BOLETÍN | Date cuenta
Técnica y tradicionalmente, en dos meses justos sería la fecha de inicio de la temporada de cines de verano en Córdoba.
Así solía ser cuando ello dependía de Martín Cañuelo, el profesional de la exhibición cinematográfica que dirigió estos espacios en Córdoba durante décadas e hizo de ellos algo único en toda España: un negocio privado reconvertido en una actividad que los vecinos sentían como un derecho ciudadano.
Sin hacer mucho ruido, programando con criterio, con el apoyo de sus vecinos, Martín logró mantener vivo durante décadas un negocio, el de exhibir películas en pantalla grande, que, para cuando murió, hace ya tres años, llevaba muchísimo tiempo en crisis.
Quedan, por tanto dos meses, para que llegue la última semana de junio y, a día de hoy, solo sabemos que uno de los dos empresarios que gestionan los cines (el que viene de la hostelería, el que no pudo convertirlos en parking) considera que las nuevas subvenciones anunciadas por el Ayuntamiento son “un parche” y no cambian lo que él realmente anhela: un cambio de licencia para poder abrir estos espacios todo el año para otro tipo de actividades (él lo llama “uso mixto”, un eufemismo de reconvertir el Delicias en parque con bar-restaurante y el Fuenseca en un museo-restaurante).
Lo sabemos, además, porque lo dice casi semanalmente en los medios de comunicación de la ciudad -aunque no en el nuestro, pues nosotros emosido cancelados-. Y porque, en esa especie de diálogo cyranesco, desde el Ayuntamiento le han venido respondiendo puntualmente con declaraciones igualmente vacías de contenido (la realidad es que, todavía hoy, sigue sin existir ese nuevo plan de subvenciones que la concejala de Cultura anunció por primera vez en un Pleno en septiembre de 2025).
Pero lo más gracioso de todo esto es que hay otro cine de verano, gestionado por un profesional de la exhibición cinematográfica, un hombre que no da ruido en los titulares, que no ha recibido un solo euro en dos años de trabajo, y al que el Ayuntamiento le ha dedicado un total de cero reuniones y titulares directos. Para ser justos, el Ayuntamiento y la oposición, que al parecer, también prefiere las jugosas amenazas del empresario hostelero propietario de los cines Delicias y Fuenseca, que las cabales palabras del empresario cinematográfico que gestiona el Coliseo.
Que haya un trato diferente por parte de una administración pública hacia dos personas que se dedican al mismo negocio suele ser algo complejo de asumir. Pero que lo haya cuando una de esas dos, concretamente la más favorecida históricamente, vive permanentemente en la crítica y el lloriqueo, recuerda a esas relaciones sociales que, gracias en buena medida al feminismo, hemos aprendido a identificar como tóxicas.
Así que: ¡Date cuenta, amiga! Empieza a prestar atención a quien sabe llevar cines y es posible que así los cines de verano vuelvan a abrir. Siempre que sea eso lo que se quiere, claro.
La Normal frente a lo habitual
En los últimos dos años se ha dado una curiosa carambola cultural que ha terminado redefiniendo el calendario: el hueco simbólico que durante años ocupó el Día del Libro ha sido colonizado, casi sin querer, por el Día de la Danza. No porque falten libros, sino porque la Feria del Libro de Córdoba decidió mudarse definitivamente al otoño, dejando abril libre para que otro lenguaje —el del cuerpo— haya tomado la palabra.
Este año lo hace con fuerza: Del 23 al 25 de abril, la ciudad acoge ‘DID26 | La Normal’, una cita que no solo celebra la danza, sino que la expande por plazas, patios y monumentos. Bajo la dirección de Antonio Ruz, el festival convierte espacios como el Templo Romano de Córdoba o el Palacio de Viana en escenarios vivos, abiertos y gratuitos. Es, en cierto modo, una apropiación poética del espacio urbano.
El cartel no es menor: cuatro Premios Nacionales de Danza reunidos en un mismo programa, algo poco habitual incluso en grandes capitales. Nombres como Olga Pericet, Estévez-Paños o Melania Olcina trazan un recorrido que va del flamenco a la performance contemporánea, con piezas breves, intensas y pensadas para dialogar con el entorno. La ciudad se recorre, literalmente, a través del movimiento.
Mientras tanto, el libro ha encontrado su nuevo momento. El traslado otoñal del año pasado se repetirá este año también, dada la alegría con la que se acogió —incluido ese guiño al pastel cordobés en torno a San Rafael—.
Así que, sin quererlo, Córdoba ha reordenado su calendario cultural: en primavera se baila, en otoño se lee. Y en medio, una evidencia interesante: las ciudades no siempre planifican sus relatos, a veces simplemente ocurren. Y cuando ocurren bien, pues se celebra.
0