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Los éxitos no siempre los alcanzan los más renombrados. Es un error, por desgracia, muy común este pensamiento. También es, quizá, uno de los grandes defectos de la sociedad actual: un logro no está a la mano sólo de las estrellas, como tampoco es la obtención de esa fama. Por tal motivo en ocasiones sorprende, más de lo debido de hecho, la consecución de un mérito por parte de quien menos esperado es. Son estas personas, las entidades a las que pertenecen, quienes precisamente han de recibir un mayor aplauso. No en vano, en la visión colectiva es una hazaña lo que hacen. Bien es verdad que no le falta fundamento a esta perspectiva, que sin embargo genera una atención menor a la realidad de los protagonistas. De ahí surgen muchas historias tras el deporte en las que a veces es necesario reparar. Como el relato de la pasión en el parqué, con un triunfo memorable como colofón, y la vocación por las aulas de uno de los héroes -como tales son recordados- del ascenso a Primera del Córdoba Patrimonio de la Humanidad el 1 de junio de 2019.

Es la narración en este caso de la experiencia vital de Francisco Jesús Solís Montes, más conocido como Pakito (Córdoba, 1990). La de un joven capaz de crecer dentro de una disciplina tan complicada como el fútbol sala hasta llegar a la gloria, con el club de su ciudad además, y después, enseguida, colgar las botas para dedicarse en cuerpo y alma a la que es su verdadera profesión. Aunque es más que eso, es un sueño hecho realidad. Apenas unos meses después de participar en la vuelta de la capital a la elite cambió la pista por la clase de una escuela. Eso sí, su adiós fue sólo como jugador de nivel pues le resulta imposible romper su estrecha relación con el deporte. “El club decide no renovarnos a varios por diferentes motivos y es cuando decido que qué mejor que dejarlo ahí”, explica el ex jugador del momento en que supo que no seguía en el Córdoba Patrimonio de la Humanidad.

Comienzos dentro de una brillante generación

A lo largo de su trayectoria, Pakito vistió las elásticas de cuatro clubes esenciales en la historia, más o menos reciente, del fútbol sala cordobés. Una circunstancia que le llevó además a conocer experiencias de todo tipo. Su origen en la pista tuvo lugar en el Adecor. “Empezó, sobre todo, por la relación con amigos. Jugábamos en el Séneca. Bebé (Rafael García) era mi vecino y con Javi Sánchez tenía mucha relación. Al final acabamos en el fútbol sala”, explica acerca de sus inicios deportivos. “Había un grupo muy bueno, íbamos a campeonatos de España, y eso hizo llevarme más al fútbol sala que al fútbol, que estuve varios años compaginándolos”, añade. Así, tras golpear un balón desde la categoría benjamín pasó a patear otro muy distinto, ya como infantil. Lo cierto es que la fase formativa la disfrutó como parte de una de las generaciones más brillantes de la modalidad en Córdoba.

“En cadete, fui de los que quedamos campeones de Copa, Liga, Andalucía y España”, recuerda de su etapa en el Adecor. Aquel club era escuela de talentos como los ya mencionados, como Rafael García Bebé o Javi Sánchez. Ninguno de ellos requiere la más mínima presentación, sobre todo el primero, que acumula años en la considerada mejor liga del mundo, rango de internacional con España y títulos de toda índole. “Ese año, además, fui con la selección andaluza, junto con Bebé, y fuimos campeones de España ante la potente Calatuña de Dídac, Sepe y todos los que hoy están en activo en Primera”, rescata Pakito de su memoria. “Luego, también en juveniles con David Díaz, que teníamos ahí a Dani Rodríguez… El equipo era un gran grupo y hubo una selección de Córdoba en la que estaban jugadores de Bobinados o Salesianos y que competía a nivel andaluz y español”, concluye en este sentido. Con sus palabras, el ex jugador permite pensar en los años en que el fútbol sala tenía una gran importancia en la base y se disputaba en los colegios, nada de parqué y demás. Un día tocaba jugar en Los Califas, otro en Juan de Mena… Desde la humildad se forjaron figuras de peso específico y éxitos de difícil parangón. Por si fuera poco, aquellos chavales tuvieron la oportunidad de vivir muy de cerca, desde dentro en realidad, el sueño del ascenso a la máxima competición -entonces División de Honor- del ya extinto Grupo Pinar.

Curiosamente, Pakito tomó la venganza de su mano, por decirlo de algún modo, unos años después. Del niño que sufrió sendas decepciones en dos promociones seguidas al hombre que festejó la victoria en otra. “Me traía muchos recuerdos de esa fase de ascenso porque en Grupo Pinar casualmente estaba de recogepelotas. Jugaba Thiago y yo estaba de recogepelotas, luego coincidimos como jugadores”, señala con cierta emoción al relacionar el salto a Primera del Córdoba Patrimonio de la Humanidad con los dos intentos del equipo sénior del Adecor. “Aquellos recuerdos afloraban. Fue tan rápido, que no estábamos preparados para ello. Sólo el grande de Cordero, que era el que tenía más esperanza y nos decía: como nos metamos, subimos”, narra sobre lo que supuso devolver a la ciudad a la elite después de más de tres décadas. Fue muy bonito pero todo muy rápido. Echas una mirada atrás y es cuando recuerdas, porque no en ese momento no eres consciente de lo que has conseguido”, prosigue.

A la cima desde el sacrificio

Con todo, antes de sellar uno de los éxitos más relevantes de la historia reciente del deporte cordobés, Pakito se curtió durante años con otros retos. Primero, con su paso por el Aquasierra Villafranca, una de las entidades de la provincia que en otro tiempo alcanzó la máxima categoría, y después con el inicio de su más amplio periplo en un conjunto. En 2009 recaló en el Bujalance, que estaba a punto de vivir su declive tras un período inolvidable. “Creo que allí fue donde me curtí como jugador sénior. Llegué muy joven. En el Aquasierra era mi último año de juvenil aunque jugaba con sénior, pero en Bujalance fue mi primer año en Segunda, con Dani Rodríguez (entrenador). Él me enseñó bastante, ya me tenía en época de cadete”, expone el ex futbolista. “Ahí empezó una etapa muy buena para mí. Me formé en el club, al que siento mucho. Me siento un bujalanceño más y guardo grandes recuerdos”, recalca. El caso es que en ese momento arrancó y continuó con sus estudios universitarios.

Porque para Pakito lo único imprescindible desde su infancia era alcanzar otra meta: convertirse en profesor. Comenzó Magisterio, en su especialidad de Educación Física, y hubo de aprender a compaginar vida académica con práctica deportiva a alto nivel. “Tenías que salir de la Universidad y aquel año entrenábamos cuatro días, más el de competición. Pero en la etapa universitaria se puede con todo. Es verdad que otros compañeros tenían más tiempo para el ocio y tú no, porque tenías que ocupar muchas noches estudiando o en viajes, llevarte los libros. Pero era algo gratificante”, indica de aquellos años, con la mirada sobre todo durante la presencia todavía del Bujalance en lo que entonces era División de Plata. “Eras joven y se hacía llevadero. Más costoso se hace cuando ya tienes varios trabajos, una escuela, ir a un centro de mayores para la gimnasia de mantenimiento y luego acabar con el entrenamiento”, continúa. Y así, el ahora profesor en el Colegio Nuestra Señora de las Mercedes (Mercedarias) tuvo una juventud de “poca fiesta”.

Si bien es verdad que tampoco necesitara otro divertimento más mundano, por decirlo de alguna forma. “De jueves universitarios y eso, poco. Tampoco es que lo necesitara mucho. Me gustaba más la competición y las vivencias con los equipos que la vida de Universidad como otros compañeros la tenían”, asevera. De esta forma, fue capaz de realizarse por completo al jugar a cierto nivel y a la vez progresar en su formación, que además era su futuro. De vuelta a la pista, en Bujalance fue feliz pese a padecer en determinados instantes. “Es verdad que venía de derrocharse una gran cantidad de dinero, apostar por mucho jugador brasileño, extranjero. La crisis hizo efecto y fueron plantillas cada vez más ajustadas, con más problemas, para acabar con una plantilla totalmente local, o entre Jaén y Córdoba”, comenta Pakito acerca de la fase de declive del cuadro rojillo tras los años de vino y rosas en División de Plata. “Ese sufrimiento lo recuerdo como algo muy bueno para mí. Fui el capitán, que me dieron la oportunidad, y sentía que tenía que tirar del grupo para arriba. Es algo que me hizo, como jugador y como persona, estar continuamente levantándome”, asegura, no obstante. “Siempre seré de ese equipo y sus alegrías serán las mías”, recalca el cordobés.

Tan importante es la relación que mantiene el ex futbolista con el club del José Pérez Pozuelo, más conocido como Pepe Montalbán, que incluso le dolió en 2019 decir no a la posibilidad de regresar. “Lo más difícil que se me ha hecho para la no vuelta es con la llamada de Pepe (José Romero) y el actual entrenador, Fermín (Hidalgo), cuando decidí que lo dejaba”, confiesa. Después, ya en 2020, festejó como uno más el retorno de la entidad a Segunda B. “El ascenso lo celebré en la playa. Estaba con Cristóbal (Gracia) y Cordero, y yo con mi tablet me fui a ver el partido. Se reían y decían: este tío sufre más estando fuera que dentro”, relata con una sonrisa. Por todo ello, no es extraño que en toda su trayectoria “el peor momento fue el descenso a Tercera”. Ocurrió justo antes de firmar con el Córdoba Patrimonio de la Humanidad -entonces aún con otra denominación-, ya en verano de 2017, un cambio de aires que, sin embargo, no fue sencillo. Lo cierto es que, tras conversaciones primero con el mandatario del Bujalance y después con la dirección blanquiverde, apostó por “este bonito proyecto que iba a terminar, inimaginablemente, tan bien con ese ascenso”.

De la gloria en la pista a la felicidad en las aulas

Su fichaje por el club impulsado y presidido por José García Román le reportó quizá la mayor satisfacción de su carrera deportiva. Sin el quizá más bien. “El mejor momento, sin duda, es ese ascenso en Mengíbar. Miré al cielo acordándome de mi abuela, que no estaba aquí y seguro que hubiese sido un orgullo para ella verlo”, asevera no sin el reflejo de la emoción contenida en el rostro. Del play off que deparó el histórico salto del Córdoba Patrimonio de la Humanidad a Primera recuerda la fortaleza anímica de la plantilla comandada por Miguel Ángel Martínez Maca. “Creo que nuestra mente podía con todo. Incluso perdiendo con el Betis fuimos allí pensando que podíamos. Con todo en contra, conseguimos el primer punto de la eliminatoria y el domingo nos trajimos la victoria”, rememora. Después, ante el conjunto jiennense la idea era “reventar en Vista Alegre y allí traerlo a la primera, para no alargar al domingo”. En cierto modo, cree el ex jugador que se hizo justicia con el proyecto del Grupo Pinar.

Después de la fiesta, sin embargo, no tuvo ocasión de disfrutar en la elite. Un hecho que asume con absoluta normalidad. “Fue un palo pero, como todo en esta vida, unos llegan y otros se van. Cuando yo llegué también otros tuvieron que irse, así es el deporte”, señala. Pero esta decepción fue efímera al tener por delante el futuro al que realmente aspiraba desde pequeño. “Por fortuna mía, lo hubiese tenido que dejar. Por lo que he luchado siempre es por ser maestro, y tenía la oportunidad de empezar en el colegio en el que estoy actualmente”, arguye para concluir que “se hizo mucho menos dolorosa esa no participación en Primera”. En cuestión de meses, la vida de Francisco Solís cambió definitivamente gracias a la escuela Nuestra Señora de las Mercedes (Mercedarias), donde continúa como educador. “Lo tenía muy claro desde chico. Me gustaba mucho la profesión y siempre me han gustado los niños. En el Córdoba es de lo que más orgulloso me sentía, cuando bajaban y me pedían un autógrafo. Y me quedaba flipado porque necesitaba yo más su presencia que ellos la mía”, indica.

Claro está que del fútbol sala guarda gratas experiencias. “A mí me ha dado muchos conocidos que después se convierten en amigos. Los resultados se olvidan”, dice en este sentido. Además, Pakito mantiene el vínculo con la disciplina a través del Adecor, el club de su infancia y adolescencia. Con todo, el ex futbolista vive centrado ya desde 2019 en su profesión, que entiende es más compleja que el deporte de elite o cierto nivel. “Como jugador, tú lo das todo, te pones la camiseta, acaba el partido y ya. Pero hoy en día Magisterio engloba mucho. Ahora tienes que estar atento a la diversidad, ser muy cercano con los padres, utilizar las plataformas. Esa evolución es buena porque anclarnos en el pasado, en que todos aprendían del mismo modo, no era lo correcto. Es más difícil pero también muy gratificante”, explica. Lo mejor, sin duda, es el cumplimiento de su sueño, que también le concede la ocasión de transmitir valores adquiridos en la práctica deportiva.

En clase, Pakito insiste a sus alumnos y alumnas en la idea de la voluntad, del trabajo. “El esfuerzo en el deporte es innegociable porque el talento lo tienen muy pocos, y además talento sin esfuerzo no lleva a ningún lado. En la vida es igual. Con esfuerzo se consiguen muchas más cosas y es algo que te enseña el deporte”, subraya. “En el día a día, y además yo doy la asignatura de Educación Física, les hago ver que el compañerismo es clave. La competición es buena, pero que sea sana”, continúa sobre sus enseñanzas relacionadas con lo aprendido en su aventura como jugador de fútbol sala. En definitiva, el ahora profesor aconseja a los pequeños y adolescentes que “disfruten el momento porque en todo en la vida hay que disfrutar el momento, que del pasado no se vive”. También recomienda “que sean naturales, ya que creo que vivir con la mayor humildad posible es la mejor manera”.

Publicado el
3 de febrero de 2021 - 05:30 h
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