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Nuestra Mezquita Catedral en llamas
Es absolutamente secundario y erróneo centrar el debate sobre el incendio de nuestra Mezquita en quién paga la restauración. Distrae y confunde de las cuestiones principales y se resuelve con un simple “lo pago yo, que tengo para eso y para más.”
Parece mentira que sin haber pasado aún ni una semana desde la noche del viernes estemos en eso. Mal síntoma del nivel del debate y de las preocupaciones prioritarias de muchos de los actores intervinientes.
Ha sido grave, muy grave, por lo que ha pasado y por lo que pudo pasar. Por si todavía hay que repetirlo: ardió la Mezquita. Las llamas, transmitidas casi en directo por numerosos voluntarios, sobrecogían el corazón de toda la ciudad, nos pusieron el susto en el cuerpo y la ansiedad en el ánimo. Porque se estaba quemando nuestra Mezquita, la de todos los cordobeses, diga lo que diga el Registro.
Menos mal que los bomberos, nuestros bomberos municipales, pusieron la técnica y el cuerpo para contener la destrucción, para parar la hemorragia de la Mezquita que se nos iba. Es lo que les tocaba hacer, pero había que hacerlo y lo hicieron, con diligencia profesional y con valor, seguro que también con el dolor de ver lo que no podían salvar. Gracias.
Lo que pudo pasar cuesta trabajo imaginarlo, porque se podía haber producido en otra parte del recinto menos accesible, con más peligro, con mayor repercusión. Una tragedia irreparable. Quizá mejor ni pensarlo.
Es tan grave que se inició la carrera para borrar las huellas del desastre cuanto antes. En la mañana del sábado se abrió como si nada. Normalidad. Tampoco ha sido para tanto. El cinco por ciento. Esto se arregla en semanas, pagando lo que haya que pagar. Tirar al río la pistola humeante, y con paciencia la memoria del crimen.
Hemos sentido cerca el fracaso colectivo como cordobeses, que por acción o inacción hemos puesto en peligro un Patrimonio de mil años, un Patrimonio de la Humanidad. La Mezquita es nuestra y la obligación de conservarla también, como lo sintieron el Corregidor Luis de la Cerda y generaciones de cordobeses. Que no se nos olvide, que no nos distraigan, que la retina conserve en cada debate, en cada decisión, las llamas y el humo.
Con tranquilidad hay que abordar el examen de cómo ha podido ocurrir. Parece bastante conocido, pero también hay que contar con los informes periciales, con la valoración que hagan los técnicos. No obstante, sí hay una razón al fondo, que es la falta de respeto a la Mezquita-Catedral.
Se ha puesto por delante la explotación económica sobre la protección del monumento, que sus gestores solo administran en depósito. La excusa litúrgica, que no ocupa más del diez por ciento del tiempo de uso de la Mezquita-Catedral, y que nadie plantea suprimir ni limitar, permite y justifica su uso turístico y crematístico, exento de impuestos además. El control ideológico sobre los guías que pueden trabajar en el recinto, vergonzosa para las instituciones, no es más que una consecuencia de esa mentalidad de dueños y señores.
Aun así, lo peor es la falta de respeto. Sobre los valores que detalla la Unesco cuando se declara Patrimonio de la Humanidad en 1984, los del Conjunto Monumental, se ha sobrepuesto un intento declarativo y físico de menospreciar los valores andalusíes y rellenar con nuevos implantes, de al menos dudoso valor, casi todos los espacios. Permanentes y ocasionales, aunque estos se repitan durante todo el año. La retirada -impune hasta hoy- de la celosía de Rafael de la Hoz es un ejemplo público y escandaloso de esa obsesión. La falta de respeto, no obstante, se traduce también en lugares cerrados y oscuros, como el almacenaje de sillas y útiles de limpieza en diversos lugares, tapados con grandes cortinajes que, en su opinión, son de menor consideración y pueden convertirse en trasteros.
Quienes así actúan no pueden seguir manteniendo el dominio efectivo y exclusivo sobre nuestra Mezquita-Catedral. Es a los cordobeses a quien más nos duele, lo que viene pasando, lo que ha pasado y lo que puede pasar. Es necesario, con serenidad, pero con la mayor firmeza, exigir desde la ciudadanía a las instituciones que se remuevan los obstáculos que sean de menester, para retrotraer la traicionera inmatriculación y para constituir cuanto antes mejor un organismo con participación institucional, de expertos y ciudadana, también por supuesto en la parte que le toca los actuales gestores, que se haga cargo de su gestión cultural, turística y monumental.
Pero, hoy, es tan grave y tan honda la repercusión emocional en la ciudad, el peligro que hemos visto todos los cordobeses en esas imágenes, que todavía nos duelen los ojos. Todavía desmontando una a una las vigas ennegrecidas y con los arcos al raso, dejadnos llorar por lo que pasó y por lo que pudo pasar. Córdoba unida con la Mezquita-Catedral de todos.
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