Bienvenidos a la incertidumbre

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Corría 1943 y el mundo enfilaba los meses finales y definitivos de la Segunda Guerra Mundial. La humanidad llevaba cuatro años masacrándose en el mayor conflicto que ha vivido nuestro planeta, los valores se habían ido al garete y la sociedad empezaba a preguntarse si realmente todo aquello estaba sirviendo para algo. En ese contexto histórico y social, y mientras su país libraba batallas en el Pacífico, el estadounidense Abraham Maslow escribió Una teoría acerca de la motivación humana (1943). La obra pasó a la historia por recoger la famosísima jerarquía de las necesidades básicas humanas, o más comúnmente conocida como la Pirámide de Maslow. Con ella, el psicólogo americano trató de encontrar respuestas a la eterna pregunta de qué mueve a las personas a hacer determinadas cosas, cuáles son nuestras motivaciones, cuáles son al fin y al cabo los motores de nuestra acción pero también las explicaciones de nuestra inacción.

Con el mundo contando muertos y las bombas zumbando desde Stalingrado hasta Midway, Maslow detectó que tras las necesidades puramente fisiológicas (respirar, comer, beber, descansar, procrear…) lo siguiente que mueve a cualquier ser humano es la búsqueda de la seguridad, de certezas, de estabilidad y de certidumbre. Trabajo para toda la vida con sueldo fijo, pareja estable, una familia sólida, un techo propio en el que criar a la prole, morir de viejo tras una vida sin sobresaltos… Era la respuesta lógica en un mundo en guerra, al que se le habían caído los cimientos y que pagó con millones de cadáveres el precio de la democracia, la libertad… y el capitalismo.

Visto en su contexto tiene todo el sentido del mundo: la estabilidad como pócima ante la zozobra. Y de hecho, los que rondamos los 40 nos hemos criado en ese mismo ambiente y hemos mamado ese discurso. ¿Te suena? "Niño, a ver si cuando acabes la carrera te sacas las oposiciones y así ya tienes trabajo fijo y puedes casarte", oí muchas veces en mi casa, una como tantas otras con feliz familia numerosa, madre ama de casa y un padre que entró a trabajar con veintipocos en la misma empresa en la que se jubiló 45 años después. De libro. El problema es que nos contaron que ese era el gran objetivo de nuestras vidas, el Dorado, el culmen de la felicidad y la realización máxima que podíamos tener como seres humanos. Y ahí fue cuando nos dimos cuenta de que eso no era verdad, y además, entendimos que ese modelo murió para siempre.

Esta sección se llama Tiempos Líquidos en honor a Zygmunt Bauman, el gran sociólogo polaco que describió como nadie la evolución de la sociedad occidental desde esos preceptos post bélicos a la inestable situación actual. Él la bautizó como modernidad líquida. En una entrevista pocos meses antes de morir, Bauman sentenció que "la única certeza es la incertidumbre", hablando de una sociedad "que ya no mantendría la ilusión de que todo cambio acarrearía una solución permanente", porque sencillamente ya no hay nada perenne. En el siglo XVII, el filósofo francés Blaise Pascal hablaba del miedo que provocaba lo temporal frente a lo inalterable, pero todo eso ha cambiado. Hoy es el mundo el que cambia continuamente y la única certeza está en la propia existencia. Porque si el mundo cambia, nosotros también lo hacemos con él. Algo así trató de explicar Heráclito hace 2.500 años y casi lo tomaron por loco, defenestrando durante siglos sus teorías en favor del continuista Parménides.

Hoy, en cualquier familia o centro de trabajo conviven varias generaciones de seres humanos, individuos con orígenes, valores, preocupaciones y necesidades completamente distintas. Los abuelos babyboomers, esos que crecieron bajo los preceptos de Maslow, apuran la recta final de una vida marcada por la estabilidad mientras que sus hijos, la Generación X criada en los 70 y 80, se han tenido que subir en marcha a un mundo cambiante que probablemente ya les ha dado algún que otro quebradero de cabeza. Ya se han incorporado al mercado laboral los Millenials, los nacidos entre 1985 y 2000, la primera generación que vive peor que sus padres desde hace siglos y que se debate entre los rescoldos del viejo régimen y el descreimiento de un sistema que les ha dejado una herencia envenenada. Los más jóvenes, la Generación Z, ya saben que viven en un mundo flexible, cambiante e inestable, por eso huyen de cualquier atadura conscientes de que de un día para otro pueden estar viviendo, trabajando o disfrutando en cualquier rincón del planeta. Mañana no habrá ningún Estado que nos proteja, ninguna empresa que premie nuestras décadas de fidelidad, ningún banco que agradezca nuestros años pagando la hipoteca y nada o poco de lo que aprendimos hace tiempo nos servirá para algo en la era del aprendizaje continuo y la flexibilidad cognitiva. Lo mejor es que frente a todo ese cúmulo de dudas no sabemos qué habrá en su lugar. "Y aunque lo supiéramos, tampoco podríamos hacer nada", sentencia Bauman, el profeta de la incertidumbre.

No hay nada más absurdo que negar el cambio. Pensar que nada cambia o que nosotros no cambiamos no es falso; es absurdo. En este mundo inmerso en plena Cuarta Revolución Industrial todos cambiaremos varias veces de trabajo e incluso de profesión. En un mercado global, estamos abiertos a vivir, trabajar y tener clientes en cualquier punto del planeta, sin nadie que nos pague un sueldo fijo y con bonificaciones más vinculadas al pago por proyectos y objetivos. Es probable que no tengamos un techo estable y cada vez será más difícil tener una relación afectiva sólida y amoldada a los cánones de la familia tradicional. Todo eso que nos contaron nuestros padres y que probablemente hemos vivido en casa se ha acabado. Y no volverá nunca.

"Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré", cantaba Alaska en los 80, años dorados de la Movida. Ya, ya… Sólo hace falta verla hoy, culminando su transición desde los Pegamoides a musa cultural conservadora. Por si no te habías dado cuenta, la incertidumbre ha venido para quedarse, el mundo cambia líquidamente bajo nuestros pies y no te queda otra que adaptarte. Es lo que nos ha tocado vivir, y lo que nos queda. Por eso es fascinante, porque nos reta a cambiar, a evolucionar y a ser mejores personas. Bienvenido a los Tiempos Líquidos.

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30 de junio de 2019 - 13:49 h
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