Cinco jardines

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Ajardinar es recrear lo que la naturaleza hace por sí solita. Algo tan complejo que hace que muchos no guarden ningún encanto especial. Pero los hay que sí y no todos son iguales. Pasan del toque humano de Versalles a los recintos silvestres de la costa amalfitana, junto a Nápoles. Hacer jardines ha evolucionado como el arte, la arquitectura y el pensamiento. Pueden ser medievales, renacentistas, barrocos, neoclásicos o románticos, sin olvidarnos de los asiáticos, conectados a la espiritualidad. Os invito a recorrer cinco que me sorprendieron. Son recreaciones de un paraíso quizás nunca existente. Merecen ser siempre pisados con sagrado respeto. Siquiera para no despertar a las ninfas.

Jardin Majorell, Marrakech, Marruecos. Locura blanca y azul a metros de la medina de Marrakech. Es un trozo de Mediterráneo enclaustrado junto a un chalé vanguardista del Marruecos colonial. Un jardín que fuera deleite del pintor Jacques Majorelle para luego ser mantenido por Pierre Bergé y el diseñador Yves Saint Laurent. Deslumbra su luz y disposición entre estanques, albercas, fuentes y flores. Su diseño es próximo a nuestros patios, romano y árabe, pero bajo la interpretación orientalista de los franceses llega a ser un poco impostado. No importa, incluso así asombra por ser simplemente bonito. Se recrea en la vegetación autóctona, de buganvillas, cactus, frutales y hierbas aromáticas, pero también cuenta con, por ejemplo, un impresionante bosquecillo de bambúes y un buen surtido de nenúfares. Destila olores y es digno de ser pisado en primavera, pero temprana. Nunca pasado abril. Un aliciente, la propia casa de un rompedor estilo post modernista, casi bauhaus, que alberga exposiciones y sirve de fresco escondite. Extravaganza morisca.

Jardín botánico de Río de Janeiro, Brasil. El invernadero del imperio portugués. 137 hectáreas de belleza selvática encajada frente al Atlántico en uno de los costados de Río de Janeiro. Un impresionante recinto consagrado a la investigación y al paseo, ideado por los portugueses para aclimatar las especies tropicales antes de su traslado a Europa. Sus números asustan: 11.000 especies, con una impresionante colección de plantas amazónicas, asiáticas y africanas. Recintos para cactus, bromelias y orquídeas. Fuentes, arroyos, una hilera de palmeras imperiales…y de fondo, los morros de la Mata Atlántica, la selva que pervive entre esta ciudad asombrosa. Uno de esos montes es el del Cristo del Corcovado, accesible en tren, con su parque nacional, y visible desde el jardín. Lo considero indispensable si quieres conocer belleza de la grande. Hasta algún cantante lo atestigua, como la Krall, que grabó aquí uno de los vídeos de su trabajo dedicado a la bossa. Glamour hecho selva.

Hamsptead Heath, Londres, Reino Unido. Bosque/jardín/parque de casi 400 hectáreas metido en pleno centro de Londres. Os hablo de un extenso trozo de naturaleza por donde deambulan zorros, ardillas y patos, cuajado de estanques abiertos al baño en verano. Entre senderos y prados se suceden robles, olmos y brezos. Incluso hay colinas donde se lanzan cometas, en Parliament Hill, el punto natural más alto de Londres. Todo el recinto está cuajado de bancos de madera dedicados a amores o familiares fallecidos. Se paga por ello y así se contribuye al mantenimiento del parque. Hampstead desahoga a miles de londinenses. La presión urbanística jamás logro acabar con este reducto de lo que tuvo que ser el valle del Támesis hace siglos. Y al fondo, en lo alto de una colina, mirando al río y a la City, está el palacio de Kenwood, un palacete blanco neoclásico del arquitecto Robert Adam, en cuyos jardines hay actividades culturales y un festival de música cada verano. Por alrededor se ven, entre las arboledas, campanarios y las casas de ladrillo rojo de Hampstead, el barrio bohemio más europeo de Londres. Belleza inglesa.

Jardín de Ninfa, Lazio, Italia. Los entendidos lo definen como el más bonito jardín romántico del mundo. Se asienta en el Lazio, en una finca particular y sobre los restos de un pueblo medieval abandonado por las pestes y las guerras, en la vía Apia, entre Roma y Nápoles, a solo 60 kilómetros de la capital italiana. Por entre las ruinas de sus calles, casas, iglesias y puentes se desparrama la vegetación, los prados y el verdor. Es puro engaño placentero. Engaño pues nada ha crecido al azar. Placentero porque rezuma paz, que no es poco. Sus dueños, la familia Caetani, fue la que tuvo la idea, a inicios del siglo XX, de reconvertir esta Pompeya medieval en un jardín/bosque único. Ayuda la abundancia del agua y la riqueza de las tierras. Entre ruinas se extienden parras, arbustos, frutales, flores de temporada y vegetación mediterránea. Una fundación se encarga de mantener el recinto y su espíritu. Se visita de forma organizada. Placer italiano.

Jardines de la Alhambra, Granada. Están a un salto y son casi desconocidos. Oriente occidentalizado. Pregonan a gritos cómo se debe usar el agua donde escasea para crear una belleza matemática como es toda la arquitectura de esta ciudad palacio. Son tan variados como la colina donde se extiende la Alhambra. Pasamos de los patios milimétricamente dispuestos en parterres de geometrías perfectas, a los recintos verdes del Generalife, casi huertos, que chorrean frescor, descanso y verano. Un cosmos de agua, rosas, claveles, geranios, arbustos siempre verdes, frutales, hierbas aromáticas y azulejos que juegan con los colores de cada floración. Al Andalus sin tapujos.

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Publicado el
6 de marzo de 2013 - 09:24 h
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