Naming

Mientras hace su trabajo la borrasca Filomena –genial- pienso en mi vocación perdida: nombrar. Sería feliz si me pagasen por ello. Siempre he jugado a poner nombres y no he tenido hijos que registrar ante un funcionario mientras cicatriza la avería de la madre.

Pero siempre soñé con ser ganadero de toro bravo y criar reses que se llamasen con nombres compuestos: Luis Carlos (negro zaíno, 560 kilos), Antonio Jesús (bragao, meano, corniveleto, 616 kilos), Francisco José (ensabanado, abrochado de pitones, 496 kilos)… Me hubiera gustado verlos salir a la plaza con su nombre en la cartela escrito con tiza. En la Monumental de México, en Las Ventas o en Nimes, plazas de prestigio. De la ganadería de Palomo. Nobles. Que no rehúyen el engaño. Cuando hay tanto engaño y fake en nuestras vidas.

Nombrar a los huracanes…

Era un sueño.

Poner nombre no es cosa sencilla. Recuerdo a Federico, el hombre al que siempre he querido besar, eligiendo los nombres de las hijas de Bernarda Alba: Angustias, Magdalena, Amelia, Martirio, Adela. No hay nada gratuito ahí. Todo tiene sentido.

Recuerdo también a Shakespeare, el hombre con el que siempre me he querido emborrachar, llamando Ariel a un espíritu alado en La Tempestad. Tampoco eso fue gratis.

Mi madre se llamaba Dolores y murió ciega de morfina; pero de eso no quiero hablar.

Nabokov nombró a Lolita. Y ahora son muchas. Es perverso, sí.

La borrasca Filomena me recuerda a Filomena Marturano, aquella obra neorrealista italiana que contaba el drama de una exprostituta napolitana. Recuerdo a Concha Velasco en la tele pública haciendo de Filomena.

Poner nombres es una responsabilidad. Cosa seria.

Yo llamaría Cernuda a un río y Críspula a una tormenta eléctrica y esdrújula.

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Publicado el
9 de enero de 2021 - 21:16 h
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