Caramelos, goles y felicidad… y al frío que le den

Un padre abriga a su hijo en la grada del Arcángel FOTO: MADERO CUBERO
El Córdoba regala a su afición un triunfo, del que participa Arturo y que no borra la sonrisa de los hermanos onubenses, en una tarde que sólo pueden enfrentar los valientes

Frío no, lo siguiente. El día se presenta desapacible, como uno de esos que sólo son capaces de resistir en el mundo exterior los valientes. El día es malo. También llueve. Abandonar el calor del hogar es una aventura y encima hay televisión de por medio. Pero el Córdoba juega en su templo y no puede estar solo. Quizá son menos de los que gustaría ver. Probablemente otros muchos no gustan del riesgo. ¿Terminar helado y mojado? Va a ser que no. Es lo de menos, pues El Arcángel abre nuevamente sus puertas. Espera impaciente, como si vida propia tuviera y ajena necesitara. En él se dan cita, poco a poco, los fieles que temor no tienen por la batalla que presenta una tarde en que, además, toca recibir a unos hermanos. No es el momento apropiado ni las circunstancias más deseadas. El equipo de Villa necesita el triunfo y el viento, con la compañía antes del encuentro del agua, es desagradable, mala gente. No como los aficionados del Recreativo, que ya entrados en las ocho se mantienen en su lugar en las gradas y corean el nombre de la ciudad que les acoge.

No me pierdo, no. Hablo del frío, de la lluvia y de los aventureros que se cruzan una ciudad atascada y un terreno de arenas movedizas -a esto último lo llaman El Arenal- para acompañar a unos señores que visten de blanco y verde. El partido no es gran cosa, la verdad. Juego a ráfagas, como las del aire canalla que no avisa y destempla, pero algo más vistoso que en las últimas citas. En las gradas, cada uno va con el suyo sin molestar al de al lado. Es lo que tiene el fútbol, que sirve para hacer amigos. No tiene otra razón de ser, además de saborear cada triunfo. Es necesario un poco de calor. Ahí viene Xisco. ¿Una mano de por medio? Puede ser, pero el balón está dentro y ya la bufanda sobra durante unos segundos en que se salta y se ríe. No se olvida de qué manera se debe festejar el gol, ese dulce que da sentido a este deporte. Que le den viento fresco al día, nunca mejor dicho. La felicidad hace acto de presencia en El Arcángel. Pero hay que rematar.

Pasada la celebración, vuelta a la bufanda. Y al gorro de lana. Falta quizá la manta. En el descanso, la sonrisa la ponen, al menos para los más pequeños, tres señores que dicen vienen de Oriente. Llegan con antelación, pero buena falta hace también la pizca de ilusión que aportan a la muchachada. Tanto como a los padres al ver a sus hijos. Los Reyes Magos, con bufanda blanquiverde en su atuendo, lanzan caramelos a las gradas. Siempre vienen bien, aunque saben mucho mejor si después aparece un tal Arturo. ¿Quién es ése? Un delantero que viene de La Roda. Es sobrino de un escritor de renombre. Sí, de aquél que tiene entre sus obras las andanzas de un tal Alatriste. Pues no tiene espada, ni en su rostro hay pena. A cambio, sabe dónde ha de estar y… Se estrena. Lo hace doblemente. Debuta con la camiseta del Córdoba y encima, ojo, marca el segundo gol de un equipo que vuelve a disfrutar. Otra vez la bufanda fuera. Jolgorio. Y los hermanos, que esta vez no nos ven cara de primo, no decaen en su ánimo. Están entre los suyos, en compañía de la familia. Quizá lejana, pero familia.

Al frío que le den. La afición blanquiverde se divierte. El equipo se gusta y mira la meta rival. Y eso que entra Fran Cruz por Carlos Caballero. Devuélveme la bufanda, le dice uno a otro. Supongo. El viento es mala gente, lo recuerdo. La aventura parece que va a terminar bien. Así es. Ya nadie habla de Sureda Cuenca. Con la solapa del abrigo levantada, un puñado de caramelos en el bolsillo y el sabor de los goles, se marchan poco a poco los valientes. En un mundo de albero encharcado. Nadie recuerda en ese momento los gestos de Xisco para celebrar su gol. Mañana puede ser momento para eso. Ahora, cuando el hogar espera y se desea una taza de caldo, no importan los detalles que disgustan. Para qué cambiar la cara cuando se regresa a la felicidad. Y que sea por mucho tiempo.

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