Diario del Confinamiento | Cactus

Un cactus.

Después de llevar diez años en casa, con nosotros, al cactus le han salido dos flores y promete alguna más.

Es un cactus que vino de San José, Almería. Cuando vamos al Cabo de Gata buscamos cactus y comemos calamar de potera confitado lentamente en aceite templado. Y somos felices con esa felicidad discreta, solar y mediterránea en la que unos días parecen la eternidad. Estas últimas frases están escritas en presente habitual a posta, no en pasado ni en futuro ni siquiera en presente continuo. El presente habitual creo que da sensación de confort.

Y es que, efectivamente, el tiempo es relativo. Fíjense, si no, en el cactus. Diez primaveras llevaba sin hacer ningún aspaviento en la terraza y justo ahora, casi al final de una primavera que parece robada, va el tipo y se descoca. Es fascinante.

A nosotros nos ha pasado también en esta época. Creíamos que nuestros días en la vida habitual “volaban” y siempre buscábamos un descanso, una pausa; sin embargo ahora parece que los días “vuelan” más deprisa cuando parece que todo era un descanso. Forzado, pero detenido al fin. Pero no; nos confinamos con un jersey de lana y ahora estamos en chanclas y locos por zambullirnos donde van a dar los ríos, al mar que es el vivir. Tempus fugit.

Aunque el tiempo puede ser no más que otra convención inventada por los humanos, como los dioses, la democracia o los juegos olímpicos.

Tengo tendencia, digamos, al animismo y así le pongo nombre a los animales, las plantas y las cosas. Tengo una estantería que se llama Borges, un jazmín que se llama Stevie Wonder y una celinda que se llama, obviamente, Celine Dion; pero este cactus que nos acaba de regalar dos flores no tenía nombre.

Está claro que no se llamará Yerma.

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