La lenta agonía de las enseñanzas artísticas públicas en Córdoba: “Estas profesiones no se consideran rentables”
En una de las paredes de la sala de exposiciones de la Escuela de Arte y Superior Diseño Mateo Inurria de Córdoba apenas cuelgan cinco proyectos finales. Cinco trabajos. Siete alumnos. Esa cifra resume el estado actual de los estudios de Fotografía en este centro histórico, que durante años llegó a reunir promociones de más de treinta estudiantes y que hoy observa cómo sus matrículas se reducen de forma lenta mientras crecen la incertidumbre y los recortes.
“Me he visto con el problema de que había muy poquito trabajo”, explica a Cordópolis Luis Magariño, profesor de Fotografía, mientras nos pasea por la exposición de fin de curso que suele hacerse siempre en mayo con los trabajos de la promoción que abandonó el centro el curso anterior. La de este ejercicio tiene truco: para llenar la sala han tenido que completar el espacio con ejercicios de alumnos actuales, todavía en proceso. “Antes tenía dos grupos de más de quince alumnos cada uno. Una treintena por curso. Poco a poco se ha ido reduciendo hasta esto que ves”, dice mientras señala los trabajos.
La caída, asegura, comenzó tras la pandemia, pero se agravó después por las decisiones administrativas. “La pandemia hizo un estrago horroroso”, recuerda. Las restricciones en laboratorios y estudios fotográficos alejaron alumnado. Después llegaron los recortes: primero desapareció el desdoble de segundo curso; al año siguiente, el de primero. En apenas dos años, la especialidad pasó de cuatro grupos a dos.
Hoy, la situación está muy lejos de aquellas cifras. Para el próximo curso, el pasado 19 de mayo, apenas había cinco preinscripciones registradas en Fotografía. El primer plazo expiró días después.
“La educación artística no se considera rentable”
No es algo que le cueste un dolor de cabeza solo a Luis. Es un sentimiento que se percibe en entre el claustro. Y los docentes consultados coinciden en el diagnóstico: la enseñanza artística pública atraviesa un proceso de desgaste lento pero continuado. “El valor de los estudios artísticos aquí no tiene mucha importancia”, lamenta Magariño. “Se prioriza otro tipo de conocimiento. Lo artístico es casi anecdótico, no algo que se considere rentable”.
La paradoja, añade, es evidente: la imagen atraviesa prácticamente todos los sectores profesionales contemporáneos. “¿Qué ámbito no contempla una imagen fotográfica? Universidad, sanidad, publicidad, empresa… todos dependen de la imagen. Apostar por fotografía y vídeo es fundamental”. Sin embargo, según denuncian los profesores, esa importancia social no se traduce en apoyo institucional.
Beatriz Chaves es profesora de dibujo artístico. Baja por unas escaleras al fondo de las cuales se ve el rostro de Hisae Yanae, una ceramista, pintora y escultora japonesa que se afincó en Córdoba hasta su muerte. Cuando se le pregunta qué cree que está ocurriendo, Chaves habla de una “mezcla de desgaste paulatino y recortes” que afecta tanto a la planificación docente como a las condiciones materiales del centro.
“Nosotros vamos tapando agujeros hasta que llega un momento en que ya no se puede más”, explica mientras nos enseña las instalaciones de este histórico espacio, que hoy presenta vegetación poco cuidada, pero que es uno de los más bonitos del Casco Histórico de Córdoba. Un patio que está en el extremo contrario de otro más pequeño donde solía haber una cafetería que ya hace tiempo que cerró.
Pequeños detalles que dibujan un cuadro completo en el que las reclamaciones más problemáticas son múltiples: desdobles que desaparecen, profesorado que llega tarde al inicio del curso, procesos administrativos que se reducen o se retrasan y una planificación que, según denuncian, no responde a la demanda real. “Pedimos que escuchen las peticiones del centro, que haya diálogo y que se mantenga la oferta educativa. Aquí hay un grupo de profesionales muy cualificados y con muchas ganas de hacer creatividad y arte, pero nos estamos dedicando a solucionar problemas estructurales”, resume Chaves.
Talleres sin recursos y profesores que compran materiales
La falta de financiación aparece constantemente en las conversaciones. José Rodríguez, profesor de artesanía y técnicas escultóricas en piel, describe una situación límite en algunos talleres. “Hay especialidades que necesitan un desembolso muy grande en materiales”, explica. “Fotografía necesita focos; cuero necesita pieles y herrajes; talla necesita madera. Muchas veces me veo obligado a comprar cosas yo mismo para llegar a los contenidos”.
El presupuesto asignado ronda los 34 euros por alumno al año, una cifra que consideran claramente insuficiente para enseñanzas prácticas y artísticas. “Los materiales han subido muchísimo y es que no llegamos”, insiste Rodríguez, que cuenta que es habitual que los profesores acaben comprando materiales con su propio dinero.
Los docentes comparan además esta situación con otros itinerarios formativos privados o concertados que sí reciben financiación más amplia, incluyendo fondos europeos (unos fondos que ellos desconocen por qué no llegan a lo público). Así, consideran que las enseñanzas artísticas quedan sistemáticamente fuera de esas prioridades.
El deterioro también se ve en el edificio
El alumnado percibe el desgaste. Los profesores aseguran que muchos estudiantes detectan rápidamente las carencias del centro: espacios deteriorados, talleres insuficientes, retrasos en la llegada de profesorado o grupos masificados. “Ellos ven el estado del edificio y ven claramente cuando un profesor llega en octubre en vez de en septiembre”, explica Chaves, quien añade que, con ello, “la atención personalizada tampoco puede ser la misma”.
En algunos talleres, añaden, los grupos superan la capacidad física de las aulas tras la eliminación de desdobles (“Literalmente, no caben, no hay sillas suficientes”). Pese a todo, la escuela sigue reuniendo varios cientos de alumnos entre bachillerato artístico, ciclos formativos y enseñanzas superiores. Eso sí, durante años llegó a superar ampliamente los quinientos estudiantes y mantuvo una intensa vida cultural dentro de la ciudad.
Unos datos que contrastan con los que deja el primer plazo de matriculación, con fecha 19 de mayo: un total de 61 pre-inscripciones para el próximo curso, repartidas de la siguiente manera: Ciclos Formativos de Grado Superior en Fotografía (5), en Gráfica Publicitaria (5), en Ilustración (18), en Animación (11), en Arquitectura Efímera (4), en Mobiliario (1), en Proyectos de Obra y Decoración (10), en Madera (0) y en Piel (3), Estudios Superiores de Diseño Gráfico (22).
El avance de la privada
Mientras la escuela pública pierde alumnado, las privadas ganan terreno. Magariño señala que muchos estudiantes de fotografía optan por centros privados buscando mejores redes profesionales y visibilidad. Pone un ejemplo: “La EFTI de Madrid tiene contactos, promoción y autores vinculados al centro que aquí no podemos ofrecer”.
El problema, advierten, es que esa deriva convierte nuevamente la formación artística en un privilegio económico. “La gente que no puede pagar la privada se queda fuera”, señala uno de los docentes. Los tres coinciden con la idea de que el mundo del arte está siendo otra vez copado por quien se lo puede permitir, algo que no es nuevo, pero que intuyen que se está intensificando. De hecho, José recuerda incluso cómo centros privados han acudido a las puertas de la propia escuela pública para captar alumnado durante los periodos de matriculación.
Es José también el que pone el foco de preocupación en el traslado progresivo de disciplinas artísticas y artesanales hacia itinerarios de Formación Profesional vinculados al ahora llamado “arte sacro”. Habla de algunos oficios históricos de las escuelas de arte —talla, metalistería o bordado— que están siendo absorbidos por programas ajenos al ámbito artístico tradicional. “Le han quitado la palabra arte y han puesto oficio”, critican. “Pero esos profesionales se han formado históricamente aquí”. La discusión no es solo terminológica. Para el profesorado, existe el riesgo de reducir enseñanzas complejas a cursos de especialización rápidos desconectados de la formación artística integral.
Cinco proyectos por curso
Volviendo al inicio del recorrido, la pared de la sala de exposiciones ofrece un pequeño balón de oxígeno: pese al contexto, la exposición de los alumnos de la promoción 2024-2025 demuestra que el nivel creativo continúa muy vivo entre los alumnos que pasan por el Mateo Inurria.
Entre los trabajos expuestos se encuentra Ecos del duende, un proyecto sobre flamenco realizado por Daniel Romero y Estefanía Pino que ha obtenido un reconocimiento de la Diputación y aspira a competir en los Premios Mestre de escuelas de arte. Otro proyecto revisita fotografías históricas de Santaella comparando los paisajes de los años cuarenta y cincuenta con la actualidad. Una alumna utilizó el autorretrato como proceso terapéutico tras una ruptura emocional. Dos estudiantes trabajaron con ancianos de residencias imaginando cartas dirigidas a sus propios “yo” adolescentes. Otro alumno documentó la trastienda invisible de la Feria de Córdoba: los montajes, la convivencia y el trabajo oculto tras la imagen festiva.
“Son trabajos con mucho nivel artístico”, afirma Magariño mientras pasa las páginas de los libros de autor elaborados por el alumnado. Quizá ahí reside precisamente la contradicción principal: mientras las administraciones reducen recursos, los docentes siguen defendiendo que estas enseñanzas no son un lujo cultural, sino una formación plenamente profesional y contemporánea.
“La creatividad y las artes deberían formar parte de lo que se considera necesario para la sociedad”, reclama Magariño. “No algo puntual o decorativo”. En las paredes de la exposición solo hay cinco proyectos finales. Pero detrás de ellos aparece una pregunta mucho más amplia: qué lugar quiere ocupar el arte en la educación pública andaluza.
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