Una historia verdadera

Entre tanta mentira y podredumbre pública me propongo escribir hoy sobre una película "de verdad". En ella no encontrará el espectador rastro alguno de bocamanga, del engaño visual hoy en boga y que idiotiza el cine en general y al espectador idiota en particular. Ni siguiera hay en ella uso de la legítima (pero superficial) argucia del rizo o del secreto argumental. En esta bellísima, conmovedora película, diáfana como un libro abierto repleto de evidencias, hay nada más que cine, cine puro. Supone la más rica combinación de verdad lograda en el séptimo arte. Es ésta una confluencia que no alcanzan los laboratorios de truquería informática y los circos visuales que encallan las pantallas de este segundo siglo de cine, pues éste sólo surge cuando una cámara, una mirada mecánica, se sitúa a la altura de la mirada humana. En este caso la de dos rostros, el de la aquí genial Meryl Streep y el de Clint Eastwood, que logra dar réplica a esta enorme mujer con apabullante capacidad de identificación y sin otro maquillaje que el del talento y el del respeto al talento de aquellos a quienes embaucan y arrastran con el suyo. Un trabajo de creación de cine a rostro limpio, armado y acabado con una sinceridad y una valentía insuperable; una de las más bellas búsquedas de un transcurso emocional de imágenes que ha dado el cine en mucho tiempo. Ésto, y mucho más, es Los puentes de Madison. Los puentes de Madison.

El guionista, Richard LaGravenese, proporcionó a Eastwood una baraja sin marcar con la que el siempre sorprendente cineasta juega con las cartas boca arriba al situar el punto de vista del espectador en un ángulo que le permite prever desde el comienzo por dónde va a discurrir todo el filme e intuir que la construcción de éste está orientada a introducirse en una dura, amarga y comprometida zona de desenlace donde Eastwood se la juega, pues se sitúa en el borde del sentimentalismo, y no sólo no incurre en él, sino que alcanza una de las grandes incursiones del cine en las leyes del corazón: en la sustancia (no sentimental) del sentimiento.

Es la historia de un brote (de eso que en la televisión llaman amor sin barreras)de pasión absoluta entre dos adultos capturados sin cosmética en la piel desnuda de su oficio de dos intérpretes superdotados. Vemos nacer y crecer un súbito y verdadero enamoramiento y la pantalla no nos oculta nunca el tipo de desencuentro que conduce tan fuerte encuentro. No se cuenta la película al contar su qué, pues en ella, como en todas las verdaderamente superiores, lo único que decide e importa es su cómo, cómoy éste entra en lo inefable, en lo imposible de verbalizar: de ahí su condición de cine puro, pura imagen.

Los puentes de Madison Los puentes de Madisoncamina vigorosa y pausadamente, con exquisito tacto en la dosificación de las dilaciones, sobre la cuerda floja, en busca de esa presentida, grande, dolorosa y en igual medida gozosa secuencia final. Cuando percibimos en la pantalla que ésta ha llegado, descubrimos que hay en toda la película un alarde de montaje oculto, pues la sensación es que esa escena comenzó mucho antes de que comencemos a percibirla e incluso ya asomó larvada en el mismísimo arranque del filme. Y esta extraordinaria secuencia adquiere entonces, por la presión en la pantalla de la tensión previa acumulada sobre ella, una gran carga de emoción liberadora, hasta el punto de que sitúa al espectador al borde del llanto. Las escenas que se suceden a estas portentosas imágenes se hacen así interminables, y al mismo tiempo, la fatalidad de su final crea la ansiedad de que éste no llegue, de que la película siga.

Y la película sigue, vertida y ramificada en la memoria del espectador, capturado y agradecido por ver verdadero cine en un  tiempo infestado de mentira.

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26 de enero de 2013 - 04:00 h