Los bueyes que sostuvieron Roma: cómo el ganado vacuno ayudó a mantener viva una ciudad de la Bética en plena crisis del Imperio
Tradicionalmente, la historiografía ha retratado la “crisis del siglo III” del Imperio romano como un periodo de colapso absoluto, marcado por guerras, epidemias y decadencia urbana. Sin embargo, la investigación titulada Where there is an ox, there is a way: multidisciplinary approach to the relevance of bovine livestock in the Roman town of Torreparedones (Baena, Spain), publicada en la revista científica Journal of Archaeological Science: Reports (volumen 74, 2026), ofrece una visión mucho más compleja y resiliente de este periodo. El estudio, liderado por Santiago Guillamón-Dávila, Rafael M. Martínez Sánchez y Richard Madgwick, demuestra cómo la ciudad de Torreparedones supo reorganizar sus recursos para seguir funcionando a pesar de las dificultades políticas y económicas del Imperio.
Situada en el Cerro de las Vírgenes, entre las actuales Baena y Castro del Río, Torreparedones fue una próspera ciudad de la Bética que dominaba tierras agrícolas de fertilidad excepcional. A finales del siglo II y durante el siglo III, diversos edificios públicos comenzaron a ser abandonados, pero esto no significó el fin de la ciudad. Las termas orientales, el complejo termal más grande de la urbe, dejaron de usarse como baños para convertirse en un enorme vertedero urbano rico en desechos domésticos e industriales.
En este vertedero se han recuperado en los últimos años de excavaciones casi 10.000 restos óseos, de los cuales unos 4.400 fueron identificados taxonómicamente. Lo más sorprendente es que, mientras en otros yacimientos de la época predominan ovejas o cerdos, en Torreparedones el ganado vacuno constituía el 50% de la cabaña ganadera principal.
El buey como motor de la economía
El análisis reveló que los bovinos no se criaban principalmente por su carne, sino como una inversión a largo plazo. Más del 70% de los animales alcanzaron edades adultas avanzadas, superando los seis años, y algunos llegaron a vivir más de quince años. Esta longevidad extrema es incompatible con una producción cárnica exclusiva, lo que indica que estos bueyes eran auténticos “motores” utilizados para arar los campos de cereal y transportar mercancías.
La evidencia física del trabajo quedó grabada en sus huesos: los científicos detectaron patologías articulares y alteraciones biomecánicas (exostosis y eburnaciones) en las falanges y extremidades, marcas inequívocas de un intenso esfuerzo físico prolongado en labores de tiro y tracción.
Uno de los descubrimientos más fascinantes del estudio, obtenido mediante el análisis de isótopos de estroncio (87Sr/86Sr), es que no todos los bueyes eran de origen local. Algunos ejemplares procedían del centro-oeste de la Península Ibérica, lo que implica movimientos de animales vivos a lo largo de cientos de kilómetros a través de la red de calzadas romanas. Esto sugiere que la economía de Torreparedones era lo suficientemente sólida como para importar “tecnología de tracción” de calidad desde otras regiones para mantener su productividad agrícola.
Incluso después de su vida útil en el campo, el buey seguía aportando valor. Los restos muestran una actividad de carnicería altamente sistemática y profesionalizada, con marcas de despiece estandarizadas para separar cabezas, desarticular extremidades y extraer médula ósea.
Nada se desperdiciaba: tras el consumo de la carne, los huesos (especialmente los metapodiales por su forma compacta) se reciclaban como materia prima artesanal. Casi el 40% de los residuos de la industria ósea de la ciudad pertenecían a bovinos, transformados en agujas, mangos, alfileres y otros utensilios cotidianos.
Identidad y símbolo: Bora Cerealis
Esta dependencia vital del buey podría estar ligada a la identidad misma de la ciudad, identificada posiblemente con Bora Cerealis. El nombre ya alude al cultivo de cereal, pero las monedas acuñadas en este municipio refuerzan la conexión: muestran un buey en el reverso, convirtiendo al animal en el emblema oficial de la riqueza local, al mismo nivel que el trigo en Carmo o el atún en Gades.
El estudio concluye que Torreparedones no sufrió un colapso repentino, sino que demostró una notable capacidad de adaptación. A pesar de la desaparición del lujo urbano y la monumentalidad del Alto Imperio, la ciudad mantuvo una economía ganadera especializada y tecnificada que le permitió sobrevivir hasta el siglo V después de Cristo, cuando factores como la escasez de agua pudieron forzar su abandono definitivo.
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