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4 de abril de 2026 20:01 h

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Una noche en Bruselas

Chequead a esta chica

Jeff Mills

Fue algo fortuito y no planeado. Un gesto mínimo y accidental. Jeff Mills, una de las figuras más importantes de la historia del techno se acerca a la dj que le precede en la cabina del FUSE, en Bruselas, y le pide un favor: que le deje sus auriculares para pinchar cuando tenga que sucederla al frente del club. Ella accede, sin dudarlo, y sin darle más importancia, a pesar de quién es la persona que le está pidiendo el favor.

Mills se retira, pero, a causa de algo -una intuición, un pálpito-, en vez de marcharse al camerino, se queda un rato a escuchar a esa chica de pelo y ojos negros que está construyendo una escultura de sonido a partir de tensión continua y temas que, aunque inequívocamente contemporáneos, se acoplan uno sobre otro de una manera casi artesanal. Old school. Ni Jeff Mills ni aquella chica lo saben, pero se volverán a cruzar más adelante en otras cabinas y compartirán algo más que los auriculares.

Blanka.

El barrio como punto de partida

Aquella chica era y es BLANKA (Córdoba, 1996). Es la misma que el pasado 14 de marzo pinchó cuatro horas en Berghain -la discoteca cuyo nombre ha inspirado uno de los temas más celebrados del último disco de Rosalía y que pasa por ser la catedral del techno a nivel mundial-. Unos días después de ese pequeño gran hito (no era la primera vez, pero Berghain siempre es especial para cualquier dj), atiende a Cordópolis. Lo hace desde Berlín, donde lleva unos años afincada tras pasar, en orden inverso, por Barcelona, Ibiza y Milán.

Pero antes de todo eso, la chica, que atiende por videollamada y se excusa porque anda resfriada, era sencillamente una niña del barrio de Cañero, una zona obrera residencial ubicada en la parte este de la capital cordobesa. Cuando habla de su origen, no hay épica ni voluntad de mitificación. “Mi familia es muy humilde, muy normal, muy humana”, dice la dj, productora y gestora del sello Room Trax, que arranca la entrevista hablando precisamente de su ciudad natal, en la que, paradójicamente, nunca ha pinchado.

Su infancia —cuenta— fue “bonita y corriente”, marcada por la cercanía familiar y por una libertad poco ruidosa, pero decisiva. Nadie le dijo qué estudiar, qué hacer, hacia dónde dirigirse. Esa ausencia de mandato, en lugar de convertirse en vacío, funcionó como espacio de posibilidad. “Creo que en mi personalidad sí que influye mucho cómo me han criado, la verdad. Pero Córdoba ha sido importante más a nivel cultural; no diría que tanto en lo que a la música electrónica se refiere”, reflexiona, pensando en aquella joven de barrio que, con 18 años, sin tener todavía contacto alguno con la música electrónica, se marchó a Milán.

Lo hizo sin hablar el idioma y con la intención de abrirse camino como modelo. Es, en cierto modo, un movimiento clásico —la salida, la ciudad extranjera, la precariedad inicial—, pero en su caso adquiere una dimensión formativa que va más allá de lo profesional. “Fue una experiencia muy fuerte a nivel personal. A mí me encanta la moda, me sigue encantando”, recuerda. Más que un destino, Milán fue una prueba: aprender a sostenerse, a decidir sola, a medir el riesgo.

De la pasarela a la pista de baile

La música todavía no ocupa el centro, pero empieza a filtrarse. En Milán y, sobre todo, en Ibiza —donde pasa temporadas de verano— descubre la electrónica desde el lugar más primario: la pista de baile. Allí es donde está el drop personal de BLANKA: “A mí me encanta salir a bailar y a escuchar música. En aquel momento, lo mío fue amor a primera vista con el house. Y es una música que me sigue encantando, porque yo no escucho solo techno, sería todo muy aburrido si te limitas a un único estilo”, apunta, antes de citar las que fueron sus primeras influencias: Ricardo Villalobos o Jamie Jones, djs y músicos más cercanos al un estilo híbrido entre el techno y el house, y que dominaron la escena ibicenca y berlinesa entre 2010 y la pandemia.

Más o menos por aquella época conoce a Alexis (conocido artísticamente con Angioma), con quien ha mantenido una relación personal y profesional que todavía sigue viva con el sello Room Trax, que ambos capitanean. Es con Angioma con quien se muda a Barcelona, una ciudad que también introduce un cambio de escala, puesto que es justo allí donde, en los años previos a la pandemia, aprende a pinchar, estudia producción, se familiariza con las herramientas y, sobre todo, empieza a entender la música no solo como consumo, sino como construcción de una personalidad propia.

Y todo ello, partiendo de una negación que hoy es difícil de sostener: “Yo nunca dije que quería ser dj, simplemente pasó”. Y eso pasó en Barcelona. “Allí se me abrieron un montón de puertas. Lo que pasa es que yo creo que, en España, a veces tienes que salir fuera para que te respeten”, cuenta la dj y productora, que, además de en su propio sello, ha publicado en otros del prestigio del histórico Soma Records, de Slam. Así que se muda de nuevo. Esta vez a dónde suele ir quién ambiciona hacer carrera en la música electrónica.

Berlín: año cero

El traslado a Berlín supone un nuevo desplazamiento, esta vez hacia el núcleo duro de la electrónica europea. Allí, donde el techno funciona casi como un idioma oficial, BLANKA encuentra un contexto más exigente y, al mismo tiempo, más permeable a trayectorias no convencionales. Aunque BLANKA insiste en que su camino hacia el lugar que ocupa ahora mismo depende de muchos factores que van más allá de la ecuación de talento + trabajo: “En esta industria, depende de la suerte que tengas, de a quién conozcas, de cómo te muevas. O sea, yo creo que he tenido mucha suerte al venir a Berlín y conocer a la gente que he conocido. Y en cómo me he movido, en cómo es mi personalidad. Yo creo que eso ha hecho mucho. He sabido decir que no y eso, al final, me ha reforzado”.

La traducción de esa suerte puede impresionar a quien conozca un poco el circuito: en apenas unos años ha pasado de pinchar en Barcelona por 150 euros y a hacerlo en instituciones globales como Berghain y Tresor en Berlín, Fabrik en Madrid, Elysia Basel, Radion, Bret y Lofi en Ámsterdam, KHIDI Tbilisi, Fuse Bruselas, FOLD London y el Garbicz Festival, entre muchos otros, además de grabar un Boiler Room, publicado en febrero de este año, y con el que sorprendió a propios y extraños apostando por un sonido algo diferente al que venía mostrando, aunque marcado por su principal seña de identidad: la capacidad de generar una tensión constante que atraviesa todos sus sets.

A veces, todo va tan rápido que no tienes tiempo ni para procesarlo

Esa idea de adaptación recorre todo su discurso. Para BLANKA, el dj no es un ejecutor de dogmas sonoros, sino un lector de situaciones. “No puedes pinchar lo mismo en Berghain que en un festival. Quien no se adapta, no sé, no me parece un buen dj”, afirma.

PREGUNTA. ¿Prefieres pinchar en el club o en el festival?

RESPUESTA. Me encantan las dos cosas. Me encanta un festival porque puede ser algo más alegre, divertido, más playful, como menos serio y algo como más atrevido, diría. Y me encanta porque puedes pinchar temas que jamás pincharía en un club. Porque el club puede ser algo súper íntimo, más deep, más suave, más propenso a poder contar una historia, que es algo que a mí me encanta. Y sí creo que, cuando hago eso, es cuando más me siento yo misma. Me encantan las dos cosas, la verdad. Creo que es precioso conectar con el público de forma íntima, pero también es súper divertido pinchar delante de 10.000 personas.

P. ¿Se te pasaba por la cabeza algo así cuando empezabas?

R. Nunca lo hubiese pensado. Ni pinchar en un festival así, ni pinchar en Berghain. Vamos, que me lo llegas a decir, cuando yo venía aquí de turista y parece de broma. Pero es que, a veces, es una escena en la que va tan rápido todo que no tienes tiempo ni para procesarlo. Cuando pasa una semana, veo alguna historia o video y todavía me sorprendo. No sé, es una cosa muy rara. Es un fin de semana, otro, otro y otro. Y obviamente hay mucha competencia también.

P. ¿Cómo has vivido esa explosión en tan poco tiempo?

R. Es una... O sea, siento que esta es una escena cañera. Tienes que estar ahí. O lo tomas o lo dejas. Tienes que adaptarte a cómo va este mundo o esta escena y te puedo asegurar que va rápido, y que siento que, si te quedas estancado, te quedas atrás. Así que, si de verdad quieres formar parte de ello, tienes que adaptarte a como va. Todo avanza, todo cambia en la vida, en la música, en la escena... O te adaptas o te quejas.

De Room Trax a Liquid Room: un puente intergeneracional

Tú le preguntas a gente joven quién es Jeff Mills y muchos no lo conocen

La vida de BLANKA se mueve, por tanto, a 145 beats por minuto, que es más o menos el rango de velocidad a la que pincha. Techno rápido, duro y profundo, y una forma de mezclar muy ortodoxa, casi noventera, aunque su instrumento sean los reproductores digitales y no los Technics y los vinilos. Eso es lo que le gustó a Jeff Mills cuando la vio aquella noche en el Fuse de Bruselas. Aunque la dj cordobesa no se enteró de la importancia de aquel encuentro hasta tiempo después.

Fue por esa red informal en la que se mueve la escena. Fue la propia agente de Mills quien, tiempo después, le trasladó el comentario que le había dicho el productor de Detroit aquella noche en Bruselas. “Me dijo: que sepas que esa vez, cuando tú pinchaste por primera vez con Jeff, me comentó: 'Chequea esta chica, me ha encantado todo lo que hace. Va a llegar lejos'”. Para BLANKA, ese momento no fue una consagración inmediata; casi lo acogió con extrañeza. Fue la constatación de que alguien situado en otro plano —un artista casi mítico dentro del techno— había reparado en su trabajo.

“Es verdad que no me lo podía creer”, cuenta la dj y productora sobre el que luego se ha convertido en una especie de padrino para ella, colocándola en un lugar muy interesante: un puente entre generaciones. Lo explica de la siguiente manera: “Yo tengo la suerte de que me respete gente mayor, como puede ser Jeff, y también la gente joven. Y digo suerte porque siento que hay dos escenas que me apoyan. Pero, por ejemplo, tú le preguntas a la gente joven quién es Jeff Mills y muchos no lo conocen. Porque hay mucha gente que solo conoce el hard techno o los djs grandes. Pero vaya, que con Jeff, a veces no entiendo este hombre cómo me quiere tanto”.

Tanto como para que una figura tan esquiva, reservada y exigente la haya escogido precisamente a ella para acompañarle en varias fechas de la gira de celebración del 30 aniversario de su legendario set en el club Liquid Room de Tokyo en 1995. Era un regalo envenenado y, de hecho, inicialmente BLANKA rehusó la propuesta para, finalmente, aceptar involucrarse en ella como un tremendo reto personal y profesional. “Ha sido de lo más estresante, pero también de lo que más orgullosa, me ha hecho sentir”, especifica la artista, que reconoce que, en estos años, ha tenido que empezar a convivir con una enorme presión en un entorno que ha cambiado radicalmente -y no precisamente a mejor- desde la pandemia.

Blanka 3

Redes sociales, hipersexualización y juicios constantes

BLANKA se queja de que hoy es más sencillo triunfar a partir de un vídeo en Tik Tok que teniendo un discurso trabajadísimo. Y que eso, además, tiene un reverso oscuro: la exposición en redes sociales y la necesidad de estár constantemente generando contenido. “Siento que se ha perdido un poco el interés en indagar. Ahora todo el mundo se llama a sí mismo dj, cuando esto no es una etiqueta, sino un trabajo en el que tienes que ganar desde la experiencia. Yo desde luego todavía sigo aprendiendo musicalmente, pinchando, haciendo música. Y desde luego, siento que me lo he currado para llegar a donde he llegado”, indica.

El reconocimiento que ha logrado, de hecho, no disuelve las tensiones. Al contrario, las hace más visibles. La velocidad a la que se mueve la escena electrónica contemporánea —marcada por la hiperexposición, los viajes constantes y la presión de las redes sociales— deja poco espacio para la pausa. BLANKA, que desde hace tiempo ha abrazado la sobriedad, cuenta que, en más de una ocasión, se ve obligada a borrar Instagram del móvil para poder desconectar. Pero que nunca dura demasiado, pues tiene que estar allí por temas laborales, aunque eso implique estar expuesta a juicios constantes sobre su valía.

La artista reconoce que existe una paradoja: hoy, artistas como Peggy Gou, Nina Kraviz, Helena Hauff o Avalon Emerson han logrado llegar hasta la zona más brillante de los carteles de clubs y festivales -algo que, hasta hace una década no era nada común- y, al mismo tiempo, el hate contra ellas se ha intensificado al máximo: “A las mujeres se nos juzga por todo en esta industria. Tú ves mis redes sociales y me juzgan constantemente. Y me han juzgado porque soy mona, porque visto bien... Te juzgan por todo: cómo vistes, cómo bailas, cómo tocas el vinilo, me han dicho que los temas me los hace mi novio... Me han llegado a criticar porque tenía abdominales, que ahí llegué a responderle: ¿Eso se lo dirías a un hombre?”.

¿Tienes que ser fea y vestir mal para que te respeten?

Con esos casos que ha vivido, expone la realidad que hay detrás de una etapa muy bonita, en la que muchas mujeres han llegado a lo más alto en un mundo tradicionalmente masculinizado como ha sido el de la música electrónica, pero en el que, a su juicio, la igualdad plena ni se ha alcanzado ni está cerca. Y pone como ejemplo a Nina Kraviz: “A Nina la han sexualizado y tiene muchos haters. Y es una artista increíble, con un conocimiento enorme de música, su propio sello, pincha lo que le da la gana... Y aun así la juzgan porque es guapa y sexy. ¿Qué pasa, que no puedes hacerlo todo? ¿Tienes que ser fea y vestir mal para que te respeten? ¿Por qué?”.

La pregunta se queda flotando y al final es ella la que la responde: “Al final tienes que demostrar más siendo mujer. A un hombre se le permite mucho más”.

La sesión de Google Meet lanza el aviso de que se agota el tiempo. Queda lo justo para preguntarle cómo se siente en este punto exacto de su carrera. Lo medita y responde: “Ahora, con casi 30 años, confío más en mí. Cuantos más años, más poderosa te sientes. Y es por las experiencias. No es lo mismo tener 20 años que 29. Ahora llego y digo: ”Esto soy yo“. Miro a la gente. Es la vida, las experiencias personales y musicales. Y siento que, poco a poco, estoy llegando a donde estoy. Y estoy muy agradecida. Me están pasando cosas muy bonitas, estoy conociendo gente muy bonita. Estoy muy contenta con mi carrera, pero sueño lejos. Quiero llegar lejos. Todavía no he llegado a todo lo que quiero hacer”.

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