El horror

Una especie de salvaje lúcido, con dientes crispados y mirada tan cansada como paranoica, replica a un compañero que expone razones a su presencia en Vietnam: "Que no te patinen las neuronas, pardillo. Esto es una matanza. No luchamos por ninguna libertad". El mismo sujeto se despide de los cadáveres de dos compañeros con un lacónico y significativo: "Mejor vosotros que yo". Esa aspereza, ese insoportable tono hiperrealista, ese acercamiento de hielo a una barbarie real marca el tono de La chaqueta metálica, una película brutal, necesariamente cabrona, despojada de lirismo, profundamente incómoda.

En las mejores imágenes que nos han llegado de cualquier guerra en la pantalla de cine persiste un halo humano dentro de la alucinación colectiva. El desconcierto expectante del capitán Willard o la desesperación asumida de ese dios de cabeza rapada que entra y sale de las sombras susurrando "el Horror, el Horror" en Apocalypse Now resultan atractivos, legendarios en su estado febril. Robert de Niro luchando por salvar al amigo al que la guerra convirtió en un zombi suicida, también lo es. Igualmente lo son el recluta que pierde progresivamente la inocencia y el teniente profesional y humano interpretado por William Dafoe en Platoon.

Stanley Kubrick huye de cualquier apoyo emocional, de cualquier agradecida identificación sentimental al narrar su tenebrosa crónica. No hay nadie a quien puedas admirar, respetar o querer en su película. Sí, comprender; sí, odiar. Los futuros verdugos son víctimas iniciales de un sistema, el militar, que niega cualquier racionalidad, cualquier debilidad, cualquier proceso mental habitado por la duda. Ese sistema se basa exclusivamente en la existencia de resultados, de la formación de máquinas descerebradas con un lema constante: hemos nacido para matar y para exterminar. No hay guerras limpias y el único objetivo y justificación es ganarlas. No mata el fusil sino el corazón decidido, y no os preocupéis, porque Dios está de nuestro lado.

En la primera parte, Kubrick retrata machaconamente, hasta la extenuación psíquica del espectador, la deseducación de un batallón de marines a cargo de un eficiente y ejemplar instructor. Este perfecto siervo del sistema basa su magisterio en la degradación permanente, en la ofensa más humillante, en la ausencia de vacilación, en la competitividad feroz, en anular la duda, la piedad o el raciocinio. Al torpe, al pusilánime, al disminuido, al tarado, como el infantil recluta Patoso, sólo le queda la locura y la autoaniquilación. Las más genuinas credenciales del militarismo están expuestas con justificado sarcasmo. En ese formidable profesional se dan cita la fe ciega, la disciplina sin pregunta, el odio a la contradicción, la ceguera sanguinaria, la ortodoxia sin excusa, la eficacia destructora, los cojones como símbolo de poder, sin ninguna otra utilidad, el castigo arbitrario, el miedo.

La segunda parte muestra el resultado de ese aprendizaje en medio del fuego, de tierras calcinadas y de nativos que no quieren ser salvados. Las máquinas matan sin creer en nada y el único parapeto contra la locura es el instinto de supervivencia. Pobres de aquellos que tengan mala conciencia, que investiguen en la manipulación continua a que son sometidos, que vacilen al apretar el gatillo. En el plano final, después de preguntarse cómo una niña francotiradora puede acumular tanta mala saña hacia ellos, la voz en off del periodista afirma: "Todo esto era una puta mierda pero otros habían muerto y yo seguía vivo. Y eso era lo único que importaba". La técnica de Kubrick, su crueldad deliberada, no permite ninguna relajación. Parece decir: "¿No os gusta lo que presento, lo que veis? Pues os voy a saturar, voy a incrustar en vuestros cerebros lo que soléis leer cómodamente en la prensa. Quiero que os sintáis mal, que el espectáculo que reclamáis en la tarde de sábado os queme los ojos. Tal vez os planteéis si os interesa participar en otra guerra, si seréis capaces de obedecer a ciegas las consignas de los amos, de la civilizada Wall Street. Pues no vais a ver héroes, ni diversión, ni ideales. Este es el espanto desnudo que habéis conseguido en nombre de vuestro dios, de las palabras democracia y libertad".

Jamás soporté al Kubrick definitivo de 2001 y La naranja mecánica. Aquí también me pone enfermo, pero no de aburrimiento e irritación. No es una película para disfrutarla, para soñar. Provoca asco, reflexión, mala leche. Los amantes de las marchas militares o los que piensan que las tasas de muerte y suicidio de los que vuelven de la guerra son inventos de periodistas tendenciosos, demagogos e izquierdistas, lo pasarán mucho mejor con Rambo y con otros rufianes idiotizados dispuestos a castigar a los malos. Que les aproveche.

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16 de marzo de 2013 - 04:07 h
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