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Villarrubia sin prisas

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Veinte minutos llevo googleando y no soy capaz de averiguar quién fue Gregorio Gracia Ruiz, el médico que da nombre a la plaza principal de la barriada de Villarrubia. Sólo sé de él que fue médico y que debió ejercer con “dedicación y entrega” suficientes para que en junio del 82, en plena canícula estival, el Ayuntamiento decidiera erigir un monumento en su honor en la confluencia de las calle Segura y la Avenida de la Concordia. ¿Concordia segura? Para haberse construido en plena Transición Democrática, la ubicación parece pura poesía.

El caso es que ni la concordia estuvo asegurada ni el pedestal libró a don Gregorio del olvido. El rótulo conmemorativo de la plaza agoniza con las palabras casi borradas en el centro de la fuente y el busto de metal de aquel médico apenas cuenta nada de él: una evidente calvicie, nariz afilada, labios delgados y un ceño fruncido.

No es tarde para la nostalgia ésta en la que llegamos al barrio. Como en el resto de barriadas de la periferia la vida parece transcurrir en un tempo lento. Por la calle Segura, un adolescente avanza sobre su monopatín en mitad de la calzada. No tiene prisa. Nosotros tampoco. Dejo el coche en punto muerto y el pie sobre el freno. Al llegar a la plaza, un grupo de amigos sigue bebiendo cerveza a la hora del té. Nadie tiene prisa. Quizás sea para compensar la velocidad de los trenes que circulan como bólidos a escasos metros de allí. Raíles y carretera componen el perímetro de un barrio a medio camino entre la sierra y la vega.

No es tarde para la nostalgia, para las prisas ni para los negocios. La Plaza del Doctor Gregorio Gracia es el corazón comercial de Villarrubia. He contado casi una veintena de negocios (bares, peluquerías, tiendas de ropa y alimentación, informática, una peluquería y una clínica veterinaria). Todo lo necesario en apenas unos metros cuadrados y, sin embargo, la clientela brilla por su ausencia. Una pareja y sus mascotas entran en la clínica mientras veo salir con las manos vacías a una mujer del factory de la acera de enfrente. La tienda de ropa infantil avisa en un cartel de que esta tarde permanecerá cerrada por estar haciendo repartos en la ciudad. Las persianas de la marisquería permanecen cerradas a cal y canto y la tienda de Raquel despacha alguna chuchería a la escasa chavalada que se deja caer por la plaza.

Los excesos de la Navidad, aún presente en los adornos que cuelgan de las fachadas, han vuelto a encumbrar enero. Sólo uno de los locales parece pertrecharse para hacer cumbre. Es el despacho de pan y cafetería que regenta Juan Diego. El único escaparate donde el sol de Poniente deja caer sus últimos rayos tostando los rostros de los ya tostados por la cerveza y la hierba. Se lamenta el hostelero de esa presencia que a veces espanta al vecindario, pero se resigna ante la desidia de la administración levantando los hombros al recordar tiempos mejores. A pesar de ello, para los “paracaidistas” que nos dejamos caer por allí, su local parece un reducto de autenticidad de los que no se encuentra fácilmente, pero eso, claro, es sólo la percepción de quien mira los barrios en unas pocas pinceladas y palabras.

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