Sobre este blog

Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada. 

Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta. 

¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.

Córdoba y sus títulos

Basura junto a un cubo de basura en Córdoba.

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La ciudad más icónica y con más títulos del mundo es Nueva York. Hasta diecinueve me salen. “Ciudad de los rascacielos”, “ciudad que nunca duerme ”, “Metrópolis” a la que se ve de día, o “Gotham” a la nocturna, “ciudad de la gran manzana”, etc.

En España, por irnos más cerca, tenemos muchos ejemplos. Santiago de Compostela, “ciudad de la cultura”, o Madrid, “ciudad de las grandes historias” o “ciudad de los niños”. Córdoba también acumula los suyos. Uno, reconozco que de indudable altura. Córdoba, “ciudad de las tres culturas ”, aunque también creo que no basta con tener el título, sino que habrá que hacer propuestas y apuestas que doten cada día de contenido al título.

Luego tenemos la retahíla de títulos asociados a las bondades de la gastronomía autóctona, que no digo yo que no, pero sí digo que preferiría otros. Teniendo en cuenta que el salmorejo se me repite y el rabo de toro tardo en digerirlo, lo de Córdoba, “ciudad del salmorejo” o “ciudad del rabo de toro”, se me hace pesado. Grandes amigos tengo en las “Cofradías” que en torno a tales manjares se han creado, aunque les confieso que soy bastante escéptica en eso de que para entrar se jure por el tomate. En fin, que no lo veo muy claro.

Es evidente que Córdoba tiene salmorejo, tres culturas, flamenquines por doquier, rabos de toro en todas sus versiones, patios con belleza introspectiva y mucha Mezquita, pero creo que debiéramos aspirar a otras titulaciones que nos den luz renovada. Títulos más evocadores y hasta efectivos. Por ejemplo, Córdoba, ciudad de la poesía; Córdoba ciudad de la salud; Córdoba ciudad para vivir; o Córdoba ciudad de la agronomía. Por poner ejemplos.

Hay uno que sería responsabilidad de todos. Y digo, Ayuntamiento y ciudadanos. Porque Cordoba debe aspirar a ser una ciudad mucho más limpia de lo que es. Oviedo, ostenta el título de “la ciudad más limpia de Europa ” y este sí que es un título que envidio. La primera vez que fui me quedé anonadada con su palmaria pulcritud. Ni un papel, ni una comilla, aceras impolutas, resplandecientes, semáforos relucientes y en el suelo, ni rastro. Tal cual. Nada que ver con nuestras calles, jardines y plazas con restos de botellón, colillas en cada esquina, papeles, latas, bolsas y cacas de mascotas, en una ciudad que, además, vive de su imagen. Es como si una modelo de la pasarela en Paris fuera con lamparones en el modelito.

Esta semana Córdoba es también “ciudad del infierno”. ¡Qué digo ciudad, capital! porque esto ha sido un infierno de calor. El Ayuntamiento tenía que empezar a plantearse la concesión de ayudas en estas fechas para el pago del aire acondicionado. Si hay familias que tienen que elegir entre comer y poner el aire un rato, que las hay, ustedes me dirán.

La opción de irnos todos a Málaga, la “ciudad del futuro”, la “Silicon Valley europea”, moderna, innovadora y accesible, también la veo. ¡Menudos títulos! En fin, que del flamenquín hoy ni hablamos.

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Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada. 

Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta. 

¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.

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