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Las actuaciones de Dani Hernández y Olga Pericet en el Día Internacional de la Danza

Juan Velasco

30 de abril de 2026 19:58 h

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El pasado sábado, mientras ponía música en el cierre del DID 26 que organiza el Centro Coreográfico La Normal de Córdoba, pensaba en la locura que era que estuviera haciendo bailar a tres premios nacionales de danza en un mismo espacio. Y, de paso, en lo poco contado/valorado que está que haya una generación de coreógrafos criados en las academias y conservatorios de la ciudad que haya explotado a nivel internacional.

En concreto, los tres que estaban allí eran Antonio Ruz, Olga Pericet y Rafael Estévez —porque Valeriano Paños, con quien comparte compañía, estaba indispuesto—. Verlos coincidir a todos ellos en Córdoba era, lógicamente, una preciosa rareza: trayectorias que normalmente transitan escenarios internacionales, reunidas en un mismo espacio local, bailando felices música electrónica mezclada con flamenco, y, sorprendentemente, con poca o nula presencia institucional agasajándolos.

También era casi como si el mapa se plegara sobre sí mismo. Antonio Ruz, el culpable de aquello, contaba poco antes la suerte que tenía de poder organizar algo así en su ciudad, y hacerlo con los alumnos del mismo conservatorio que lo convirtió en lo que es hoy. A él y unos pocos más. 

Porque hay algo de anomalía estadística en el hecho de que Córdoba se haya convertido en una especie de potencia coreográfica creativa. Al menos e indiscutiblemente en la última década: cuando uno repasa con calma los últimos diez años de ganadores del Premio Nacional de Danza, aparecen Antonio Ruz, Valeriano Paños, Olga Pericet o Sol León. 

Los números no mienten, decían en La vida de Chuck -una película en la que bailar ocupa un espacio central-. Y ahí están: el 20% de los ganadores del Premio Nacional de Danza de la última década son cordobeses. No puede ser un fenómeno espontáneo. De hecho, no lo es. 

Tiene raíces muy concretas en una generación formada entre los ochenta y principios de los noventa en academias históricas de la ciudad -como las de Matilde Coral o Concha Calero-, en el Conservatorio Profesional de Danza “Luis del Río”, estimulados por maestros locales del flamenco y la danza española como Javier Latorre o Araleo Moyano, capaces de cruzar la técnica clásica, la escuela bolera y el flamenco. De ahí sale una forma de entender el cuerpo y la creación que luego ha encontrado encaje en circuitos nacionales e internacionales.

No se puede decir que estos cuatro artistas cordobeses no hayan actuado en Córdoba (aunque a Sol León es más difícil verla), pero no creo que nos equivoquemos si decimos que el reconocimiento les ha llegado antes de fuera que en la ciudad que los hizo bailarines. Por eso, el otro día casi le mandaba un Whatsapp con un “Sé fuerte, Antonio” al director de La Normal: porque lo que debería ser un proyecto capital para la ciudad, no está encontrando la fluidez que hace falta por parte de las autoridades municipales

Dos años después de aterrizar, La Normal sigue sin estar ubicada en el espacio en el que se proyectó. Antonio, a pesar de ello, el sábado pasado bailaba y sonreía. Seguramente, no echaba de menos a nadie, pues estaba rodeado de quien necesitaba en ese momento: veteranos y jóvenes intérpretes. Era la viva imagen de esa idea Waltwhitmaniana de que cada uno de nosotros “contenemos multitudes”.

Aunque algunos proponemos un eslógan: Córdoba no es solo un lugar del que salen artistas, sino un lugar que los produce sistemáticamente. Asumamos que, si queremos que generaciones como esa se repitan, conviene replicar la misma estructura que favoreció su germen.

En loop

Llevo varios días enganchadísimo al nuevo disco de Colleen —la compositora francesa Cécile Schott—, Libres antes del final, es una obra bastante exigente pero también muy viva por parte de una compositora que parte de un hecho personal para construir su último trabajo: volver a aprender a nadar después de haber pasado años alejada del agua por miedo. 

Schott, que vive en Barcelona, tiene discos que ya me gustaban mucho, especialmente Captain of none, que directamente me vuelve loco. Su instrumento es la viola de gamba, pero aquí, sin embargo, pone toda su creatividad en manos del sintetizado Moog Matriarch, del que extrae un enorme flujo de humanidad y delicadeza. Es el segundo disco acuático que recomendamos este año por aquí tras el de Laurel Halo, pero no podían ser más distintos y complementarios.

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