Diario del Confinamiento | Vacaciones

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Estoy planificando las vacaciones. Suelo hacerlo a estas alturas del año. Despliego un mapamundi, ojeo mis finanzas, busco referentes culturales o geográficos y elijo. Soñar es barato.

Albania. Por qué no.

El país de las águilas, montañoso y agreste y con costas que dan al Mediterráneo, concretamente a los mares adriático y jónico. Qué más se puede decir de esa Dalmacia romana.

No reparamos en Albania, asomada al mare nostrum, frente a África, donde han dejado vestigios y rastros las civilizaciones más avezadas de nuestra cultura.

Albania fue dirigida, además, por un tal Enver Hoxha, un tipo entrañable que la aisló durante casi 40 años del resto del mundo. Dicen que Hoxha desacralizaba iglesias y catedrales y las convertía en pabellones públicos de baloncesto ¿no es maravilloso?

Tiene lagos y parques naturales y calas y acantilados y puertos pequeños y prados plagados de corderos y demás animalitos del señor.

Su capital, además, se llama Tirana, que es un nombre sugerente y hasta romántico si me apuran. Viajaré en viejos trenes comunistas desvencijados por todo el país, aprenderé a decir "po" (sí) y "jo" (no) y también "më fal" (perdón) en su idioma indoeuropeo y con eso me apañaré en tabernas y mercadillos.

Comeré peces jónicos de nombres extraños y queso fresco de cabras de mirada plácida.

Seré feliz en Albania y volveré y no contaré nada a nadie.

Como si no voy y, disimulando, vuelvo contando apasionantes aventuras. Total, para eso son las vacaciones: para inventárselas como los que van de crucero, se pasan diez días comiendo macarrones del bufé y escuchando a una orquesta hortera y dicen que ha sido una experiencia fantástica y han visitado siete países.

Pues ya está; lo que tú digas. Ah, bendita ilusión.

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