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Pepe Esquinas: “Comprar es un acto político”

José Esquinas | MADERO CUBERO

Juan José Fernández Palomo

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José Esquinas (Ciudad Real, 1945) es un humanista y un científico. También un activista. Un ciudadano del mundo y un vecino del barrio. Cosa no solo compatible, sino necesaria y fundamental: las raíces asentadas y las ramas que se abren… Desayunamos a la sombra en un bar de Santa Rosa y la conversación nos llevará durante horas de Etiopía a la cordillera andina, de los foros diplomáticos internacionales a la frutería de la esquina, del Amazonas a los huertos del parque cercano. Pepe –no me deja llamarle don José- habla del futuro; pero no lo hace como una entelequia o como ciencia ficción, lo hace desde el presente real y continuo, lo hace nombrando a las “generaciones futuras”. Es más que evidente cuando, por las mañanas, lo ves llevando de la mano a su hija Clara, de siete años, camino de la parada del autobús para ir al cole.

Este periodista se acoge a su educación y le viene una frase a la cabeza: “…porque ellos heredarán la Tierra”.

PREGUNTA. ¿Cuáles son tus orígenes, el origen de tu vocación?

RESPUESTA. Yo soy hijo y nieto de agricultores manchegos, de Ciudad Real. El campo ha sido la mejor universidad porque es multidisciplinario, las cosas no salen de inmediato, no dependen de ti; pero también de ti.

P. ¿Por ejemplo?

R. Que riegues o no. La constancia, la perseverancia… mirar al cielo para predecir que puede pasar o no; si va a llover o no… Me gusta esa frase de Cicerón en la que define qué es la Agricultura: “Es la profesión propia del sabio, la más adecuada al sencillo y la más digna para todo hombre libre” ¡Y lo dijo hace más de 2000 años!

P. Así que del campo familiar a estudiar para ser ingeniero agrónomo…

R. Bueno, al principio yo quería estudiar Medicina.

P: Tiene sentido.

R. Sí. Es la relación con la naturaleza, sea la humana o sea la otra. Estaba muy convencido, era una carrera más larga…; pero, bueno, al final me incliné por ingeniero agrónomo.

P. Eso es sistematizar unos conocimientos que ya tenías ¿no?

R. Sí; unos conocimientos empíricos que ya tenía, que sabía que ocurrían de una determinada manera, pero no sabía el porqué. De alguna manera no sabes ese porqué, si existe una discordancia entre lo que tú sabes del campo y lo que sabes gracias a la ciencia. Cuando había una discrepancia, es curioso, lo más fácil es que el campo tuviera razón. Y, al final, estudiando, lo comprendemos.

P. Continuar aprendiendo en el campo y en el laboratorio…

R. Claro. Tenemos más instrumentos, para cultivar, para criar los animales, tenemos técnicas. Lo que no podemos es sustituir lo uno por el otro o el otro por el uno. No puedo ignorar el campo para coger los libros y no puedo coger los libros sin tener en cuenta el campo. Estaba aquel dicho: “Cava profundo y echa basura y cágate en los libros de agricultura” No. Las cosas no son así, hay que combinar lo uno y lo otro. Si hay que cavar profundo, en determinado tipo de tierra, pues se cava; y si los libros de agricultura son buenos, pues mejor. Es una sinergia.

No puedo ignorar el campo para coger los libros y no puedo coger los libros sin tener en cuenta el campo

P. Y, entonces, te da por estudiar a los melones ¿por qué?

R. Sí, la diversidad genética de los melones. Había muchos melones en Castilla-La Mancha, 380 variedades de melón en toda España, para ser más exacto; pero desaparecían variedades. Envíe siete u ocho mil cartas a los pueblos, a los párrocos, escuelas, cuarteles de la Guardia Civil… para que me reservaran semillas de melón, recorrí muchos kilómetros en tren, autobuses y en un citroen dos caballos que compre por 25.000 pesetas –y que le puse el nombre de Rocinante- buscando semillas.

P. ¿“Pepe el de los melones”?

R. Sí, así empezaron a conocerme. Ese apodo me lo puso la periodista Encarna Sánchez en la radio, en su programa. Me ayudó mucho, porque, gracias a su programa, muchos estudiantes se implicaron y contactaron conmigo en Aranjuez. Mientras, hacía las milicias universitarias como oficial de complemento y aparecí en el programa de TVE “España al día” pidiendo semillas, así que también me llamaron “el alférez de los melones”.

P. ¿Cuándo y cómo decides “cruzar el charco”?

R. Con todo ese trabajo de campo hecho, tengo la oportunidad, en 1974, de hacer el doctorado en California, EEUU, sobre la diversidad genética de los melones utilizando modelos parecidos. Era un trabajo más bioquímico. Me interesaba estudiar las características de las semillas del género cucumis: el melóN, el pepino y la anguria –que eran los, digamos, comerciales-; pero también de otras variedades silvestres. Apliqué la electroforesis para conocer su composición enzimática.

P. ¿Y fue todo bien?

R. Me germinaron todas, excepto las de una variedad, la del Cucumis humifructos, que me interesaba mucho porque germina a 20 cm bajo tierra y quería saber por qué había evolucionado así, por qué germina así, cómo llega a ser fruto.

P. ¿Y eso cómo se hace?

R. Pues conocimos que en Sudáfrica había una especie de oso hormiguero, o cerdo hormiguero, el aardvark (Orycteropus afer), que, con su trompa bebe el contenido del fruto, de ese cucumi y, al defecar, al pasar por el estómago suelta las semillas para que germinen. Y sabíamos del caso de una variedad de tomate que le sucedía algo así con un galápago de las Islas Galápagos.

P. Es decir, qué había que estudiar al bicho ¿no?

R. Eso es. Nos enteramos que en el zoo de San Diego tenían ejemplares de aardvark y les mandé una carta a la dirección solicitando una visita y allí que me fui con una mochila y mis semillas.

P. ¿Y cómo te fue?

R. Regular (se ríe). Efectivamente, tenían dos aardvarks aislados en una jaula. Resulta que me reuní con el director, le expliqué el experimento y me dijo algo así como “¿que usted quiere darle de comer esa porquería a mis aardvarks? anda, váyase, vágase”

P. Pues, menudo plan…

R. Pero yo me empeñé, quería ver cómo se recuperaban las semillas, cómo recogían la caca separada de otras especies, saber a qué hora recogían la basura. Así que me quedé allí.

P. Pero si el director te había dicho que te fueras…

R. Me quedé escondido y pasé una noche el zoo de San Diego. Por la mañana vi a un hombre con un carro y dos mulas que recogía la basura, me acerqué, le di una propina, pero empezó a gritar y yo me fui, salté una verja y me escapé. Me fui al hotel. Luego lo discutimos en David, en el departamento, nos preguntábamos qué otro animal podía sustituir al aardvark, pensamos en otro insectívoro, o una gallina, un perro… al final me las tomé yo.

P. ¡Caramba! Recuerda a esforzadas historias de ciencia decimonónica.

R. Tome doce semillas, las recuperé todas y diez de ellas germinaron.

P. Y pensar que todavía hay debate entre creacionismo y teoría de la evolución, sobre todo en EEUU, por ejemplo ¿no le parece, por lo menos, inaudito?

R. Hay una especie de fundamentalismo religioso. No tiene sentido; pero, afortunadamente es minoritario. Yo recupero la figura de Teilhard de Chardin, un religioso evolucionista jesuita y científico francés de principios del siglo XX.

P. ¿Y eso?

R. Porque es un religioso y un científico, biólogo, paleontólogo y, también, darwiniano, y lo compagina perfectamente. Muy interesante. Él dice que dios crea la energía y las leyes de la Naturaleza, luego hay que administrarlas. La materia va evolucionando: hay un punto alfa, que es la energía o dios, y un punto omega, que sería el Universo y el hombre como final del proceso evolutivo (para Teilahard “el cristo cósmico”. Así que hay un ser que no solo sabe, sino que sabe que sabe y el hombre toma el volante de la evolución.

P. Hace al hombre responsable ¿no?

R. Dios lo hace co-creador. En Teilhard de Chardin convergen las posiciones religiosas y no religiosas. En definitiva, el objetivo político debe ser convertir la Tierra en un paraíso.

P. No deja de ser una idea espiritual…

R. Yo no sé si existe dios, pero “hay que conquistar el paraíso”, digamos. La espiritualidad no tiene que estar unida a la religión. Esos creacionistas se anquilosan en el pasado.

El objetivo político debe ser convertir la Tierra en un paraíso

P. Hablando de creaciones humanas: tú has desarrollado tu carrera en la FAO (la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) ¿Por qué crees que hay quienes dudan de la utilidad real de organizaciones supranacionales como ésta?

R. Como foro intergubernamental, la FAO es de lo menos malo que tenemos. La ONU es de lo menos malo que tenemos. Hay que mejorarlas, por supuesto. Se trata de una cuestión de gobernanza, pero se creó en plena guerra y en su declaración fundacional se dice: “nosotros, los pueblos del mundo, debemos sustituir los cañones por el diálogo”. La intención era buena.

P. Pero nada es perfecto…

R. Hay deficiencias. En realidad se representan gobiernos, no pueblos, y hay gobiernos que no son democráticos, las cuestiones de largo alcance se hacen farragosas…, hay mucha burocracia; pero sigue intentando sustituir cañones por diálogo.

P. ¿Cómo es tu entrada en la FAO?

R. Vuelvo de EEUU y me encuentro dando clases en la Universidad Politécnica de Madrid e investigando para el Instituto de Estudios Agrarios del ministerio. Con un grupo de alemanes recorrimos Andalucía Occidental y Extremadura recolectando semillas de leguminosas y cereales en un proyecto coordinado por la FAO. Entonces llegó una señora de la organización para reunirse con nosotros; pero no quería sentarse en un despacho, quería comer fabada. Así que la llevé a un restaurante y después le ofrecí celebrar la reunión de trabajo en el despacho; pero ella volvió a decir que no, que mejor nos vamos al Retiro y charlamos dando un paseo en barca. A mí me pareció fantástico. En ese contexto, aquella señora me propuso trabajar en la FAO.

P. Y tú encantado, claro.

R. Yo quería ser ciudadano del mundo; pero al mismo tiempo me sentía profundamente manchego, de Ciudad Real. Porque el verdadero internacionalismo es el que no reniega de sus raíces; es como un árbol sin raíces. Cuanto más profundas sean esas raíces más crecerán las ramas para abarcar el mundo.

P. ¿Aceptas?

R. Sí. Hice una solicitud y entro en la FAO en el año 78. Me fui para hacer un trabajo técnico de seis meses sobre recursos fitogenéticos. Creí que era una cuestión técnica.

P. Pero te das de bruces con otra realidad…

R. Sí; empiezo a ver las implicaciones socioeconómicas, políticas, jurídicas, éticas, de todo tipo que hay. Se estaban recolectando semillas de todo el mundo, una diversidad de 3.000 años de antigüedad, teniendo en cuenta que llevamos 10.000 años de agricultura. La diversidad agrícola es más necesaria que nunca.

P. Como toda diversidad en la naturaleza ¿no?

R. La de las ballenas o la del oso panda está muy bien, sale por la tele, es muy sexy; pero la agraria, la de los cereales, la del arroz, la de los cerdos…

P. …La que nos alimenta…

R. …Eso, claro, eso es. La diversidad empieza a perderse en el siglo XX. Eso fue una consecuencia indirecta de la “revolución verde”.

P. ¿La “revolución verde fue mala”?

R. No. No fue mala, permitió aumentar la producción, pero perdimos diversidad. Y eso nos hace vulnerables.

P. ¿Por qué?

R. Porque destruye la evolución posterior. Cuando aparece una enfermedad, un cambio de temperaturas hay que buscar en la diversidad. Tenemos que preguntarnos qué puede hacer un mejorador, un agricultor, un técnico, un científico al respecto.

P. Pero había que acabar con el hambre en el mundo…

R. Ese es otro debate. Había una buena intención: incrementar la producción para acabar con el hambre; pero es que hoy producimos el sesenta por ciento más de alimentos que necesita la humanidad para acabar con el hambre en el mundo.

P. Pero sigue habiendo hambre.

R. El problema es que esos alimentos están en el mercado internacional pero no llegan ni a la mesa ni a la boca de quien tiene hambre. Esos alimentos están especulados desde Chicago, y esos alimentos se usan para alimentar animales o, incluso, para producir biocombustibles.

P. ¿Cuál sería la clave?

R. Hay que producir más; pero de manera local. No producir más en España para que coman en África. Eso es una gran mentira. Quien piense eso se está mirando su propio ombligo y sus propios intereses económicos. Se trata de producir más en África para alimentar África, más en Singapur para alimentar Singapur. Hay que estimular la producción local.

Yo quería ser ciudadano del mundo; pero al mismo tiempo me sentía profundamente manchego

P. Parece lógico.

R. El año pasado, 2014, se declaró por la ONU “el año internacional sobre la agricultura familiar” ¿Quién alimenta al mundo? Hoy, en siglo XXI, entre el 75 y el 80 por ciento de la comida que llega a la boca de quien la necesita procede de la agricultura familiar y el pequeño agricultor. Hay que incrementar la producción local, es la gran oportunidad.

P. Y de otros cultivos ¿no?

R. Estamos hablando de cultivos que ya no son ni el trigo, ni el arroz ni la patata. Hay cultivos infrautilizados como la yuca, la quinua, cañihua, kiwicha…. Según datos de la FAO, en el mundo se han cultivado y han alimentado a la humanidad entre ocho y diez mil especies; no variedades: especies distintas. Hoy se cultivan a nivel industrial no más de 150 y de éstas, solo cuatro: trigo, arroz, maíz y patata contribuyen con más del sesenta por ciento de la alimentación calórica humana. Hay un gran desperdicio de esas otras especies, por eso se llaman “cultivos infrautilizados”, y han sido cultivos milenarios, base de muchas culturas. Pongo un ejemplo: 2013 fue “el año internacional de la quinoa”.

P. ¿Por qué?

R. Es un ejemplo de esos tipos de cultivo infrautilizados; pero un ejemplo muy significativo. Un cultivo andino tan importante en la época precolombina que se le llamaba el “cultivo de los dioses” en la región andina. Era el cultivo con el que se hacían los sacrificios, el que se ofrecía a la divinidad. En ese sentido había un paralelismo con el trigo en el Mediterráneo, donde se ha hablado de “el pan nuestro de cada día, dios se transforma en pan…”, es el cultivo de dios. Existía esa relación entre la divinidad y la quinoa. Y ese fue su peligro. Porque cuando llega una civilización distinta, con una lengua distinta y una religión distinta que comienza a predominar sobre la que había allí, la quinoa había que prohibirla. En algunos casos quien cultivaba quinoa podía tener pena de muerte y los cultivos se quemaban porque representaban a un dios pagano.

P. Perdona la broma, pero “así se escribe la Historia” ¿no?

R. Claro. Llega una lengua en la que se dice “con pan y vino se anda el camino” y una religión en la que todos los días se reza: “el pan de cada día, dánosle hoy”, el pan, el pan, el pan… ¿Y eso es posible? No en las condiciones de la región andina.

P. Tiene un aire mitológico, como la osadía de robarle el fuego a los dioses…

R.- Sí, es como el mito del fuego. Las religiones han matizado, son claves para explicar la Historia. Fíjate: esa demanda de pan lleva a una situación que aún se mantiene hoy. Los gobiernos de Perú, Bolivia o Ecuador tienen que comprar trigo en el mercado exterior porque les sale muy caro producirlo. La compra de trigo para hacer pan y que coman los pobres pasa a ser la mayor salida de divisas. Sin embargo; los cultivos andinos como la quino, mashua, oka, o la arracaha pasan a ser “cultivos de los pobres”. Esos que habían sido los cultivos-símbolo de una civilización.

P. ¿Para qué sirvió ese “año de la quinoa”?

R. Al reivindicar esos cultivos, descubrimos, nos dimos cuenta, en occidente de algo que ellos sabían hace milenios: que la quinoa (o quinua) no tiene gluten, que tiene un contenido en proteínas muy superior al trigo, un 60 por ciento más, que tiene un contenido en aminoácidos esenciales también superior, etc; o sea, que el poder nutritivo de la quinua es muy alto. Ahora empezamos a cultivarla aquí. Este año se han cultivado miles de toneladas métricas en Francia. Así que, de pronto, la quinoa, ese cultivo infrautilizado, despreciado, pasa a ser fundamental en occidente y lo será mucho más en los próximos años.

P. Un proceso que se explica por los fenómenos de colonización ¿no?

R. Lo que ha pasado es que no solo ha habido una colonización política o militar, sino también cultural, que implica una colonización nutritiva que ha llegado hasta nuestros días. Esto hay que superarlo. Yo creo en la unidad en el sentido de una gobernanza mundial, un mundo fraterno, etc; pero esa unidad hay que buscarla en la diversidad, no en la uniformidad. Es más, yo diría que el mayor enemigo de la diversidad es la uniformidad. Rabindranath Tagore, del que hace unos años se celebró el 150 aniversario, tenía una frase que a mí me gusta mucho: “la unidad es deseable, la uniformidad detestable”. La diversidad en las culturas, la biodiversidad en las plantas, la diversidad en los sistemas de producción agrícolas y no agrícolas… la diversidad es lo que nos enriquece.

Ha habido una colonización nutritiva que ha llegado hasta nuestros días

P. Parece evidente.

R: Entre otras cosas es un gran potencial para enfrentarnos a cambios climáticos. Muchos de estos cultivos son muy interesantes ahora porque, con los cambios climáticos, mucho de lo que ahora estamos cultivando tal vez dentro de un tiempo no podamos y usaremos los que ahora llamamos “infrautilizados”.

P. ¿Y empiezan a verse ejemplos de esto?

R. En Sudáfrica, según estudios de Naciones Unidas, dentro de 35 o 40 años, va a ser muy difícil cultivar maíz, por las condiciones bioclimáticas. Hay que buscar un sustituto. En España hay estudios hechos por científicos del Panel Internacional de Cambios Climáticos, que alertan de la dificultad que podemos tener en unos decenios para el cultivo de la viña o del olivar, porque será una zona mucho más tropical y esos cultivos buscarán el norte. La gran mina que tenemos, la gran despensa, son estos cultivos infrautilizados que, en algunos casos, pasaran a ser muy importantes.

P. Habrá que “ponerse las pilas”, supongo.

R. Sí; pero lo curioso es que se han reivindicado estos cultivos no para erradicar el hambre en el mundo, sino para erradicar el hambre en occidente, pasado mañana.

P. Y ahora nos topamos directamente con la política ¿no es cierto?

R. No tardé en darme cuenta de las implicaciones políticas en la FAO. El objetivo era recolectar semillas para ponerlas en bancos de germoplasma en condiciones de baja temperatura y baja humedad para que mantengan su poder de germinación durante muchos años. Un tema, en principio, técnico porque perdemos diversidad.

P. Pero iba más allá…

R. Te pondré un ejemplo: la hambruna irlandesa ¿recuerdas? También se llamó “hambruna europea”.

P. ¿La crisis de la patata?

R. Eso es. No se saben muy bien las causas. En aquellos años (1840-50) mueren, solo en Irlanda, dos millones de personas. Y casi tres millones tienen que emigrar a EEUU. La causa es la falta de diversidad biológica de la patata. Es un cultivo sudamericano que traen los colonizadores españoles en el siglo XVI que, lentamente, se extiende por Europa y pasa a ser cultivo básico para la alimentación en las zonas donde el trigo se da mal, que son las más húmedas: Centroeuropa, las islas, etc.

P. Si enferma, deja de serlo.

R. En Irlanda en los siglos XVIII y XIX ya es el cultivo más importante con diferencia. Entonces aparece una enfermedad, el Phytophora infestas, un hongo que mata todos los patatales de Irlanda en dos años y, luego se extiende a Europa.

P. ¿Por qué los mata?

R. Porque eran ejemplares idénticos: las patatas que llegaron a Europa eran solo unas cuantas, marrones por fuera, amarillentas por dentro. Cuando empiezan a morir, todos se llevan las manos a la cabeza, se buscan productos químicos, pesticidas, no se encuentra nada, insecticidas… Alguien tiene una feliz idea: qué pasa si vamos a Ecuador a Perú a Bolivia, de donde vienen la patatas, a lo mejor allí encontramos resistencia. Cuando llegan allí se dan cuenta de que también hay patatas de color rojo, de color verde, amarillo, en forma de tirabuzón, de distintos tamaños, también con su interior de diversos colores y, entre toda esa diversidad, había resistencia al fitoftera infestas. Se trae aquí, se introduce la resistencia con las técnicas de entonces en las plantas cultivadas en Europa, y todo resuelto.

P. Sí, pero a mucho coste: hambruna, muertes, emigración… demasiado ¿no?

R. Pues sí; pero no es un caso único, te pongo otro: en los últimos años del siglo XX hay un caso similar en EEUU con el maíz. La enfermedad de los maizales era otro hongo, el Helmithos podium; en este caso no produce muertes, pero sí pérdidas de miles y miles de dólares, y la solución se encuentra en la resistencia a esta enfermedad que está en los maizales africanos.

P. ¿Nos sirve de lección?

R. Sí; pero qué curioso: quien salva a la patata irlandesa es América latina, continente recién descubierto y paupérrimo. Quien salva el maíz de los EEUU es África. No solo América y África, sino los agricultores pobres, los campesinos pobres de esos dos continentes que eran los que mantenían la biodiversidad, la diversidad de semillas. De ahí la importancia de recolectar y de que se mantenga la diversidad de semillas pensando en el futuro de la humanidad. Esa era la función de la FAO y ahí me encontraba yo, haciendo este tipo de trabajo que era, en definitiva, lo mismo que había hecho con los melones.

P. Pero, insisto, llega un momento en que el tema, irremediablemente, se politiza ¿cómo?

R. En el año 79 los países pobres plantean dos preguntas claves a los países más ricos. Todas estas recolecciones, todos estos programas se estaban haciendo con dinero internacional; pero el grupo de los 77, que es el grupo de los países en desarrollo, toma la palabra y dicen: bueno señores, ustedes en la FAO están haciendo un trabajo muy importante y muy bueno porque mantienen esa diversidad para nosotros, para la mejora de nuestros habitantes y las generaciones futuras; pero tenemos una pregunta: ustedes están colectando ese material donde está, la mayoría en países subtropicales, que es precisamente donde están los países en desarrollo, lo recolectan y lo guardan en bancos de germoplasma que, como son caros, están situados en los países más ricos. Nuestra pregunta es: ¿de quién es la propiedad jurídica de ese material: pertenece al país donde se colecta, a la humanidad o al país donde se conserva?

P. Pregunta más que pertinente…

R. Cuando los servicios jurídicos de la FAO entran en el caso, y ven que no hay ningún precedente, dicen que es del país donde se conserva, no importa donde se hayan recolectado. Esto hace poner el grito en el cielo a estos países en desarrollo. La reacción de muchos países desarrollados, sobre todo EEUU, Inglaterra, Holanda, fue la de bueno, bueno, no se preocupen, porque, aunque fuese jurídicamente así, está a disposición de todos.

P. Pues eso sí que es colonización.

R. De hecho era un arma política. Cuando EEUU impone el embargo a Cuba incluye el embargo de estos recursos genéticos.

P. Los frisos del Partenón están en el Museo Británico ¿no podría ser un ejemplo parecido?

R: Es igual; pero en este caso, los frisos del Partenón no nos dan de comer, de ellos no depende el futuro de la humanidad. De la comida sí, de los cultivos sí.

P. El asunto se pone serio…

R. La voluntad es que estén disponibles para todos; pero no queremos buena voluntad, dicen los países en desarrollo. Porque, aunque fuera así, quien tiene la capacidad tecnológica, la capacitación humana para utilizarlos en programas de mejora, no son los países pobres, son los países ricos. Pero no solo eso, sino que ustedes están utilizando ese material para hacer otra variedad y esa nueva variedad la patentan, reclaman derechos de propiedad intelectual sobre la misma y hacen pagar royalties por su uso ¿Así que colectan materia prima donde la hay, la almacenan en los bancos de germoplasma donde existen, ustedes son muy buenos y nos la dejan usar a todos, teóricamente, producen nuevas variedades, les ponen royalties y nosotros tenemos que pagar…? No hombre, no; si tienen buenas intenciones, las nuevas variedades también podríamos usarlas.

Los frisos del Partenón no nos dan de comer, de ellos no depende el futuro de la humanidad. De la comida sí, de los cultivos sí

P. El atasco político y diplomático está servido.

R. Origina un gran debate que al final culmina en una serie de acuerdos internacionales. El primero fue el compromiso internacional de recursos fitogenéticos, que era no vinculante, en el que se hablaba de la biodiversidad genética de plantas como patrimonio de la humanidad. Y también de libre disponibilidad que incluía no solo la variedades tradicionales de los agricultores sino también las nuevas variedades comerciales y, por tanto, los productos de la tecnología.

P. ¿Y fue suficiente?

R. Fue voluntario, no vinculante. Un código de conducta en la que una serie de países expresaron reservas, entre ellos EEUU, Canadá, dos o tres europeos, Nueva Zelanda, Australia, Japón etc. Ellos no lo aceptaron. Fue la base que se estableció para un avance, pero no fue suficiente porque los mecanismos que se establecieron para que se llevara a cabo nunca se cumplieron, incluido un fondo internacional. Posteriormente se negocia, en otro foro, el convenio de diversidad bilógica en el PNUMA, programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, que sí fue vinculante, pero era para toda la diversidad, no sólo la agrícola.

P. ¿Y ahora sí?

R. En base a ése se negocia en la FAO, que ya sí fue vinculante, el Tratado Internacional de Recursos Fitogenéticos para la Agricultura, que es lo que está en vigor hoy.

P. Largo y tortuoso camino, como dice la canción.

R. Todo este proceso de poner en tela de juicio los problemas que había, intentar poner soluciones que fueran aceptadas por todos los países, transformarlo en políticas internacionales y, a su vez, que estas políticas desemboquen en acuerdos lleva desde el año 79 hasta el 2001, en que ya se aprueba este tratado que, además, no entra en vigor hasta el 2004 y su primera reunión de su órgano rector tiene lugar en España en el 2006. Por lo tanto sí: ha sido un proceso tortuoso de 25 o 28 años. Muy largo.

P. ¿Y cuál es tu papel en todo esto?

R. Yo cumplo una función; pero hay muchos intentos de callarme la boca, incluso presiones sobre el gobierno de mi propio país, sobre mí mismo… Claro, es que hay muchísimos intereses comerciales de todo tipo. Cuando por fin sale adelante, con enfrentamientos entre países, EEUU amenaza con dejar la organización, los debates siguen… Claro; ellos estaban acostumbraos a salir al campo, coger lo que querían y no tener que distribuir beneficios a nadie… El director general de la FAO me nombra secretario de una comisión gubernamental que tiene más de 180 países-miembro y que es la que negocia lo que hoy es el Tratado Internacional de Recursos Fitogenéticos.

P. ¿Es entonces cuando el Pepe Esquinas científico deja paso al Pepe Esquinas diplomático, negociador?

R. Bueno; esto es lo que me lleva, en una segunda etapa, ha seguir viajando por muchos países, pero ya no para tratar los temas técnicos de recolección de germoplasma, sino a discutir y negociar con los países los términos de este tipo de acuerdos.

P. Y buscar el consenso entre todos los actores, todos los países, imagino.

R. Claro. Este tratado tiene como objetivo la conservación de esa diversidad biológica agrícola, incluidas las variedades tradicionales para las generaciones futuras, y su uso sostenible y amplio hoy. Pero, ojo, el tercer objetivo es el más político: la distribución justa y equitativa de los beneficios derivados de esos recursos genéticos, esto incluye la distribución de los beneficios monetarios también. Aparte, el tratado incluye elementos muy innovadores como un sistema multilateral de acceso a los beneficios: entre un 0,5 y un 1,1 por ciento de los beneficios monetarios derivados de las nuevas variedades tiene que ir a un mecanismo financiero internacional para financiar proyectos, programas y actividades en los países en vías de desarrollo.

P. ¿Y qué papel se le reserva a los agricultores?

R. Ése es el otro elemento realmente innovador: es el artículo 9, que habla del derecho de los agricultores como los custodios de la diversidad biológica agrícola porque son los que han desarrollado esa diversidad a lo largo de diez mil años de agricultura. Miles de generaciones de agricultores tradicionales que la han conservado hasta nuestros días y que son quienes la han hecho disponible a nuestros científicos y mejoradores para que sigan haciendo sus nuevas variedades. Estos custodios de la biodiversidad tienen que tener un incentivo para seguir cumpliendo su función y este artículo 9 especifica varios incentivos; por ejemplo la protección; los gobiernos deben asumir la responsabilidad de proteger los llamados conocimientos tradicionales, la distribución justa y equitativa de los beneficios a nivel nacional con estos agricultores tradicionales y el derecho de los mismos a participar en las tomas de decisiones políticas.

P. ¿Se consideró una conquista?

R. Todo ello era una pica en Flandes. De hecho, el director general de la FAO, cuando finalmente en el 2001, se aprueba –pasaron varios años para que lo ratificaran los parlamentos de cada país- él lo define como “una piedra millar en las relaciones Norte-Sur”.

P. ¿Estarías satisfecho?

R. Yo, que había sido considerado poco menos que un apestado, que me criticaban por idealista en los 80, que si eso eran gastos para la FAO que no producían ningún fruto…, entonces se reconoce la labor y se me considera el alma mater del tratado ¡Un reconocimiento por primera vez!

P. Un reconocimiento para “Pepe el de los melones”…

R. Sí… se ve que estuve luchando contra el establishment. Pero hay que seguir; el que se apruebe en la FAO no hace que sea ley nacional, tiene que ser ratificado por los parlamentos de cada país. Y lo han hecho 136 parlamentos, incluido el nuestro y todos los de la UE. Para esos países ya es vinculante. Pero el que sea vinculante no quiere decir que se hayan desarrollado las normativas para la implementación de los artículos o provisiones del tratado. Se han desarrollado muchas, pero las que tienen que ver con los derechos del agricultor, no.

P. Que tú consideras esencial ¿no es verdad?

R. Es una asignatura pendiente y es una obligación jurídica que nos permitirá mantener la diversidad de nuestras propias variedades tradicionales antes de que se pierdan del todo y conservarlas, no solo en bancos de germoplasma, sino también in situ, en el campo. Es fácil de explicar: al congelar la semilla a menos 18 grados para que mantenga sus características germinativas durante un largo periodo estás congelando con la semilla la capacidad de adaptación, la evolución en un medio ambiente cambiante entre ser humano y planta. Es como si congelamos un dinosaurio, ahora el animal no podría vivir porque las plantas de las que debería alimentarse ahora son distintas. Por eso la conservación en el campo con los agricultores es complementaria y tan importante, al menos, como en bancos de germoplasma. Eso es lo que se pretende con el artículo de los derechos del agricultor. Y en ello estamos en estos momentos.

P. ¿Interviene el factor humano en estos altos niveles de diplomacia y política internacional?

R. Unos países se emperraban en unas posturas y otros en otras. Etiopía tenía unas posturas y EEUU las opuestas, además de que en la delegación de los EEUU también estaban las empresas privadas. Hubo varios momentos a lo largo de las conversaciones en las que llegábamos a situaciones de bloqueo y, entonces, había países que decían vamos a dejar de perder el tiempo y no hay acuerdo. Pero eso, en el fondo, no le interesaba a nadie. En esos casos había siempre que buscar el puente humano.

P. ¿Por ejemplo?

R. Te cuento un caso. Cuando se discutió el tema de los derechos del agricultor, EEUU y otros países no querían que lo hubiese; sin embargo todos los países en desarrollo, fundamentalmente de África, también de América latina, India, Indonesia, querían que lo hubiera. Entonces, llegó un momento en que la tensión fue enorme: o hay derechos del agricultor o nos vamos a casa. Las reuniones de negociación eran de lunes a viernes, y había 180 países. Un jueves estábamos en una situación de esas de “impasse” en la que si todo se pierde, nos vamos todos al carajo.

P. ¿Y?

R. Mira cómo se resuelve el tema: una semana antes, el embajador de Suiza me había llamado como secretario de la comisión y me dice: señor Esquinas, yo tengo aquí un dinero, es muy poco, unos 15 o 20 mil dólares que, si quiere usarlos en algo que desatasque las negociaciones, lo pongo a su disposición. Hombre no me diga usted eso cuatro días antes de la negociación, le respondí; si me lo hubiese dicho hace dos meses habríamos organizado algunas reuniones de expertos para extraer argumentos que facilitasen algo; ahora mismo no creo que esos dólares sirvan para algo. Pero claro, luego me acordé de su ofrecimiento y pensé cómo escoger a las personas, y digo bien, a las personas no a los países, a las personas que representan a los países que tienen fuerza, las juntamos y hacemos que negocien entre seres humanos, no como representantes de naciones. Era complicado, pero había que hacerlo.

P. No me lo digas ¿invitarlos alrededor de una mesa?

R. Se me ocurrió la idea de una cena en la que estuvieran presentes diez o doce personas claves de distintos países, no necesariamente el embajador, pero si lo es, mejor. Pero había una dificultad: la FAO no puede invitar a unos países sí y a otros no; tienen que delegar o representar a un continente o a otro y en cada continente hay posturas diferentes y si lo hacemos así la hemos cagado. Pero un país sí. Un país puede invitar a quien quiera a lo que quiera. Entonces le dije al embajador de Suiza que, si usted quiere, se trataría de organizar una cena en la que estuvieran presentes esta lista de personas, miembros de las delegaciones de los países con las posturas más duras.

P. Pero, tú, la FAO, no invitas…

R. Yo no puedo invitar. Yo le facilito el restaurante; tiene que ser un lugar en que nos permitan estar solos, en una habitación separada hasta las tres o las cuatro de la madrugada, hasta que se llegue a un acuerdo. Y que haya buen vino y buena música, tranquila, que ayude a relajarse… y, ya le digo, mucho vino y de buena calidad.

P. ¿Funcionó?

R. Al final se hizo, y fuimos. Yo les hice una introducción hablando de sus nietos y bisnietos, de sus capacidades personales, diciéndoles que estaban allí en calidad de personas particulares. Yo tampoco podía ir como FAO, sino como “resort person” o persona que va a apoyar desde el punto de vista técnico. Al final se hizo y llegamos a una solución; no la ideal, pero… Las soluciones serían diferentes en distintos países porque la problemática de los agricultores de EEUU, de Etiopia o de España es muy distinta, pero se busca un lenguaje común y al final se aprueba.

P. Sospecho que esa “técnica” de negociación la usarías más veces…

R. Otra fórmula que utilicé para facilitar estas negociaciones es que yo tenía una casita a 19 km de Roma (la sede central de la FAO está en la capital italiana), en un pueblo medieval que se llama Sacrofano. Y su gente también es medieval, gente que dejaba las llaves por fuera de la puerta y por la noche sacaba, sacábamos las mesas a la calle, los coches no podían entrar al casco histórico y compartíamos todo.

P. Ideal…

R. Hay olivos, vino y queso… sí, es ideal. La compré como un azar del destino. Me dieron un golpe en el coche y lo que me devolvieron era exacto lo que costaba. Joder, la compro. Esa casa fue muy útil en las negociaciones.

P. ¿Por qué?

R. Porque yo lo que hacía era invitar, ya de una manera sistemática, a las delegaciones más conflictivas, a nivel humano; por ejemplo invitaba al embajador de EEUU con sus nietos a cenar a Sacrofano, y al mismo tiempo, invitaba al de Somalia o al de Perú porque sabía que había un problema que discutir entre ellos. Comíamos en la placita, rodeados de los paisanos, campesinos que parecían chocar con el diplomático; pero, al final, el diplomático terminaba usando el lenguaje campesino, todo empezaba a hacerse mucho más llano: ya no era Mr Smith, sino John o Juan…

P. Era un símbolo perfecto…

R. Claro, ya era el abuelo de esos nietos que estaban por allí. Después de cenar y de beber se hablaba de los temas políticos y ya no se decía “es que mi país me ha dicho…”, sino “cómo tú y yo buscamos una solución que no irrite ni a mi país ni al tuyo…”, y así se cocinaban las cosas.

Yo lo que hacía era invitar, ya de una manera sistemática, a las delegaciones más conflictivas

P. Lo dicho: el factor humano.

R. Totalmente, y pensar en las generaciones futuras que es lo que nos une. Es un elemento clave.

P. Que tengas una hija de siete años es un ejemplo, permíteme que te pregunte por algo más íntimo…

R. Claro, y eso me hace ser más combativo. Además me llena de orgullo; me parece maravilloso que me lo digas. No son intimidades. Es mi hija, me llena de orgullo y es lo más bonito que he hecho en el mundo.

P. ¿Valoramos suficientemente lo que tenemos?

R. Precisamente, uno de los grandes problemas con los que nos topamos en nuestro sistema actual -mercado y democracia, sistema político de economía de mercado- es cómo valorar los recursos naturales limitados del planeta. Cómo dar un valor a la tierra, al agua, al aire, a la energía, un valor que tenga en cuenta a las generaciones futuras. El instrumento económico del que nos hemos dotado, el mercado, se basa en la oferta y la demanda.

P. ¿Así le ponemos precio a las cosas?

R. Para valorar esta taza (levanta la taza del café ya vacía) es un buen instrumento; pero ya decía don Antonio Machado “es de necios confundir valor con precio”. Si lo que yo quiero valorar es el aire, son los recursos naturales del tipo que sean: la tierra, el agua, la diversidad biológica, las minas… si yo voy al precio tengo que tener en cuenta la oferta y la demanda y dónde se cruzan; pero la oferta es una oferta limitada para esta generación y todas las que vienen; pero la demanda que yo puedo medir es la demanda de una sola generación, de la nuestra, entonces estoy infravalorando. Si yo supiese cuál va a ser la demanda de las generaciones futuras, el equilibrio entre oferta y demanda sería un precio real, no tendríamos el problema del medioambiente. Pero claro, las generaciones futuras no consumen, y como no consumen, no podemos calcularlo. Por lo tanto el mecanismo del mercado infravalora.

P. Pues habrá que cambiar de perspectiva ¿no?

R. Claro. Pero, por si fuera poco, el mejor de los sistemas políticos, o el menos malo, la democracia, está basada en eso de “un ser humano, un voto”; pero, obviamente, de los que han nacido. Las generaciones futuras no votan y, al no votar, sus intereses no están tenidos suficientemente en cuenta tampoco por nuestro sistema político. Hay que introducir modificaciones en el mercado para que sea capaz de tener en cuenta determinados valores. Y de lo que se trata, políticamente, es de establecer los derechos de las generaciones futuras.

P. ¿Cómo lo hacemos?

R. En algunos países, una idea que se baraja mucho es la del ombudsman de las generaciones futuras, el defensor de las generaciones futuras: una figura en el gobierno, en el parlamento, en los sindicatos, en las distintas instituciones que va a representar el interés de las generaciones futuras que no están allí, obviamente, representadas. Que cada nuevo acuerdo, cada nueva decisión que se tome, tenga en cuenta cómo va a afectar a las generaciones futuras. Ese defensor no tendrá un poder decisivo pero va a obligar a pensar a los legisladores. Una figura que, curiosamente, tienen muchos pueblos indígenas cuando se preguntan los sabios, los ancianos del lugar, cómo afectarán sus decisiones cotidianas a las siete próximas generaciones de la tribu. Eso es ser inteligentes.

P. Tiene un punto casi teológico…

R. Sí si quieres sí. Por eso me gusta Teilhard de Chardin, porque hace converger lo divino y lo humano. Nosotros tenemos el defensor del pueblo, que no me parece mal; pero, hombre, cada parlamentario debería ser defensor del pueblo, cojones, que para eso lo han elegido; sin embargo, no tenemos defensor de las generaciones futuras. Algunos países si lo tienen. En Inglaterra algunos quieren dar un paso más allá: está discutiendo la incorporación de una tercera cámara, una propuesta del grupo de Los Verdes, crear la Cámara de las Generaciones Futuras, de tal manera que se sume a la de los Lores y a la Cámara de los Comunes. Eso ya me parece demasiado.

Si yo supiese cuál va a ser la demanda de las generaciones futuras, el equilibrio entre oferta y demanda sería un precio real, no tendríamos el problema del medioambiente

P. Pues habría que pensárselo…

R. Esa figura se podría establecer en la ONU, también a nivel nacional, provincial o local… Es imprescindible y, posiblemente, nos vamos a poner más de acuerdo en el interés de nuestros nietos que en el interés del medioambiente.

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