Madre

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Hay mucho de atrevido, e incluso algo de osado, en el último largometraje de Rodrigo Sorogoyen. Y es que lo que el director madrileño lleva a cabo en Madre (2019) es un ejercicio que, de no dar en la tecla adecuada, puede producir una enorme sensación de tiempo perdido. Y ni mucho menos acaba ocurriendo eso. El primer rastro de originalidad ya viene intrínseco en la propia vertiente técnica de la película. No es muy habitual, o al menos yo desconozco muchos más ejemplos, que un largometraje transcurra a raíz de un corto. Literalmente. Lo que sí ha ocurrido en numerosas ocasiones es que el segundo motive la creación del primero. Sin embargo, lo que hace Sorogoyen es incluir exactamente igual la pequeña muestra que en 2017 le hizo estar nominado a los Oscar como mejor cortometraje de ficción. Aquellos 19 minutos que a todos nos agarraron hasta el límite el estómago, dando paso a un sentimiento puramente descorazonador, tanto a propios como extraños (la carga es brutal tengas o no hijos).

Y ese mismo metraje es el que supone el arranque del largo, posiblemente uno de los que más expectativas creara en 2019. En este sentido, el realizador, después de dejarnos con el corazón en un puño tras ese magnífico plano secuencia inicial, no tiene reparos en romper completa y absolutamente con cualquier esperanza. Ese es el juego al que Sorogoyen somete al espectador. Un cambio de registro total. El tono, el ritmo e incluso el propio argumento marchan hacia caminos muy distintos de lo esperado. Y todo edificado sobre la mirada de una Marta Nieto que asume la responsabilidad de cargar a sus espaldas toda la narración. Porque su mirada, que abarca al mismo tiempo desazón, nostalgia, valentía, inseguridad y esperanza, es el arma principal que tiene la película para sostenerse a un ritmo lento -pero sin pausa- de principio a fin.

Elena perdió a su hijo Iván, de seis años, en una playa de Francia. Hasta ahí el argumento del corto. Esos primeros 19 minutos. Ese ejercicio de desesperanza que encumbra la propia actriz mediante una llamada telefónica. Del pequeño apenas escuchamos su voz, pero el miedo nos invade a todos. Ahora, y aquí comienza la parte que alarga, completa o complementa (llaménlo como quieran) el inicio, Elena vive en esa playa y está empezando a salir de ese oscuro túnel donde ha permanecido anclada todo este tiempo. Un cruce de miradas con un chico que podría ser Iván hace que su esperanza se vuelque por completo.

A nivel formal, Sorogoyen recupera una puesta en escena muy fiel a la que ya mostró en Stockholm (2013), aunque con su sello propio en este caso, no cabe duda. Porque la película viaja sin descanso de la extrañeza a la indecisión. Un titubeo que por momentos puede ser frustrante, pues -volviendo a lo antes- quizá se espera que la trama vaya por otros derroteros, pero que se acoge a un desarrollo igualmente provocador. El de esa sensación de incomodidad que genera la relación (equívoca) entre una mujer de 39 años y un chico de 16. Una comunicación cargada de ambigüedad, y en la que el realizador consigue adentrar a los espectadores en su papel más voyeur. Siempre contraponiendo a la inocencia y la nostalgia.

Sin duda, Madre llega a ser lo que es por la actuación de Nieto. Ella es la que lleva a su máxima expresión cualquier posibilidad presente en un film puramente intimista. Y la virtud no está en los diálogos, ni en lo que pueda surgir del propio texto, sino en su expresividad visual. En su mirada, sus gestos, su forma de andar. De vestirse. Ella aporta oscuridad en un relato cargado de luminosidad. El lado más turbio de una narración que rebosa candidez.

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6 de mayo de 2020 - 13:54 h