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Vivarium

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Cristian López

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La distopía en tiempos distópicos. Así llegó a un servidor una obra como Vivarium (2019), segundo largometraje del irlandés Lorcan Finnegan, quien sabe encarnar a la perfección el espíritu generado en los últimos años por Black Mirror (2011-). Es indudable que la serie de Netflix no es inventora de casi nada, aunque su impacto ha sido tan brutal que ha logrado crear un lenguaje actual y un estilo propio, generando a su paso multitud de adeptos y discípulos. Y más que tienen que aparecer, pues el material se está creando solo. Y bajo ese paraguas podría catalogarse a una cinta que bebe de multitud de sitios y, a través de una propuesta sin excesivos alardes, consigue escupir en la cara de muchos otros.

De hecho, la premisa es tan sencilla que parte de una joven pareja que se ha planteado la compra de su primera casa. Para ello visitan una inmobiliaria donde los recibe un extraño agente de ventas, que les acompaña a Yonder, una extraña y misteriosa urbanización, en la que todas las casas son idénticas. El viaje comienza con un cartel en el que se puede leer “para siempre”. Y vaya sí lo será.

Poco más quiero decir del argumento, ya que se trata de esas obras por descubrir con una mentalidad absolutamente virgen. Sin consideraciones previas ni prejuicios. Una narración sustentada bajo el magnífico trabajo interpretativo de Imogen Poots, premiada como mejor actriz en Sitges, y Jesse Eisenberg. Ambos despliegan a la perfección la fuerza del guion en todo momento. Una trama ambientada en la más absoluta cotidianidad de un futuro próximo, aunque viciada por uno de los lados más mezquinos y sumisos de la sociedad contemporánea.

Y es que Finnegan no tiene reparos en criticar, desde la ciencia ficción, el modo de vida americano. Ese sueño que se vende como perfecto y que radica en poseer (es eso más que formar, construir o vivir) una familia teóricamente modélica y una casa preestablecida y homogénea. Una vida en serie. Un capitalismo humano y salvaje. El desasosiego alcanza límites insospechados bajo un cielo de nubes que solo parecen nubes y un horizonte cargado de viviendas unifamiliares y exactamente iguales. Casas insulsas, comida insípida, flores de plástico y jardín de hierba. ¿Y la habitación de un niño? Ojo, ahí reside otro aspecto clave y aterrador. Madres en cadena. De todo a cien. Herramientas para la crianza.

Una atmósfera que asfixia en su inmensidad. Un estilo de vida contaba -desde otro punto- en infinidad de ocasiones en el cine norteamericano, y que cada vez tiene más presencia en Europa. Ese viraje que está sufriendo la sociedad de trasladarse del centro de las ciudades a barrios residenciales de adosados uniformes. Desde esa sencillez radica un argumento que apunta, y coincidiendo con que estamos confinados, a una cárcel en el extrarradio. Un viaje sin escapatoria. 

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