¡Papá, ni yo soy Messi ni tú eres Guardiola!

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El otro día leí dos artículos que me hicieron reflexionar y de los cuales hoy nace este post. Uno de ellos trataba de los adolescentes que fueron niños hiperprotegidos, cuyos padres nunca han permitido su sufrimiento y se han creado personas sin tolerancia a la frustración. El segundo artículo trataba de dos padres, en Canarias, que se habían pegado durante un partido de fútbol infantil en el que jugaban sus hijos.

Cuando era pequeña, mi hermano jugaba al fútbol y todos los fines de semana que se podía ver el partido, me sorprendía ver cómo se multiplicaba el número de entrenadores de los chicos que estaban jugando. Gritos directivos de ¡Pero hombre, por ahí no! ¡ Puff, pero apunta mejor! ¡Pero no ves que ese está solo, fíjate bien! Y posteriores comentarios en susurros de ¡ A ese yo no sé cómo le ponen, con lo malo que es…!

A algunos padres les faltaba entrar al campo y ponerse a jugar ellos para demostrar a su hijo cómo tiene que jugar, parecía que les iba la vida en ello.

Enfados reales tras el partido si el resultado no era el adecuado, y me imagino la vuelta a casa de esos niños en el coche, recibiendo inacabables explicaciones de lo que tenían que haber hecho.

De esto ha pasado ya mucho tiempo, pero es algo que hoy en día se sigue repitiendo, por desgracia.

Muchas veces el afán de intentar que nuestro hijo sea el mejor crea el efecto contrario. El niño valora mucho la opinión y lo que él cree que su padre piensa, por lo que se puede sentir mal si cree que le ha decepcionado porque su rendimiento no ha sido el esperado.

Como siempre digo, los padres sirven de ejemplo para los hijos, y éstos copian muchas sus conductas. Por ello, es mejor que aprendan que una derrota se afronta con optimismo y no con enfado, y una victoria siempre es una alegría, pero no un motivo de burla hacia el rival.

Es mejor que el niño se quede con los mejores valores del deporte: es sano, sirve para crear cohesión y trabajar en equipo, ayuda a conocer gente y a divertirse, y que lo vea como una posibilidad de mejorar y superarse a sí mismo, y no como una competición donde el resto de sus compañeros son rivales.

 Tu hijo no tiene que ser el mejor, basta con que se sienta motivado y de verdad le guste lo que está haciendo. Muchas veces los padres apuntan a actividades a los niños que les gusta más a ellos mimos que a los hijos, y que no acaban de comprender por qué su hijo no va demasiado contento a esa clase. Es bueno preguntarle y que él de su opinión sobre qué quiere hacer y qué le divierte.

Por lo tanto, sería bueno cambiar preguntas como ¿ Cómo habéis quedado? por ¿ Lo has pasado bien? y reforzarle cada pequeño logro que haya conseguido y que hayas percibido desde la semana anterior.

Aprovecho para hablar de la importancia de que todos los niños realicen ejercicio físico, a poder ser, en algún deporte que implique el juego en equipo. En un mundo que cada vez tiende más al individualismo, es necesario que los menores aprendan a compartir un objetivo común con el resto de sus compañeros, y entender que cada uno es una pieza fundamental para que funcione el mecanismo.

El hecho de hacer deporte, además de todos los beneficios físicos que tiene, ayuda a que descarguen mucha energía, que implica que lleguen más relajados a casa y puedan dormir mejor durante la noche.

Hoy me gustaría acabar el blog con una frase que me encanta: " Si quiere un campeón en casa, entrénese, y mientras tanto deje que su hijo juegue feliz".

¡ Nos leemos la próxima semana!

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19 de enero de 2017 - 01:00 h
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