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El crack cero

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Cristian López

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“Eres lo más cercano a mí que conozco”. Con esa frase define José Luis Garci el enamoramiento entre los dos protagonistas de El crack cero (2019) durante un momento de la trama, y posiblemente sea esa la mejor forma de precisar su propia atracción hacia su ‘alter ego’, que no es otro que el mítico detective privado Germán Areta. El director madrileño regresó el pasado año con la -tardía- tercera entrega de la saga iniciada en el año 1981 con El crack, siendo en este caso precuela de ésta, y que continuó en 1983 con El crack dos. Un paréntesis de nostalgia que se aleja de cualquier tiempo presente. O mejor dicho, que se aleja de todo.

En efecto, lo que consigue Garci es permitirnos escapar durante un tiempo determinado a una atmósfera conocida. A un lugar añejo. Sin temporalidad, porque, si el director siempre se ha caracterizado por proyectar obras ambientadas en su contemporaneidad, en esta ocasión ha decidido huir de todo ello. Literalmente. Y es que más que envejecido parece atemporal. Un submundo con sede en Madrid. Otro Madrid. Otra Gran vía. Esa que aún no conoce ni al rey de la selva, ni la infinidad de marcas comerciales que han convertido a todas las ciudades en una misma masa homogénea.

La película se desarrolla seis meses después del suicidio del afamado sastre Narciso Benavides. Es entonces cuando una misteriosa mujer visita al prestigioso ex policía Germán Areta, ahora convertido en detective privado, para que inicie una investigación, pues la mujer está convencida de que el sastre, que era su amante, fue asesinado.

“Bienvenido, señor Areta”. Esa frase culmina la anécdota que cuenta Garci sobre la elección de Carlos Santos para dar vida al protagonista. El director subraya que no dudó en darle el papel desde el momento en que entró en su oficina. Y es que la dicción, el saber estar, la tranquilidad y seguridad que transmite y el carisma del actor murciano lo convierten en un perfecto heredero -o, mejor dicho, predecesor- de Alfredo Landa. Él, como lo era el navarro en las dos secuelas, asume en todo momento el liderazgo absoluto de la historia, mientras que el resto del reparto sí que sufre altibajos. Eso sí, lo cierto es que nadie desentona en una historia en la que todo está absolutamente -y de manera extraordinaria- perfectamente impostado.

Todo brota de la cabeza del director. Usa códigos de otro tiempo que emanan a la misma vez sentimientos de extrañeza y gratitud. Una especie de serie B de culto que asume de manera anacrónica un amor profundo por el cine negro. Entre puros, Dry Martinis y luces de neón.

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