Zapping

Mando de una televisión.

Otro de los fenómenos –esto es infinito- que nos deja la Semana Santa es lo que podríamos llamar el zappeo cofrade. Es decir: ¿a dónde acudo? ¿dónde voy? ¿qué no me puedo perder? Si no estoy en un iglú en la Antártida, ¿qué debería presenciar?

Fíjense en cómo está este miércoles el “prime time”: por la carrera oficial(*) se proyectarán, entre las ocho menos cuarto y las once menos veinte, más o menos, las siguientes series de producción propia: La Pasión, El Perdón, El Calvario, La Paz y la Misericordia.

Para colmo hoy la cosa se complica sobremanera. En ese “prime time” interviene otra estación, tal vez también de penitencia: la final de la Copa del Rey de fútbol. Una contraprogramación maligna, porque puede desatar algún que otro conflicto. Por ejemplo:

Quien quiere ver el partido y no puede porque tiene invitados forasteros a los que pasear, invitar a caracoles y ver la salida del Calvario.

Quien quiere irse al apartamento de los suegros en Fuengirola, salir a buena hora, no encontrarse atascos, que no se olvide nada y que funcione la TDT.

Quien ha hecho promesa y este año irá detrás de la Misericordia porque su quiste era más benigno que un yogur recién caducado de los que consume Arias Cañete.

Quien busca La Paz y se va a la Plaza de Capuchinos en vez de irse directamente a Bolivia.

Yo pertenezco a la cofradía de uno de los equipos que juega esta noche y sé que habrá Pasión, porque va de suyo en estos casos. Puede que sea un Calvario, porque a estas alturas, nada es sencillo y mi cofradía futbolística es tan bella como frágil: tocará sufrir.

Si todo va bien, llegará la Paz, porque esto siempre ocurre después de la Pasión (es cosa física, recuerden eso del orgasmo).

Y no descarto que haya Perdón. Por errores cometidos, por balones al palo, por pases que no llegaron, por gambetas inútiles del delantero, porque mi portero salió a espantar avispas en aquel córner... en fin, porque, a veces, pasan cosas que no quieres que sucedan.

Lo que tengo claro es que hoy no habrá Misericordia. Deseo, vehementemente, ganar el partido; aunque luego todo desaparezca como lágrimas en la lluvia.

(*) Nota: aquí “carrera oficial” no significa ser registrador de la propiedad y acabar presidiendo un gobierno, ni una competición en el hipódromo de Ascott.

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