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Las distancias

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Cristian López

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No hay mejor receta para hacer inolvidable una película de bajo presupuesto, que llevarla a la absoluta realidad y hacer cómplices de la historia a los mismos espectadores. O mejor dicho, hacerles sentir los propios protagonistas de la misma. Y con todo ello cuenta Las distancias (2018), la segunda película de la realizadora Elena Trapé, la cual no hace más que construir un pequeño castillo costumbrista a partir de naipes forjados en el día a día. Una narración convencional, pero que no por ello deja de ser desalentadora y absolutamente cercana, pese a su contradicción en el propio título. De hecho, es precisamente esa distancia la que provoca dicha empatía. Sin ningún alarde tecnológico, Trapé hilvana un relato que viene a demostrar algo que todos sabemos, aunque parece que no queremos darnos cuenta. En plena época de máxima interconexión entre personas, es cuando más alejados estamos posiblemente unos de otros.

Un razonamiento que quizá haya llegado a su máxima expresión en la época más actual, pues la obra, que hace de su sencillez un elemento perdurable en el tiempo, ha cobrado de nuevo una absoluta actualidad, pues ha sido durante el confinamiento cuando muchos nos hemos dado cuenta de este problema. Las pantallas han llegado a nuestras vidas para separarnos físicamente a unos de otros. Y cuando más fácil lo tenemos para poder comunicarnos con el extremo opuesto del continente, más desconocida parece la persona que tenemos justo al lado.

La trama recae en las vidas de Olivia, Eloy, Guille y Anna, cuatro amigos que viajan a Berlín para visitar por sorpresa a su amigo Comas, que cumple 35 años. Este no los recibe como ellos esperaban y durante el fin de semana sus contradicciones afloran y la amistad se pone a prueba. Juntos descubrirán que el tiempo y la distancia pueden cambiarlo todo.

En efecto, la premisa principal recae sobre la propia palabra amigo. No estoy seguro de si antes valorábamos dicho término en exceso, aunque no cabe duda que, en plena época de redes sociales, el mismo se ha desvirtuado por completo. A un solo click de distancia, tu agenda aumenta sin parar, algo que ocurre de forma exponencial en determinadas fases de nuestras vidas. Sin embargo, y aunque parezca una afirmación muy manida -y realmente lo está-, el tiempo acaba poniendo todo en su sitio. Y eso es justamente lo que genera la distancia.

Elena Trapé consigue reunir un reparto de auténtico lujo, no solo por determinados nombres (es probablemente la mejor interpretación de Alexandra Jiménez que yo haya visto), sino porque todos los personajes que aparecen -aunque sean pocos- están realmente bien mimetizados. Un interesante retrato de la generación de los 80, la primera que podría considerarse millennials. La felicidad inicial de cada uno de los protagonistas es pura fachada, pues conforme avanza la historia, es fácil detectar que realmente a ninguno le apetecía estar ahí. Simplemente hay que cumplir con lo que se considera amistad. Los conflictos comenzarán a aflorar, y sus relaciones particulares tomarán rumbos casi irreversibles.

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