Gutiérrez de los Ríos, 33: una puerta a la nueva vida de las flores

Patio de arquitectura moderna de la calle Gutiérrez de los Ríos, 33 | TONI BLANCO

Sólo unos metros más allá de San Andrés, en el Realejo se destapa un camino de singular trazado. La anchura varía en los diferentes tramos de la calle, que conecta con el barrio de San Pedro en la plaza de la Almagra. La extensa vía tiene por nombre uno de los apellidos más reconocidos de la Córdoba pasada y guarda el secreto de uno de esos escenarios que estallan en color e íntimo murmullo cuando llega mayo. En Gutiérrez de los Ríos, 33 florece el mes, de manera más especial que el resto del año, cuando el calendario advierte del inicio del Festival de los Patios. Un par de macetones anuncian que tras el zaguán todo es distinto en estas fechas, en las que se abre una puerta a la nueva vida de las flores donde no hace mucho sólo hubiera un mal recuerdo de otra época.

En ese punto del entorno de San Andrés, dentro de la ruta Regina – Realejo, surge una vivienda de dos pisos que acoge a Benito Raya y su mujer. Ellos recuperaron para la ciudad, y para sus visitantes, un espacio convertido en un triste rincón de olvido en el que las flores eran otras: los objetos que vecinos y viandantes desechaban. Pero ese páramo comenzó, poco a poco, cobrar forma de pequeño paraíso en la década de los noventa del pasado siglo. “Es una casa relativamente moderna, que se hizo hace 20 años. Esto era un solar y en un principio el patio no lo íbamos a definir porque no teníamos presupuesto pero después éste se ajustó y se pudo proyectar. Todo empezó porque apareció la piedra de la entrada de la casa antigua y a raíz de ahí pensamos que podíamos poner ahí una puerta y en base a ella se fue definiendo el patio”, narra el propietario de una residencia que a pesar de su reciente construcción mantiene la esencia de la tradición. “Después nos ofrecieron hacer la piscina porque era más sencillo que hacerla luego y en principio se iba a hacer al mismo nivel del suelo, pero los arqueólogos nos avisaron de que en el momento en el que nos metiéramos un metro más iban a aparecer a restos y nos íbamos a complicar”, continúa Benito.

La piscina aparece en una segunda altura, tras tres peldaños y cubierta por un seto y un limonero, de forma que se descubre como un secreto para el visitante. “Nos hemos alegrado mucho después de hacerla a otro nivel, porque estéticamente es más bonita y de alguna manera divide el patio en dos partes. La de la piscina queda un poco más íntima”, añade sobre lo que estos días tiene apariencia de estanque gracias a la falta de escaleras y a dos surtidores de agua que surgen de uno de los muros. Todos, en lo que es el bordeo, numerosas macetas se suman a la colección floral del matrimonio, que desde 2012 muestra con cada vez mayor satisfacción el resultado de su laborioso trabajo. “Nació con setos, trepaderas y árboles y hemos ido incorporando plantas de maceta”, explica Benito Raya, que apunta su preferencia porque “haya más espacios libres” que los que habitualmente se suelen encontrar en otros patios de la ciudad. ¿Y cómo fue su entrada en el Festival? “Los dos estábamos trabajando pero a mí me prejubilaron y mi mujer se quedó parada porque con la crisis cerró la empresa en la que estaba. Los amigos empezaron a animarnos y fue cuando pensamos hacerlo. Al principio teníamos enfocado el patio de forma muy cómoda y cuando decidimos presentarnos tuvimos que darle más contenido, como es lógico”, relata.

Tiene el espacio mucha luminosidad en las horas de sol, dado que es amplio y abierto, y en su aspecto moderno surgen elementos que dan carácter tradicional. Además de las macetas, la decoración la componen barreños metálicos, platos ornamentados o piezas de cerámica. En el centro diversas flores adornan una mesa que se encuentra entre un naranjo y un limonero, cuya presencia está acompañada por una buganvilla. La observación calmada de su explosión de color, con el suave murmullo de quienes visitan el recinto, descubre una vieja puerta con un juego de grandes llaves. Son las que abren el recuerdo del origen de la vivienda. “Ésta era una casa de vecinos y al final se quedó un matrimonio mayor. Hubo un plan urbanístico que afectaba a la calle en el que se pretendía ensancharla para trazar una vía de cierta importancia para dar fluidez al tráfico y el Ayuntamiento se la expropió. Luego, otros gobiernos descartaron el plan y la devolvieron a sus hijos, porque los viejecitos habían muerto. Fueron ellos los que me la ofrecieron y en el acto la compré”, expone Benito Raya, que del mismo modo desvela el motivo por el que Gutiérrez de los Ríos presenta un trazado sinuoso. “Por eso a día de hoy se observan ensanches, porque la calle era más regular, más o menos, en su anchura”, detalla.

La vivienda debió acoger, entiende su propietario, a unas diez familias en tiempos en que era comunal. Pero de todo aquello nada quedó tras la expropiación, sólo un solar “con un muro de petacas que daba a la calle y que estaba muy abandonado”. Entre la porqueriza surgió una vieja piedra, que pertenecía a la entrada de la antigua casa y que hace dos décadas fue el inicio de un patio en el que las flores volvieron a tener vida. “Nos sentimos muy orgullosos de haber transformado lo que había aquí en esto”, asegura Benito, que bromea con la actividad de la residencia otrora. “Por lo que me cuentan, había muchos comercios en Gutiérrez de los Ríos y mi casa ha sido de todo”, indica. Al tiempo que ofrece su generosa amabilidad en la guía por su particular oasis de relajación, los visitantes, de Córdoba o de cualquier otro lugar, no cesan de acceder y recorrer el espacio. Las cámaras y las tabletas no paran de captar imágenes de un escenario que aguarda un reconocimiento merecido.

“Quizá estoy un poco disgustado porque después de cinco años no nos han dado un premio, aunque sea el último que den. No quiero dinero, me basta con un diploma, un reconocimiento. Me da pena que jueguen con cuatro o cinco patios”, comenta con tranquilidad y sin reproche a los demás participantes. Benito Raya, orgulloso con la apertura de una puerta a la nueva vida de las flores en la ciudad, también considera oportuno guardar mayor atención al decoro en el exterior de las diferentes casas-patio de Córdoba. “Una cosa que encaja muy mal es que yo esté aquí con la gente y llegue el olor de las cacas de los caballos, sobre todo porque hay una ordenanza que dice que deben llevar sus pañales”, señala el propietario de una vivienda que recupera una presencia perdida durante algunos años y ofrece una opción más de disfrute para propios y extraños cuando aflora mayo.

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