Bomberos, taxistas, mandarinas, dibujos animados y hasta un portal de Belén tirando caramelos

Carroza del Rey Baltasar | TONI BLANCO

Diez toneladas de chucherías dan para mucho. Y para muchos. Y todo ese material lo tiene que arrojar alguien sobre los miles de cordobeses que este sábado han acudido a recibir en la calle a los tres Reyes Magos. Tantas manos hacen falta que este año ha habido carrozas de todo tipo. Bomberos, taxistas, sanitarios del hospital, muchos dibujos animados y hasta un completo portal de Belén han ayudado a Melchor, Gaspar y Baltasar a repartir entre la multitud 275.000 paquetes de extrusionados (los gusanitos de toda la vida), 73.800 paquetes de galletas, 60.000 de frutos secos, 680.000 gominolas y 642.000 caramelos blandos masticables. Todo, al peso, suma diez toneladas.

La cabalgata de los Reyes Magos del 2019 salió sin problema. Esta vez no llovió. Ni siquiera hubo amenaza de precipitaciones. Hacía sol en el Arenal pero no calentaba. El frío animaba a adultos y niños a bailar al ritmo de los villancicos y canciones de todo tipo que iban acompañando una cabalgata más larga que en años anteriores, con más participantes y hasta más variada y heterogénea.

Los más pequeños abrían muy fuerte sus ojos cuando veían, por ejemplo, a un equipo completo de bomberos tirando caramelos en vez de rescatando a personas o apagando fuegos. O a una carroza que sustituyó los caramelos por las mandarinas y las naranjas. Dónde va a parar en salud un cítrico frente a un caramelo. Que se lo digan a los dentistas. Y más fuerte abrían los ojos cuando veían de carne y hueso a todos esos dibujos animados del canal Clan o que aparecen en sus móviles y tablets cuando sus padres o abuelos necesitan un poco de paz.

La cabalgata de 2019 ha sido más heterogénea que la de años atrás. Las bandas de música de hermandades y cofradías de Córdoba sustituían las marchas semanasanteras por cornetas y tambores al ritmo de villancicos (el Holanda ya se ve, un clásico, frente al Ya vienen los Reyes Magos, otro hitazo).

Hacía frío cuando arrancó la Cabalgata. Mucho más conforme se fue echando la noche. Pero la multitud se apretujaba, bolsas en mano, para buscar el mayor número de chucherías posible. Los más osados se saltaban las vallas de protección detrás del caramelo perdido, mientras eran recriminados por la organización y por los voluntarios que rodeaban las carrozas a modo de protección para evitar tragedias. Pero tras las vallas se desataba la habitual lucha sin cuartel, más apretada a veces que un sprint en una etapa llana del Tour de Francia.

Entre las incidencias, escasas, solo hubo un problema con la carroza del Rey Melchor. El vehículo que lo transportaba sufrió una avería en el Vial Norte y tuvo que ser sustituido. El cortejo quedó parado durante diez minutos, pero rápidamente pudo continuar la marcha.

Como todos los años, es un clásico, las quejas habituales. Que si los Reyes Magos tiraban más caramelos en el centro que en los barrios, que por qué la corte de Baltasar (y el propio rey) era de gente con la cara pintada de negro y que si sobraban o faltaban determinados elementos infantiles. Eso sí, los niños, ajenos a estas polémicas tan de hacerse mayores, recibían a sus majestades de Oriente con una sonrisa. Y esperando a que cuando se bajen de las carrozas no se olviden de ellos. Porque han sido muy buenos.

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