BOLETÍN | La pirámide por el tejado
¿Puede Córdoba permitirse una gran exposición temática al año?
¿Vale la pena gastarse 1 o 2 millones de euros en organizar una exposición efímera para mejorar los datos turísticos, mientras agoniza el tejido cultural local?
¿Si lo que se quiere es ayudar a los empresarios cordobeses, por qué entonces se encarga la organización de estos grandes eventos a grandes grupos de fuera, cuando en la ciudad hay agencias y profesionales sobradamente preparados para montar eventos así?
¿Es buena idea medir el éxito o el fracaso de una iniciativa de este tipo en base al número de visitas (que no visitantes)?
¿Si una gran exposición tuvo 350.000 visitas y otra tiene 96.000, cómo es que las dos son un tremendo éxito de público?
¿Cuál es la proporción de cordobeses/foráneos que visita estas grandes exposiciones?
Son algunas de las dudas que surgen estos días, al término del balance triunfalista que se ha hecho de la exposición El despertar a la vida. Infancia y adolescencia en el Antiguo Egipto, una muestra que ha costado 1,2 millones de euros y se ha cerrado con algo más de 96.000 visitas.
Si triunfalista fue el análisis del alcalde, en la línea de lo que se puede esperar de cualquier político -aunque sea el mismo que el lunes dijo que estaba encantado de equivocarse con sus previsiones-, igualmente optimista fue el que hicieron los responsables de Eulen Art, filial del Grupo Eulen, que hablaron de un éxito crítico sin mostrar ni un solo recorte de prensa que refrendara la afirmación, y que insinuaron que había interés en itinerar la exposición en Estados Unidos, pero sin dar tampoco detalle alguno de quién o qué institución era la interesada.
Esta newsletter lleva poco tiempo activa, pero el suficiente para haber señalado que la política de macroeventos rara vez deja poso en la ciudad y que los responsables de Cultura está muy equivocados jugándose el éxito o el fracaso al número de visitas. Hoy añadimos una tercera variable a la ecuación: la política cultural no debe priorizar atraer turistas; para eso hay un Instituto Municipal de Turismo, que es el que debe centrarse en atraer visitantes con campañas específicas.
Solo si empezamos a respetar el criterio de quienes trabajan en la cultura, sin obligarles a vender su alma por figurar en azul en los balances contables, se podrá crear una ciudad viva culturalmente. Una ciudad en la que pasen cosas para los vecinos y quienes la visitan.
King-Trump
Esta semana, mientras Donald Trump volvía a tensar la cuerda internacional con amenazas apocalípticas hacia Irán, comencé a leer comentarios que hablaban abiertamente de la justificación de un magnicidio. No vamos a ocultar que una amenaza de bombardeo nuclear que extermine a toda una civilización es, entre todas las opciones, una de las que más merecidamente justificaría tomar medidas drásticas contra un tirano.
Y lo curioso es que eso ya estuviera escrito. En la ficción, claro. Y es que Stephen King tendrá todos los detractores que caben en el mundo de la alta cultura, pero es, sin duda, uno de los novelistas más importantes del último medio siglo en tanto a que ha sabido canalizar como pocos los miedos de la sociedad occidental y convertirlos en literatura popular (y no como sinónimo de pobre).
Más allá de la calidad de su prosa, es imposible negar la lucidez de su mirada: Stephen King se imaginó a Donald Trump hace casi 50 años. Lo llamó Greg Stillson y era un vendebiblias barato que acabó convertido en la mayor amenaza de la humanidad. La novela se titula La zona muerta y, cuando se publicó, se tomó por una ficción exagerada, pero tremendamente adictiva (marca de la casa).
King, sin embargo, lleva años diciendo que la realidad política puede ser más aterradora que cualquiera de sus novelas. Y es probable que, de todos sus monstruos, el más real y el más dañino, sea ese político populista que quiere hacer historia lanzando un nuke que destruya a medio planeta al grito de “I am the voice of the people”.
Cuando, cuatro años después de que la novela llegara a las librerías, Cronenberg adaptó aquel relato al cine, hizo algo genial también al invertir las expectativas del público: puso a alguien tan turbio como Christopher Walken en la piel del héroe y a alguien de rostro tan afable como Martin Sheen en la piel del político villano.
Al fin y al cabo, la zona muerta es la zona gris en la que ya estamos viviendo y en la que nada es necesariamente lo que parece.
En loop
La primavera hecha disco. Eso ofrece Written into changes, el estimulante nuevo LP de la productora y dj Avalon Emerson con su grupo The Charm (en el que el papel clave lo tiene el fantástico Bullion). Tras una carrera inicial que construyó como dj de selección larga, técnica fina y criterio excelente, Emerson publicó hace unos años un fantástico disco de electrónica de tempo bajo y espíritu pseudo-indie (en realidad, su referente eran los Cocteau Twins). Este nuevo trabajo continúa esa senda, aunque con una orientación más funk y más bailonga. Un disco luminoso, que viene bien en estos días tan oscuros.
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