La trastienda de la sinceridad

La sinceridad de Berges es encomiable. Aunque para los que le conocen, podría pensarse que no tiene mérito. No sabe ser de otra manera.

Sin embargo, y a pesar de que la sinceridad es una cualidad muy bien valorada hoy día y acerca al interesado con el auditorio que lo escucha, interpretar sus declaraciones de las últimas semanas puede dar lugar a conclusiones que no lo ayudan demasiado. Cuando lo escuché reconocer en una tertulia que no estaba disfrutando, aprecié claramente que el problema era más serio que el simple reconocimiento de un temperamento. Porque hoy un entrenador es también, en un alto porcentaje, psicólogo y faro de su vestuario. No vamos a entrar a discutir por qué no se pasa bien en una profesión y circunstancias que muchos desearían para sí. Entrenar a un equipo de la Liga de Fútbol Profesional, estar peleando sin prácticamente riesgo de descenso... ¿Exceso de responsabilidad? ¿Falta de conexión entre objetivos y recursos disponibles? Quizá sea sólo la consecuencia de que los propios jugadores no lo pongan fácil, quién sabe... Lo que sí pondremos de manifiesto es que si no lo pasa bien, es seguro que lo transmite en la caseta, y el resultado puede ser que los propios jugadores dejen de creer en los objetivos, se relajen, desconecten o pierdan la fe en el director de operaciones. Si a esto añadimos que la temporada actual no está siendo tan impoluta en lo que a vestuario se refiere como la pasada, nos encontramos en un callejón de estrecha salida, incluida para el propio entrenador. La victoria ante el Sabadell ha dejado escapar otra verdad de Rafael Berges: "Me he sentido solo esta semana". Insiste en no pasarlo bien, y esta vez el desvelamiento de la situación no alcanza sólo a la institución, que anda poniendo distancia, por si acaso, con el proyecto local ahora personalizado en el preparador cordobés, sino a la propia plantilla.

La gestión de las bajas en el mercado de invierno pudo parecer una maniobra en la que Berges tuvo la oportunidad de opinar y encauzar el vestuario, porque además resultaba compatible con el deseo de la directiva, que pagaría menos fichas; pero ahora que el objetivo de la temporada parece escaparse, la cabeza de los jugadores se dispersa en distintas situaciones y objetivos personales: Contactos con otros equipos, renovaciones, relajarse, volver a clubs de procedencia, esperar que los partidos finales propicien otros alicientes, hacer la guerra por su cuenta, ponerse en el escaparate, disfrutar de la ciudad, situaciones familiares...

Me mojaré: A falta de diez jornadas, el equipo necesitará no menos de 22 puntos para aspirar a entrar en el play-off de ascenso. Quedan 30. Algo inimaginable sin máxima concentración y aplicación. Y, desde luego, imposible sin convicción.

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1 de abril de 2013 - 08:00 h