Málaga de luxe

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Pocas ciudades andaluzas han cambiado tan a mejor como Málaga en las dos últimas décadas. Y lo dice un conocedor desde bien pequeño. Quizás la clave está en que sus habitantes no han querido demostrar nada, ni se han basado en sacrosantas teorías sobre su elevada cultura y principios metafísicos. Málaga creció fea y cruelmente pero ha sabido sacar partido de su clima perfecto y de una bahía imponente para lucir lo poco conservado. Es ciudad sin prejuicios y se nota. Fenicia, liberal, trapichera y lista... capaz de absorberlo todo y de acoger a todos, sin dárselas de nada. La gran prueba: que hayan dado espacio a la Thyssen con sus pinturas costumbristas mientras nosotros ahuyentamos a coleccionistas porque somos demasiado puristas y modernos para darles hueco en ninguna parte, eso sí, manteniendo un casco histórico que languidece entre casas abandonadas o palacios sin vida.

Propongo solo una de las múltiples caras de Málaga, basada en el hedonismo de un fin de semana. Un dispendio, sí, pero de esos que uno (si puede) debe hacer, al menos, una vez al año.

Viernes. Nada mejor que arrancar por el centro. Empieza por la Alameda Principal y piérdete por entre la burguesa calle Larios (lo más cercano a un ensanche europeo en Andalucía) y la red de calles que la circundan. Acabarás en la plaza de La Merced, con la casa natal de Picasso y la cercana y curiosa iglesia de Santiago (de bellos recuerdos). Por entre las placitas citaría dos: la de Las Flores, gozosamente restaurada en una trasera de Larios, y Puerta de Mar, un espectacular rectángulo de altas palmeras y casonas del XIX con fondo en el puerto y el cielo azul. También gusta la calle Alcazabilla, con terrazas frente al teatro romano, al pie de Gibralfaro. De aperitivo, cañas y boquerones en calle Chinitas, donde siguen abiertas tabernas de toda la vida. Si te gustan las panorámicas, tienes otra opción, las azoteas de Room Mate Larios, o del hotel AC Málaga, clásico entre los clásicos con vistazos de la bahía. Y para cenar prueba en calle Compañía esquina con la plaza San Ignacio, en Plaza 16, sitio nuevo y blanco, con suculentos platos asiáticos y mediterráneos.

Sábado. Podemos dedicar la mitad de la jornada a dos museos bien distintos, el Picasso y el Carmen Thyssen.

Museo Picasso. No alberga la mayor colección del malagueño, pero es escogido, íntimo y tranquilo. Un museo mediterráneo en un precioso palacio renacentista, Buenavista, encajado junto a la Catedral. Ya solo el edificio, con yacimiento fenicio en el sótano, merece el paseo. La colección, reitero, no es abrumadora pero conquista por su sencillez. Cerámicas, pinturas que van de los inicios del artista, entre Málaga, Barcelona y París, a su vejez en la costa azul. Cuadros de verano, azules, verdes... presencia del mar, de la niñez, del erotismo y del toro, el gran icono picassiano. Una fresca cafetería en el patio trasero y una curiosa tienda completan la experiencia.

Museo Carmen Thyssen. Soy y seré fan de esta señora, que en un país cainita de envidiosos, se ha hecho mecenas, ha comprado lo que le ha dado la gana y deja trazos de su colección y de la de su marido por todo su país. Sobre la calidad de lo expuesto no entro, pero ahí ha estado Málaga para rehabilitar un fantástico palacio del diecisiete, dando espacio a una colección centrada en el romanticismo español. Cuadros costumbristas, paisajes andaluces, toreros y marinas. Los puedes tildar de clasicones pero estos lienzos resumen muy bien lo que se hacía en la pintura española justo antes de las vanguardias... hay incluso alguna muestra rupturista, como las obras de nuestro Romero de Torres. La tienda es indispensable, especialmente la librería, con un poco de todo sobre arte, y la parte de niños, con un divertido surtido de juguetes, libros y material de papelería. Una lección de cómo hacer ciudad.

Paseo por el mar. ¿Te apetece andar?. La fachada marítima de Málaga es una gozada en primavera. Arranca desde La Farola, en La Malagueta y por delante tendrás kilómetros de mediterráneo a tus pies. Playas, fuentes, pérgolas y chiringuitos, con espeto incluído, marcan el camino. Pedregalejo es primera parada, con arquitectura inglesa. Te encontrarás luego con el balneario de El Carmen. Una antigua casa de baños con bar y restaurante que se cae a cachos pero es única. Ambiente para cervecear viendo romper las olas, literalmente, contra los muros. Puedes acabar en El Palo, el que fuera pueblo de pescadores, un barrio lleno de color, donde es posible beberse un tercio y comer sardinas a precios populares con los pies en la arena. Y volviendo al centro, si para comer te va lo japo, impresiona Zenart, el mejor japonés de la ciudad, en un lateral del túnel de Gibralfaro, pegado a la plaza de la Merced. Placer pescadero auténtico. Podrás incluso comer en barra, frente al sushiman haciendo diabluras con sus cuchillos.

Restaurante José Carlos García. El lujazo del fin de semana. García recupera su estrella Michelín tras mudarse del cercano Café de París. Un chef andaluz ejemplo de por dónde hay que tirar en el sector turístico de alta gama. Me gusta él y su forma de hacer las cosas. Ofrece dos menús degustación, el corto es acertado para una cena. También hay platos a la carta. Su cocina tiene raíces. Sofistica pero parte de materias primas usadas sobre nuestros fogones. Aún salivo pensando en la merluza, los infinitos aperitivos o la fabulosa carrillera. Luego, eso sí, todo aparece engalanado con maestría entre suaves texturas, experimentación lab, espumas, esferas con sabor dentro y high-tech culinario. El servicio, profesional y simpático. Mi balance: una combinación que te deja satisfecho y feliz, la clave que debería regir toda cocina. Une a lo comido un local diáfano, en un cubo de cristal en el rehabilitado Muelle Uno y tendrás asegurada una gran noche. Para cenar viendo veleros, la Alcazaba y la silueta de la ciudad sobre el mar. La reserva previa es indispensable.

Domingo. Si Málaga no tiene complejos la Costa del Sol menos. Litoral de ostentación, árabes, rusos millonarios y excesos, también de ramarazos de buen gusto, tranquilidad y saber vivir. Paramos en la zona reservada para la maltrecha clase media ibérica desde el tardofranquismo: Torremolinos. Sin salir muy lejos de la capital y a tiro de cercanías por si no te apetece coche, la playa de El Bajondillo es perfecta para un paseo seguido de almuerzo playero. Hay restaurantes y chiringos por doquier, pero dominan lugares tan clásicos como Los Manueles, donde disfrutar hasta decir basta de conchas finas crudas con su limón, de salmonetes gustosos y rojizos o por supuesto de sardinitas en su punto de brasa, aceite y sal gorda, recién pasados por los carbones de la barca de espetos. Viva Málaga.

Un hotelazo. Como se trata de ser hedonistas os cito mi último descubrimiento. Hotel Barceló Málaga. Puede echar para atrás su ubicación, sobre la estación de AVE María Zambrano, pero queda a poco más de diez minutos a pie del casco histórico de Málaga. Instalaciones relajadas, modernas y llenas de luz. Habitaciones amplias, por cierto, cuanto más altas mejor pues se ve el mar y la bahía. Las suites junior son abordables y perfectas. Los desayunos son geniales y como guinda, en el vestíbulo hay un tobogán metálico de varios metros de altura que te deja en la puerta desde la planta uno. No te resistirás a tirarte cual niño.

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3 de abril de 2013 - 04:01 h