Diseños dañinos

Desde luego la campaña de marketing que se han montado los de Ikea (con lo majos que parecen en las fotos con sus diseños coloridos y sus caras norteñas, ¡desconfiad!) para que medio planeta se haya destrozado las lumbares comiendo en sus simpáticas mesitas Lackmesitas Lack, es de ovación cerrada.

Esto… ¿hola? Estamos desarrollando una chepa global por hacer todo tipo de actividades en lo que tradicionalmente no era más que una mesa auxiliar para acumular las revistas pasadas de ‘El País Semanal’ (intuyo que "cuantas más mejor" debió ser el lema familiar durante unos cuantos años), tener a mano un lugar en el que dejar el cenicero-manualidad de arcilla del Día de la Madre (gracias por fumar entonces, siempre tan sencillo regalarte, maja) o, para los que ya contaban con teles de última generación pesadas como yunques, dejar el mando de la tele (los demás aprovechábamos para estirar las piernas, no os vengáis arriba tan rápido).

Y aún por encima suben de precio. Por dios, que es un "tablero de partículas y fibras" (entiendo perfectamente haber generado la duda, pero de verdad que a veces me documento) y cuatro palos. Como os pasáis. Pero nada, que ahí seguimos como locos con este inventazo.

Puede que realmente la idea sea conseguir la globalización de esta postura para poder darnos más fácilmente de (merecidas) collejas. O no. Lo mismo es que el próximo producto que piensan sacar al mercado son colchones ovalados para los nuevos humanos creados (o, más bien, deformados) por sus sabios genios marketinianos (ay la grima que me da esta palabra, "y para qué la pones" diréis. Mira, no me agobies).

Ya, cierto que no especifican que haya que usar estas mesas durante mogollón de horas para trabajar en el ordenador (seguro que ni lo intuían, CLARO), pero ya veis, cosas que pasan. Aquí la anti-lack no tuvo mejor idea ayer que echar el día en posición 'Matrix' (cuando son como huevines digo) y, como consecuencia, siento como si llevase a un niño loco colgado de los omóplatos y pateándome las lumbares. Fenómenal.

No me quiero meter en ningún embolao con ellos (llamadme cobarde, total, lo soy y no os veo) porque además, no son los únicos que quieren que juguemos al mochilero permanente. Atentos que allá va: somos nosotros mismos los que buscamos la inclinación. Si no, ¿qué me decís de las escobas? ¿No os habéis dado cuenta de que aunque tengamos un palo extensible… ¡nos inclinamos igual!? ¿Acaso lo hacemos para sentir después un dolor de espalda que nos recuerde que hemos limpiado? ¿No es suficiente con que luego huela algo mejor y esas pelusas gigantes de polvo nos devuelvan nuestro sitio en el sofá además de algo de dignidad y salubridad en el hogar? Se ve que no.

Así que, por echar la tarde, me ha dado por pensar en cosas que nos rodean en el día a día que están diseñadas para dañar. Me refiero a las tapas de inodoros inestables con las que uno pelea por no caer al suelo mientras está sentado sobre ellas (ya, a mi también me hace algo de gracia pensar en esta imagen protagonizada por gente ajena, ¡cómo sois bribones!) o, peor aún, las que tienen una pequeña raja y te pellizcan el muslo al levantarte. Venga ya, NO todos los materiales pueden servir para estos utensilios. Válgame.

También en el baño: cortinas de ducha que anhelan tocar tu piel (súper sencillo enjabonarse en tales circunstancias), cepillos de dientes que acumulan en un sólo lavado medio tubo de pasta de dientes en sus cerdas (esperad... ¿será cosa del dentífrico? Esto molaría que alguien lo aclarase, os quiero) o el clásico toallero del que se escurre constantemente la toalla (¿están lubricados o esto cómo va?).

Ya los he debido nombrar (esto roza la obsesión) pero, ¿qué pasa con los gélidos y endiabladamente incómodos lavabos de peluquería? ¿Además de cortarnos la cabellera nos queréis romper el cuello? Ostras, es bastante brutal.

Sin irme del momento inclinación de cabeza, ¿cuál es vuestro objetivo dentistas? Vamos a ver, ¿quién ha pensado que el succionador ese con el que vais "secando" nuestras gargantas sirve para eso en concreto? Yo diría que su función es más bien adherirse a nuestras lenguas haciendo vacío mientras nos ahogamos en nuestra propia saliva. ¿Miedo a los ruiditos y chirridos de vuestra maquinaria? ¡Ja! ¡Que nos AHOGAMOS hombre ya!

Las gomas de pelo que aprietan locamente y te arrancan mechones (por no mencionar el derivado dolor craneal). ¿Perdona? Uy, gracias por vuestra utilísima existencia.

Ceniceros de los que se caen los pitis en descuidos de milésimas de segundo.

Bieeeeenn. Vamos a arder todos.

Total, voy a ducharme con la cortina y a cenar algo en posición fetal.

Deseadme suerte.

https://www.youtube.com/watch?v=OQZmrdwK7YM

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30 de septiembre de 2014 - 09:00 h
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