BOLETÍN | Verano del verano
El alcalde de Córdoba dijo hace unos días que su gobierno había cambiado algo que es tan cordobés como un tabernero rancio: en verano ya sí que pasan cosas en la ciudad.
Lo dijo en la presentación de la programación del Califas Fest, el festival que organiza una promotora malagueña durante todo el año en la plaza de toros de Córdoba. Lo dijo sin darse la vuelta, sin mirar a su espalda, donde una pantalla reflejaba una programación que, paradójicamente (y técnicamente) solo mostraba dos espectáculos este mismo verano en la plaza de toros (Sidecars, 19 de junio y Los Morancos, el 27).
Eso era todo. No había ningún otro evento programado. Ni en julio ni agosto. Y lo dijo en referencia (aunque sin nombrarlo) a otro festival privado, el Córdoba Live, que se celebra en El Arenal y que, ese al menos, alarga su actividad hasta mediados de julio.
Así que las dos preguntas clave aquí son:
- ¿Había actividad en junio y julio en la ciudad antes de la llegada de Bellido?
- ¿El verano en Córdoba acaba el 15 de julio?
La realidad es que, en lo básico, nada ha cambiado en estos siete años de Gobierno del PP porque, entre el 15 de julio, cuando termina el Festival de la Guitarra (que lleva ya 40 años como emblema musical estival cordobés), y el 1 de septiembre, cuando arranca el nuevo curso, la ciudad sigue sin ofrecer ningún gran plan musical o cultural que estimule la llegada de turistas, que es (eso lo dejan claro), lo que se busca desde el Ayuntamiento apoyando a festivales privados.
Y, aunque el alcalde diga que ha inventado la pólvora, conviene recordar que sus antecesores en el Ayuntamiento se inventaron hace más de 15 años un gran festival flamenco para estimular el mes de junio (La Noche Blanca), y que incluso la anterior corporación (PSOE e IU) tuvieron su misma idea: programar un segundo festival en junio para desestacionalizar mayo y abril.
Aquel festival se llamó Ríomundi y celebró dos ediciones, en 2018 y 2019. Fue la primera víctima del cambio de signo político en Capitulares. Y, todavía hoy, hay quien habla de aquella iniciativa cultural como una muerte inexplicable.
Uno puede defender que se estén haciendo cosas sin necesidad de disfrazar la realidad: el verano del verano, por mucho que se venda lo contrario, sigue siendo un solar cultural en Córdoba.
Fuga de sonidos
La semana pasada, al hilo de la entrevista que publicamos con la dj y productora cordobesa BLANKA, revisé un reportaje de hace ocho años titulado Fuga de sonidos: la música electrónica que exporta Córdoba. Temía que, con la migración que se hizo de sistema hace unos años, se hubiera perdido en las catacumbas de internet.
Pero estaba activo y accesible. Y me sorprendió gratamente ver que casi la totalidad de artistas cordobeses mencionados en aquel reportaje de hace ocho años (Cecilio, Jorge Escribano, Kursiva, Mom, Javi Redondo y Durand) siguen hoy en la brecha y exportando el sonido cordobés por el mundo.
Hasta ahí lo bonito. Lo triste es que es difícil, por no decir imposible, que algo así se repita con nuevos nombres, porque lo que tampoco ha cambiado en estos ocho años es que la ciudad sigue huérfana de un circuito de clubs estable donde, como decía entonces Cecilio, los nuevos djs “tengan artistas a los que admirar y en los que inspirarse, ya sean locales o de fuera”.
Es cierto que, en estos ocho años, dos ejercicios apenas cuentan -el 2020 y el 2021 fueron años en los que la pandemia puso patas arriba el mundo de la música electrónica-. Pero, en cualquier caso, hace ya demasiado tiempo desde que cerró Berlanga, y la reciente apertura de un espacio en la Sala Impala en el que se está programando algo del género parece insuficiente para alumbrar una nueva generación de djs como la que surgió en la ciudad a principios de siglo.
El reciente premio Enlace Funk a David DJ o la gira que acaba de hacer Bernardo Hangar por Hispanoamérica demuestran que aquella primera generación de djs cordobeses de los noventa sigue teniendo cosas que decir. A su favor jugó que entonces la ciudad era un hervidero de laboratorios sonoros. A la nueva generación, la que ha crecido con la electrónica ya aceptada como algo más que chunda chunda y que representa al sonido del presente, le costará mucho más hacerse un hueco si la ciudad sigue persiguiendo o arrinconando este tipo de propuestas.
Y ningún festival de tamaño medio de los que se celebran cada mes en la ciudad -algunos organizados por promotores locales, otros por promotores de fuera- puede maquillar la incómoda realidad de que Córdoba hace tiempo que dejó de ser parada dentro de las giras de los mejores djs de España o que venían al Sur.
Aquel tiempo murió y nada surgió de entre las cenizas.
En loop
La semana pasada, os recomendamos algo muy alegre como era el nuevo LP de Avalon Emerson. Para esta, venimos con algo mucho más contemplativo, el nuevo trabajo de Laurel Halo. Ambas son norteamericanas y comenzaron sus carreras con música mucho más enfocada a la pista. En el caso de Laurel Halo, eso sí, el giro ha sido mucho más radical, apostando por un sonido a caballo entre las nuevas formas de ambient y la instrumentación neoclásica.
Tras su magistral Atlas (2023), ahora la artista angelina ha publicado Midnight Zone, banda sonora de un documental sobre el mundo submarino, y que le ha dado la oportunidad de llevar más al abismo si cabe su propuesta. Aquí, Laurel Halo ofrece un artefacto sonoro que funciona como ensayo sensorial sobre lo desconocido y lo vulnerable; un disco exigente en el que habitar, más que para escuchar. Snorkel de sofá para una obra que arroja nuevos matices en cada escucha.
0