El viaje de Marta

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La primera vez que vi El viaje de Marta (2019) fue en su estreno en el Festival de cine en español de Málaga. No había pretensión ninguna por mi parte. De hecho, accedí al pase de prensa sin conocer absolutamente nada de la obra que iba a ver. La película, paradójicamente, fue creciendo con la narración hasta un intimismo cada vez más agudo. La sencillez a su enésima potencia. Ese fue el regusto que me fue dejando, en un principio, el largometraje de la barcelonesa Neus Ballús. Sin embargo, la directora va ahondando cada vez más hacia una exposición de historias cruzadas, desmintiendo cualquier apariencia inicial y demostrando saber extraer el máximo rendimiento a partir de los escasos recursos de los que dispone.

Bien es cierto que la película cuenta con la participación del actor Sergi López como rostro más visible, y, posiblemente, el sustento interpretativo de una aventura que, sin duda, gana enteros a media que vas deshojando capa tras capa. Ahí reside el ejercicio fundamental para saborear el verdadero poso argumental. Un relato de aparente ingenuidad, que recubre a su vez un peso interior mucho más complejo. Y es que el actor catalán se encarga de motivar, en el resto de personajes, ese ascenso hacia terrenos mucho más reflexivos. Su presencia en pantalla casi siempre incentiva un nuevo dilema entre sus interlocutores, teniendo su máxima expresión en este aspecto en el personaje de Elena Andrada. El saber estar del veterano intérprete contrasta y encaja a la perfección con la naturalidad expresiva de la actriz, inmersa, tanto ella como Ian Samsó o Madeleine C. Ndong, en su primer largometraje.

No es poco para una película que parte desde la premisa de un inocente viaje familiar a un resort de Senegal. Hasta allí se desplaza un padre, divorciado y agente de viajes, junto a su hija adolescente y un hijo aún de menor edad. Será ella la que asuma el liderazgo, en su juvenil deseo de explorar las nuevas fronteras a su disposición. Y en ese recorrido no tardará en darse de bruces contra las desigualdades sociales y las diferencias entre culturas, que obrarán en el viraje de su juventud hacia su madurez.

Sin duda, son muchas las aristas que Ballús consigue hilvanar en una llana y emotiva trama. La dirección de casting parte de un acierto absoluto, pues cada actor parece cosido a su personaje. Y no es el único aspecto que logra sostener el interés en la escena. Desde un punto ágil en el movimiento de la cámara, la directora persevera en la necesidad de saber mirar. Posar por un momento la atención en los ojos de los protagonistas y sumergirse en la historia desde el plano más subjetivo posible. Ese que deben afrontar los personajes, con especial hincapié en Marta, que va creciendo a la medida de un auténtico coming of age. No hay arrogancia ni condescendencia en el enfoque cinematográfico de la realizadora, la cual consigue atrapar con extrema habilidad el costumbrismo senegalés desde el vértice más natural posible.

El viaje de Marta no juzga. Tampoco asume el papel de juez, ni entra en valoraciones completamente ajenas al espectador hacia el que se dirige. Simplemente observa, razona y acompaña a sus protagonistas en una experiencia vital enmarcada dentro de un territorio desconocido, que irá perdiendo la distancia a medida que se vaya gestando ese proceso de aprendizaje. Eso sí, resulta ineludible comprender, gracias a su narración, la enorme estupidez que supone dejarse llevar tanto por la soberbia como por la ingenuidad.

El día de su estreno en Málaga coincidió, por si fuera poco, con la celebración del Día del Padre. Y de eso también habla la película. Y quizá sea ahí donde estalle definitivamente. Ese destino alcanzado tras el viaje personal -interno y externo- de Marta. Un choque generacional en el que la joven pelea por hacerse un hueco. Contra su padre, contra el entorno y contra ella misma. Ballús no recrea evidencias, más bien se divierte en la exploración. De secuencias humanas hechas ficción. Porque para comprender y acabar con el miedo hacia el otro, primero hay que poner fin al egoísmo en uno mismo.

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4 de marzo de 2020 - 01:18 h