos disfrutado después de esa ocurrencia. Los patios cordobeses existen porque la gente que vive en ellos los utiliza para lo que sirven, ser un poco más felices, y la felicidad sólo se consigue compartiendo. Si los vecinos de los patios en su día hubieran pedido consejo a la corte de gestores y expertos que ahora nos acechan, hubieran puesto flores de plástico o externalizado los servicios de jardinería, habrían cerrado las puertas y cobrado por la entrada, y probablemente les habrían puesto un traje ridículo para que hicieran el baile de la cabra y amenizaran la visita. Si se hubieran creído que son lo que los econócratas les dicen que son hubieran maximizado el beneficio, añadido valor y todo eso, y la humanidad se hubiera perdido uno de sus patrimonios inmateriales. Las palabras hermosas,  los patios y las músicas existen porque la gente es creativa, desinteresada, tiende a expresarse y a ser libre. O sea, nos gusta jugar. Como escribía George Bataille, lo que definitivamente nos hace humanos es todo lo inútil, lo que está fuera de la cadena de utilidad, la parte maldita, título de su libro (una maravilla que recomiendo).

Escribo esto ahora que se iniciará un intenso debate sobre los patios, porque lo que ya nadie niega es que el futuro tiene que ser algo distinto al pasado reciente. Se propondrá abrirlos más días, cobrar entradas, subvencionarlos… pero como perdamos de vista dónde radica su valor, si intentamos sustituir esa pulsión primera de la libertad y la belleza compartida, de la conversación y la diversión, no sé si seremos más ricos, pero seguro que más infelices y más tontos.

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