Benavides o el recuerdo de un hombre bueno

La última vez que nos cruzamos volvió a ser con prisas. Fue en la cafetería del Rectorado. Me reprochó que "desde que te dedicas sólo a la ciencia, apenas me echas cuenta". Le respondí que "tú sabes que sólo tienes que llamar para lo que quieras, desde que comimos coliflor rebozada sabes que me entregué a la causa". Nos reímos.

José Ignacio Benavides fue uno de los cientos de investigadores sobre cuyo trabajo tengo el privilegio de informar desde hace 15 años en la Universidad de Córdoba. Desde el Gabinete de Comunicación, primero, y desde la Unidad de Cultura Científica, ahora, he contado mil historias sobre la tarea científica del profesorado. Podría hacer un catálogo que clasificara al personal y Benavides ocuparía una categoría exclusiva, porque este profesor de la Escuela Politécnica Superior transpiraba grandeza y no sólo por sus dos metros de estatura. Benavides fue único porque su generosidad no tuvo parangón en el campus. Impartía sus clases, investigó en su área, la Arquitectura y Tecnología de los Computadores, pero, por encima de todo, dedicó su vida a llevar ese conocimiento hasta los grandes olvidados. Su labor de transferencia y difusión del conocimiento no tuvo que ver con ese modelo que busca el desarrollo económico del entorno. No. A Benavides le vieron poco por la OTRI y mucho por el área de Cooperación de la UCO. No le preocupaba el sector productivo estatal. Su firma quedaba para los acuerdos con gobiernos en apuros, como el saharaui, con quien logró poner en marcha un título propio de técnico de mantenimiento de sistemas informáticos.

Lo acompañé a Tindouf en octubre de 2010. Se graduaba la primera promoción de informáticos saharauis con título de la UCO y teníamos que contarlo, que el mundo supiera que en los campamentos de refugiados había talento y juventud con ganas de abandonar esa eterna vida de provisionalidad y caridad. Con esa autenticidad que transpiran quienes no parecen dar importancia a una labor tan relevante y solidaria como la suya, Benavides era admirado por las autoridades saharauis. Se había ganado su respeto a base de trabajo bien hecho. Nos alojamos en la residencia de protocolo que el Polisario reservaba a las visitas ilustres. Cada noche nos daban de cenar coliflor rebozada, que devorábamos entre charlas políticas y risas, porque a Benavides la injusticia social no le borraba la sonrisa. Trabajó sin hacerse notar, sin buscar los titulares ni la foto fácil. Por eso, hoy me ha vuelto a costar encontrar alguna crónica que glosara su figura. Por eso, hoy, Benavides, he vuelto a empeñarme en contarle al mundo lo mucho y bueno que hiciste. Gracias por todo lo que nos dejaste.

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25 de marzo de 2018 - 18:45 h
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