Calle del Aserejé

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Marino Garrote, Paseo de la Soleá, Averroes, Maestro Manolo, Huerta, Alameda de Capuchinos, Santa María de la Guía y Andrés Bernáldez. Son las calles donde he vivido. Mi buzón como un nicho donde siguen llegando cartas que no leeré. Facturas de PTV y publicidad de Domino´s Pizza. El censo, la ITV, una suscripción gratuita. Nada más persistente que la correspondencia tardía. Enseres flotando tras el naufragio. Tres mudanzas equivalen a un incendio. Dos incendios en mi patrimonio y el humo que precede al tercero. Parejas rotas, noches del Cuéntame, kebabs de madrugada y pisos compartidos con estudiantes esquivos. Muebles de Ikea, aparatos de TDT, tapiflex, calcetines desparejados. Recuerdos de turista abandonados en el fondo de un cajón. La tristeza siempre está en movimiento, en la doblez de una caja y en el indomesticable fixo. Las calles no son nada más que un ramo intermitente de vidas.

El Ayuntamiento de Córdoba cambiará el nombre de algunas calles de la ciudad. Lo dice la ley y así se hará. Sin excepciones ni bulos por popularidad o apego. Hubo voces discrepantes, intervenciones desaforadas, incluso quien salió con la cantinela de que no se debe perder el tiempo en estas minucias mientras pasan cosas más graves, que es como decir que uno no puede dar un refrescante paseo matutino pudiendo ordenar los armarios empotrados. Para todo hay tiempo, para lo grande y para lo pequeño, para el futuro y para el presente, para lo que gusta y para lo que gusta menos. Pero qué tentador es el aplauso. Y qué tentador, más incluso, creer que la opinión de uno está más autorizada que la opinión de los demás. Qué altivo y reseco es el orador cordobés, cuántos años de arenoso ensayo. Las democracias son un campo de albero y los partidos de la razón hay que jugarlos, sudarlos, tratando de elevar el Mikasa y no desde el banquillo con las calcetas bajadas y el barro apenas salpicado sobre el uniforme.

El nombre de las calles cambiará pero permanece en la ciudad una anatomía invisible. Todo es superficie. Por debajo fluyen encendidos los rencores y los revanchismos. Vivimos en la trinchera. Incapaces de entendernos, con la navaja al cinto y pólvora en los dedos, disfrazamos de pureza las ocurrencias. No es una cuestión de izquierdas y derechas. La ideología es un disfraz que siempre nos queda grande. Es otra cosa, son los tentáculos pegajosos del poder, intereses, dogmatismos y ovaciones en privado. No entender la sensibilidad de los demás. Docilidad. Gurús. Poltronas. Ni un mínimo de simpatía por el enemigo. Por ese enemigo blando al que saludamos por las mañanas, con el que compartimos barra, al que sujetamos la puerta al salir. "Sólo temo a mis enemigos cuando empiezan a tener razón", escribió Benavente. Querer la goleada cuando nos valdría con el empate. Empujar el balón con el culo en la línea de gol, como en el patio del recreo. Banderas en la terraza, desprecio a las imágenes, gritos en el pleno, maniobras en los despachos, descrédito y torpedos a la línea de flotación. Tantas veces Córdoba es una ciudad enquistada, presa de un pasado que nos seduce y posee, como un diablo zalamero. Que nada cambie, que todo siga igual. Que eternicemos los debates y los nombres, que convirtamos en estandarte lo que nos fue dado. Blindar la infancia, abrazarnos al pasado como si fuera inocuo. Bandos ridículamente encastillados en lo que fue, desconfiados, vocingleros, incapaces de encajar las piezas de Lego para un futuro con más verde y menos grises.

Está bien que se cambien los nombres de las calles porque la ciudad avanza, como las vidas que habitan en ella. Y nuestra historia mira al frente con candidez. Salimos de una dictadura que algunos no vivimos, pero sí nuestros padres y abuelos, del bando que fueran, y entendemos que aquella guerra dejó heridas y que hace falta cauterizarlas con lo importante, encontrar los huesos de los muertos, restituir la memoria de los agraviados, y con lo menos importante, dulcificar el callejero para eliminar a quienes mataron para perpetuar su poder y a los que los justificaron, les dieron cobijo o simplemente miraron para otro lado.

He paseado un millón de veces por Cruz Conde sin saber quién era ese hombre al que hoy nominalmente destierran. Y he esperado a mi novia en la adolescencia en un portal de Quesada Chacón sin más información que mi vértigo amoroso y veraniego. Aún así me parece bien que personas que saben más de historia que yo decidan su borrado si lo que se busca es una paz transparente, la aplicación de una ley que pretende unir y cementar la grieta de un conflicto que enfrentó a hermanos contra hermanos. Creo en la buena fe. Creo en la justicia de una forma decorosa.

Pero esto es sólo el principio. Ahora hay que renombrar esas calles. Buscar nuevos referentes limpios del fango franquista. Y será difícil dar con un currículum inmaculado. La calle Pablo Neruda ya no, porque en sus memorias confesó una violación. Avenida Julio Anguita ni hablar, pese a haber sido un alcalde elegido en democracia. Habrá un debate acerca de los hombres y mujeres que sustituirán el nombre de las calles. Se buscará paridad y excelencia. La turra será ciclópea. El Bulevar Javi Moreno no será viable porque el fútbol es de idiotas. La Plaza Maestro Manolete imposible, matar toros no puede tener cuantioso premio. No habrá acuerdos. Las enmiendas ralentizarán el cambio. Se propondrá una comisión que será acusada de falta de claridad y de responder a intereses particulares. La Calle del Aserejé pasará el primer corte. Luego vendrán todos esos nombres fofos, Avenida del Respeto y Plaza del Amor. Se colará algún poeta ya viejo. Ojalá un polígono industrial llamado García Casado. Ojalá una fuente de Eduardo García. Quién sabe. Pasarán los meses y descubriremos que los nombres eran lo de menos. Que somos nosotros los que nos lanzamos a la piscina de barro con el tanga bien remetido en la raja del culo. Que nos va la marcha. Que a lomos del enfrentamiento uno llega antes a la siguiente parada. Al Pacino gritando: "Justo cuando pensaba que estaba fuera, vuelven a involucrarme".

Que hoy criticamos lo que mañana protagonizaremos. Hay que cambiar las calles y con los rótulos, las ideas tercas. Los golpes en el pecho. El blindado estatismo de unos y la modernidad hueca de otros. Se ha cumplido la ley pero aún no se ha hecho justicia. La memoria histórica es aprender a caminar juntos sin pisarnos demasiado. No repetir viejos errores. Escuchar antes de exigir ser escuchado. "Seremos más justos si primero somos justos con la parte contraria", dicen que dijo Gandhi. Las calles sólo son un columbario. En ellas crecemos con las rodillas en carne viva. Encontraremos el amor. Criaremos a nuestros hijos. Noches en vela. Discusiones de madrugada. Jadeantes y oscuros polvos de reencuentro. Buzones llenos de propaganda. Un perro ladrando en la escalera. Un bar con buenas tapas. Una calle con nombre inolvidable. Por sencillo. Por haber pasado allí una parte de nuestra existencia mundana. Moriremos dejando un piso vacío. Muebles que alguien venderá en Wallapop. El recuerdo emocionado de un puñado de vecinos. Plantas secas en la terraza.

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15 de febrero de 2018 - 19:55 h
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