Paseando por el subsuelo de Córdoba

Un equipo de Cordópolis realiza la ruta Córdoba Subterránea que explica Córdoba y sus raíces desde el profundo interior| El resultado: piedra, agua y rosas

Córdoba Subterránea

“Diríase que Córdoba es un rosal que tiene al viento la sórdida raíz y da sus rosas bajo tierra” escribía Ortega y Gasset en 1930 en El espectador VII. La lúcida metáfora sobre las actitudes que encierra esta ciudad, bien podría extrapolarse a la riqueza geológica y arqueológica de nuestro subsuelo. Esa luz se encendió entre el equipo de Érase una vez Córdoba, una empresa que ofrece interpretación del patrimonio a través de actividades “histórico-sugerentes” desde hace casi tres años. Una de esas rutas lleva por nombre 'Córdoba Subterránea' y a ella nos enrolamos una soleada mañana de domingo.

Esther Moreno es la guía de esta ruta a pie que comienza en el punto de información turística frente al Alcázar. Arqueóloga especializada en el mundo funerario romano, Esther da buena muestra a lo largo del recorrido de poseer una profunda documentación sobre cada yacimiento a través de testimonios directos de quienes los excavaron. Unos baños califales más una calzada con sus cloacas, dos tumbas y los restos de un teatro, estos tres últimos romanos, forman parte de una ruta subterránea que curiosamente comienza al revés: va del mundo andalusí hasta vestigios de la Colonia Patricia de Corduba. En este paseo el agua es tan protagonista como las piedras.

Los baños del califa y de los almohades

Los baños califales del antiguo Alcázar Omeya, hoy situados en el subsuelo del Campo de los Santos Mártires, son la primera parada y nos hacen tomar consciencia de cómo ha subido la cota de la ciudad. En su interior, el visitante puede ver con claridad los grandes pilares de las casas contemporáneas. Aunque alejándose de ello y activando la imaginación, uno es capaz de oler a té y a incienso, al perfume de los masajes, al tinte de pelo que usaba el primer califa, que era pelirrojo, y hasta sentir el vaho de esos baños de vapor que poseían un sentido religioso.

Abd al Rahman III inició la construcción de estos baños en el siglo X. Eran privados, para el califa y su entorno, muy lujosos y en cuyos espacios se filtraban luces de colores a través de los lucernarios, gracias a lo que hoy se conoce como discos de Newton, consistente en un círculo con sectores pintados en colores. En la reconstrucción de los baños se aprecia el hueco de la caldera, las letrinas, tuberías, piletas y chimeneas. También el enyesado de las paredes, el rojo almagra y los restos de la decoración de un árbol de la vida en un arco de herradura. En algunas de sus salas no todo fue calma y placer, si no que tuvieron lugar trágicos acontecimientos como el asesinato del califa de origen marroquí Ali Ibn Hammud o la captura y ejecución del califa Abd al Rahman V, dos de los episodios de la historia andalusí de nuestra ciudad.

Estos primeros baños tuvieron una ampliación a final del siglo X en la que se construyó una zona ajardinada que daba acceso a una amplia zona porticada, que fue usada como espacio de representación que hasta el siglo XIV, ya por los reyes cristianos. En esta zona musealizada hoy se puede contemplar una maqueta del antiguo alcázar califal, cuya fachada principal es hoy el Palacio Episcopal, en la que el visitante puede hacerse una buena idea de la estructura y la dimensión de esta construcción civil. En la maqueta aparece hasta el sabat o pasadizo elevado que conectaba la Mezquita con el Alcázar Omeya de Córdoba.

La tercera fase de construcción de estos baños fue posterior, del siglo XII, en época almohade. La dimensión de las salas y las bóvedas más bajas dan buena información de que aquellos baños fueron más austeros. En su sala fría quedan restos de los “azulejos más antiguos andalusíes que se conservan”, según el arqueólogo director de la excavación de estos baños, Pedro Marfil. Se trata de un dibujo geométrico verde y blanco, los colores del pueblo musulmán y de la dinastía omeya, respectivamente.

Una calle de un barrio romano extramuros

En la calle Secretario Carretero número 11, en Ciudad Jardín, una de las calles que bordea al actual Rectorado de la UCO que guarda en su subsuelo los restos del mayor anfiteatro del imperio romano tras el Coliseo y el de Cartago, además de multitud de tumbas de gladiadores en sus aledaños, aguarda la segunda visita de la ruta. En el sótano de un moderno edificio privado de viviendas se encuentran los restos de una calzada romana que mide 15 metros que se completa con las estructuras de todo lo que ocurría bajo ella entonces. Se trataba de una de las calles del barrio que nació al calor del anfiteatro en la Colonia Patricia, cuyo objetivo era dar servicios a este espacio lúdico que se encontraba extramuros de la ciudad. Una zona de campo, calzadas, cloacas y espacios funerarios.

El espectador puede pisar parte de aquella calzada cordobesa de hace 2.000 años, que tenía el ancho suficiente para los carruajes y que poseía un sistema de alcantarillado, tal y como aparecen en las calles de Pompeia y Herculano en Nápoles. Los cimientos que arrancan de esta antigua calle pertenecen a pórticos, casas, tabernas y muros de aquel barrio. Las aguas del alcantarillado bajaban hacia el cercano Arroyo del Moro (bajo el actual Paseo de la Victoria) y el visitante puede comprobar la fábrica de las antiguas canalizaciones, las cubiertas planas de éstas, excepto si eran para edificos públicos, que iban a dos aguas, y en algunas piedras puede verse hasta la marca del cantero.

Los restos excavados de estas impresionantes cloacas romanas se encuentran bien conservados y musealizados. Su importancia se halla en que se conserva una sección con tres tipos de cloacas que explican lo avanzado de la ingeniería hidráulica romana. Aquí se recogían las aguas procedentes del anfiteatro de la Córdoba romana.

El hallazgo de un antiguo brocal de pozo musulmán entre los restos arqueológicos dio fe de cómo se siguieron utilizando estas infraestructuras en épocas posteriores y de la eterna superposición arqueológica del subsuelo cordobés. El hallazgo de dos calles más pequeñas junto a la calzada que se conserva llevó a la hipótesis del barrio construido junto al anfiteatro romano de Corduba.

Monumentos funerarios a la entrada de Corduba desde Hispalis

La tercera cita de la ruta nos sitúa en los monumentos funerarios de la actual Puerta Gallegos. En el mundo romano tenía suma importancia el hecho de ser recordado tras la muerte y la situación de estos monumentos a la entrada de la ciudad hablaban de la importancia de quien allí estaba enterrado. Se trató de un caballero, enterrado junto a su familia, ésta en el segundo monumento reconstruido en forma de media luna y con un museo en su interior. Ambos respetaron en su día la construcción del enterramiento anterior.

Sit tibi terra levis (que la tierra te sea leve) es la cita más repetida en los cármenes o inscripciones funerarias que guarda el museo del segundo mausoleo. El principal se reconstruyó con los pocos restos encontrados recreando la construcción de mármol y piedra de mina con cornisa de los mausoleos circulares de la época (siglo I D.C.). La cremación se mantuvo como rito predominante  hasta finales del siglo III D.C. en que comienza a imponerse la inhumación.

En el museo con forma de media luna -o medio mausoleo-  se encuentra interesante información sobre funus cordobensium, la legislación funeraria, el concepto de la muerte en Roma o la recreación mediante dibujo de la calzada romana a la que flanqueaban estas dos tumbas y todo lo que las rodeaba con el anfiteatro al fondo. Lo más emocionante son las transcripciones de las inscripciones funerarias, algunas muy poéticas (“ si alguien se detuviera ante esta inscripción, de mi nombre...”), provenientes de padres desconsolados, maridos o esposas hablando de sus seres queridos “por designio funesto arrebatados”.

El lago de las Tendillas y la Casa del Agua

El legendario lago de la plaza de las Tendillas, que tan pocos han visto y que no es visitable, tiene una mención en el paseo desde la Puerta de Gallegos hasta el Museo Arqueológico. El subsuelo de la ciudad también es un laberinto de aguas subterráneas que bajan de la sierra hasta el río. Unos acuíferos que ya fueron canalizados por los romanos y gracias a lo que hoy existen casas antiguas en el centro de la ciudad con acceso a estos manantiales.

En la calle Juan de Mena número 3 ya había una casa en tiempos de Góngora (XVII) conocida como Casa del Agua. Según las fuentes, había sido utilizada como manantial tanto en tiempos de los árabes como en los primeros siglos de la reconquista, y poseía una entrada construida en tiempos de los romanos que daba a un pequeño lago de aguas semitransparentes. Algunos consideran que este lago se trata de un aljibe de origen ibérico o romano, mientras otros lo relacionan con el presunto lago de las Tendillas.

En la bajada por la cuesta Pero Mato a nuestro siguiente destino, los restos del teatro romano de Corduba en el Museo Arqueológico, la guía explica como ese desnivel natural del terreno se utilizó para construir antiguas plazas que iban distribuyendo al público en el teatro desde arriba y hasta abajo. Algo que claramente se puede contemplar en la maqueta de su fachada que guarda el Arqueológico.

Un teatro sobre el agua

Los cimientos y parte de la cavea (el graderío) del teatro romano de Corduba, del siglo I D.C., se encuentran bajo el Museo Arqueológico de la ciudad. Llegaban hasta donde hoy se dispone la plaza de Jerónimo Páez y en la fachada frente al museo se encontraba el frente escénico. Bajo todo ello existen aún bolsas de agua a cinco metros de profundidad, depósitos de los veneros que bajan hacia el río y que descubrieron los geólogos durante la excavación del teatro. Algo que el visitante comprueba en los restos siempre húmedos, por un suelo que rezuma agua, que ocupan la parte más baja del sótano del museo.

A nuestra guía por el subsuelo le apena que el teatro no haya llegado a nuestros días, por culpa de un terremoto en el siglo III y, sobre todo, a causa del expolio. Pero ve el vaso medio lleno gracias a la conservación de sus cimientos, que permiten analizar las entrañas de las construcciones romanas. Entre los restos vemos escaleras de acceso a pasillos, restos de bóvedas, decoración y hasta del mármol para sentarse o las canalizaciones para encauzar las aguas que bajaban.

Casualmente uno de los arqueólogos que excavaron este yacimiento, Antonio Monterroso, se encuentra esa mañana en el museo y ofrece explicaciones privilegiadas sobre aquél dificultoso trabajo, complicado por las aguas subterráneas. “Había lugares en los que pinchabas y el agua salía como si fuera un géiser”, explica el arqueólogo sobre una excavación en la que también aparecieron cimentaciones de casas almohades, restos de una zona de huertas y hasta una pequeña alberca.

Tras casi tres horas de ruta la visita bajo tierra finaliza. La huella que deja en el visitante es la de la vida y la muerte. Lo lúdico y lo urbano. Nuestras raíces y nuestra historia. Todo está en el subsuelo de Córdoba. Un lugar con el agua suficiente para que florezcan las rosas de las que hablaba Ortega.

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