Los miserables

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Al igual que ocurría con el largometraje Madre (2019), del que hablábamos hace justo una semana en estas mismas páginas, el nacimiento de Los miserables (2019) viene igualmente motivado por la necesidad de convertir en película un cortometraje que ya se había hecho de culto. Una génesis compartida, aunque con un trasfondo y un sentido completamente distinto. En efecto, si la obra de Rodrigo Sorogoyen se narraba como vehículo hacia un relato cada vez más intimista, la ópera prima Ladj Ly se desnuda hacia el exterior a medida que avanza el largometraje. Todo está hilvanado hacia diversos frentes, que poco a poco van edificando una historia que se alimenta de un núcleo común. Hasta que todo explota.

Esa es la sensación que deja una obra que emerge como reinterpretación de la novela de Victor Hugo, y que se sumerge, desde la distancia, a través de los suburbios y la brutalidad policial de París. Un grito de rebeldía. Una llamada de atención hacia determinados sectores racistas. Una prueba fehaciente que apunta sin compasión hacia un sistema que vende de manera hipócrita aquello de "libertad, igualdad y fraternidad". Sí, pero no para todos.

Como foco principal de la película, el guion se cuenta desde la perspectiva de Stéphane, quien acaba de unirse a la Brigada de Lucha contra la Delincuencia de Montfermeil, un suburbio al este de París. Es su primer día y es entonces cuando conoce a sus nuevos compañeros, Chris y Gwada, dos agentes experimentados en las enormes tensiones que existen entre los distintos grupos organizados que operan por el control del barrio. A través de su mirada irán sucediéndose las imágenes más extremas y vergonzantes de la historia. Las que vienen a denunciar la corrupción policial. No obstante, los diversos frentes que abarca la obra permiten al espectador conocer los problemas de dicho territorio desde multitud de puntos de vista.

Y es que el propio Ladj Ly, de padres de origen maliense y criado en el mismo Montfermeil, cuenta que fue a los diez años cuando sufrió su primer cacheo. 20 años después, la cifra alcanza ya el millar. Por tanto, nadie mejor que él para narrar, a través de sus personajes, las constantes licencias que se toman determinados representantes del cuerpo de policía a la hora de vulnerar la privacidad de los habitantes de dichos suburbios. Unas andanza que parten de una euforia colectiva, que no es otra que la celebración del Mundial de fútbol. Sin embargo, cuando la fiesta acaba, muchos de ellos deben a volver a su dura realidad, muy alejada de la comodidad reinante en determinados barrios. Una desventura que podría extrapolarse a cualquier parte del mundo.

El trío policial encabeza una trama que se va deshojando a medida que aparece el lado más sensible y vulnerable de dichos distritos, pero también el más oscuro. Y es que la película viaja en todo momento de un extremo a otro, formando finalmente una gama de grises. Hay de todo. Grupos de delincuentes callejeros, trapicheos con drogas, un integrismo islámico. Pero también jóvenes sin un futuro claro. Y eso únicamente en un lado de la balanza, pues en la autoridad se reflejan con sobrada nitidez tres perfiles muy distintos. Desde un tipo que se cree en la potestad de hacer gala de un uso indiscriminado de la fuerza, hasta el novato que aún vive bajo el cobijo de la ley, pasando por el tipo moderado que en un momento de pánico puede hacer estallar todo.

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Publicado el
13 de mayo de 2020 - 19:10 h
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