La sonrisa

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Fue en un mes de septiembre, en el Madrid rompeolas de todas las Españas. En la Casa de Campo. La Fiesta del PCE de 1991 no era una fiesta más. Se había hundido la Unión Soviética y aquello representaba una enorme derrota y un oscuro porvenir que a nadie se le escapaba, y menos que a nadie a los capitalistas que luego pasearon a Gorbachov en un avión al que denominaron "Instrumento Capitalista", cosa esperable de un presidente que acabó anunciando a Pizza Hut.

Pero aquel día, en Madrid, estaban los comunistas de toda la vida, los que no se dejan vencer casi por nada, dispuestos a construir de nuevo, con los restos del naufragio y sin apenas herramientas, un mundo al que nunca renunciaron ni renunciarán. Yo había llegado desde Córdoba en un autocar desvencijado con un amigo tunecino, islamista y fervientemente religioso, y en la capital me reuní con una amiga de profesión administrativa a la que había conocido en París. Y estaba allí sobre todo porque sentía una inmensa curiosidad de doctorando en Historia acerca de qué iban a hacer los comunistas españoles en medio de aquel desastre.

Después de toda una noche de viaje nos sentamos en la hierba. Frente a nosotros había un hombre mayor, de ojos pequeños, cerrados, intensos, que nos miraba y sonreía porque se veía a sí mismo en nuestra juventud. Nos dijo "aunque no se duerma se descansa". Y al rato de observarlo le pregunté, ya que lo había sabido nada más verlo: ¿"Usted combatió aquí, verdad?" . Sí que había luchado allí, y sí que nos explicó algo de aquellas batallas. Era de un pueblo de Sevilla y cuando se despidió nos dijo que esperaba que los jóvenes siguieran aquella lucha. Y entonces intuí que, algún día, con suerte, yo sería aquel anciano cuyo nombre no supe. Era enjuto y nunca lo volví a ver, pero no lo he olvidado: iba caminando digno y viejísimo, quizás sintiendo el silbido de las balas que tanto lo rondaron y tratando de recordar el rostro de los compañeros muertos en defensa de la República. Levantó el puño y se desvaneció en la luz de una calle.

Por la noche, como es preceptivo, se esperaba la intervención del Secretario General, entonces Julio Anguita, para después de que cantara Carlos Cano, pero no pudo ser porque se desencadenó un infierno en los cielos que parecía acompañar a la Historia. La tormenta dispersó a la gente por los diversos pabellones de la Casa de Campo en medio de un feroz aguacero. Mis amigos me dijeron entonces "Vámonos, esto ha terminado", "No, no se irán, lo sé, no antes de que haya hablado Anguita". Y no se fueron porque fue el día en que el Partido Comunista decidió vivir. Como antaño, en otros tiempos y lugares, la consigna se fue pasando de voz a voz: "En el Pabellón de Madrid". Y allí nos juntamos muchísima gente, con tanta lluvia encima y expectantes.

Recuerdo que era tanto el calor humano que de las ropas se desprendía vapor. El ambiente que se respiraba era el de los grandes momentos. Me acordé entonces de las asambleas decisivas de la huelga de la construcción cordobesa en 1976; de cuando todo el Congreso de Comisiones Obreras, el primero en la legalidad, en 1978, se levantaba como un sólo hombre para saludar al representante de los sindicatos soviéticos al grito de "Lenin", un grito que tardó mucho rato en extinguirse; recordé también a un albañil, al que pude ver, casi solo, gritando "Libertad" en la Plaza de las Tendillas cuando Franco todavía vivía...Julio Anguita llegó mojado, con el pelo cayéndole sobre la frente. Y se aplicó en su discurso, que no era fácil, haciendo lo que debía hacer, que era animar cuando animar era casi imposible. Y entonces pude ver a Marcelino Camacho a mi lado, con sus "tórtolas" inmensamente mojadas, sobrio, sereno. Es una de las imágenes que más recuerdo de aquel día que parecía no iba a terminar nunca. Marcelino estaba allí, como los demás, él que tanto había sido y fue hasta el día de su muerte. Esa era una de sus grandezas: ser uno más siendo uno de los escasos primeros entre los iguales. Toda una nobleza de ser y estar forjada en el duro yunque de la vida. Ser y estar, dos verbos que la hermosa y austera lengua de Castilla combina sabiamente. El dominaba ambos. Al final todo el mundo levantó el puño y cantó la Internacional. No creo que nunca lo vaya a hacer como entonces.

Volví a ver a Marcelino Camacho en otras ocasiones; en Granada en unas jornadas de historia; en Córdoba en una reunión...Pero por encima de todas ellas recuerdo su sencilla figura en el día en que el PCE pensó que no podía perder el tiempo en eso de morirse. Poco después me afilié.

Como en un juego de muñecas rusas, en esta fotografía hay historias que contienen otras historias. Están en ella, entre otros, Rafael Rodríguez Carracedo, compañero de la JOC que me dejaba su casa para leer obras subversivas cuando yo no podía hacerlo en la mía, y Alfonso Nieto, con el que compartí no poca lucha y que luego escribió un maravilloso libro de memorias. Y también están los secretarios generales del PCE Paco Frutos y José Luis Centella, que sostiene con amabilidad un paraguas debajo del cual está, como puede verse, la sonrisa de este gran compañero. Fue en Córdoba, en un homenaje a Marcelino Camacho celebrado el 19 de marzo de 2008. Una fotografía que nos lleva a la memoria y las raíces, lo que nos ancla a la vida.

Y ahora se vuelve, otra vez y en El Arenal (del viernes 31 de marzo al 2 de abril), el lugar de la imagen, a una fiesta que es algo más que una fiesta.

Rafael Morales Ruiz.

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26 de marzo de 2017 - 11:26 h