Diario del Confinamiento | El regalito

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Fue en la cena de empresa de Navidad, después del flamenquín troceado, la pota del Índico frita bajo el nombre de anillas de calamar y una carne fibrosa que había sido reducida por un tal Pedro Ximénez; en el tránsito que va de los postres camino del chupito de orujo, cuando la voz cantante de la dicharachera reunión decidió que era el momento de hacer entrega de los regalos de los amigos invisibles.

Un año más.

Uno a uno, con alegría más o menos disimulada, se fueron abriendo.

Abre el suyo: papel con trineos dibujados, luego una caja casi cuadrada, papel cebolla y, al fin, el regalo.

Una báscula. Electrónica o digital o como se llame.

“Ideal para el baño; espero que no tengas”; se delata el ahora amigo visible.

Risas y aplausos.

“La verdad es que no te hace falta; aunque nunca viene mal”, balbucea el amigo saliendo de Málaga y entrando en Malagón…

Después de un mes y pico sin salir de casa decide que tal vez es momento de darle uso al puñetero regalito. Va al armario, lo desembala, lo pone en el suelo del cuarto de baño, se descalza y se sube a él. Nada.

¡El puto trasto venía sin batería y no marca nada, ni cero!

Ahora tiene en casa una báscula sordomuda y su empresa se ha acogido a un ERTE.

Se va a la nevera y saca una lata de cerveza.

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