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Sobre este blog

Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.

Gracias, Mario

El escritor Mario Vargas Llosa.

Eduardo Moyano

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De las palabras que, a modo de epílogo, incluye Vargas Llosa en su última novela “Le dedico mi silencio”, cabe deducir que, con este libro, el escritor peruano, da por finalizada su obra literaria. En algunas entrevistas ha insistido en ello, señalando que ya no le quedan energías para emprender un nuevo proyecto narrativo y que sólo dedicará su tiempo a escribir un ensayo sobre el escritor francés Jean Paul Sartre, a quien considera su maestro.

Es una retirada sabia e inteligente, y lo hace con una novela que sigue teniendo el ímpetu y la fuerza de todas las suyas y que es un regreso sentimental al Perú de su juventud. Con ella, Vargas Llosa termina una larga y brillante trayectoria como narrador, una carrera que se inició hace sesenta y cinco años en la revista Mercurio Peruano con la publicación del relato “Los jefes” (1957) y que tendría su punto álgido en la concesión del Premio Nobel de literatura en 2010.

En ese primer relato y en otros de esa etapa primigenia, como “Los cachorros”, están ya algunas de las claves de sus futuras novelas. Está su estilo sobrio y directo, así como el entorno en que todas ellas se han desarrollado (siempre en espacios exteriores: la ciudad, la selva, la serranía, el río…) También está el ritmo intenso, a veces incluso frenético y trepidante, que las caracteriza (hasta el punto de leerse algunas de ellas casi como un thriller).

Están también algunos de los ejes temáticos sobre los que girará su dilatada obra literaria, como el abuso de poder y el militarismo, que son temas centrales en novelas como “La ciudad y los perros”, ambientada en el colegio militar Leoncio Prado, o “¿Quién mató a Palomino Molero?”, centrada en el brutal asesinato de un joven aviador en los ambientes sórdidos de una base aérea del ejército peruano.

Otros temas, como la tiranía, están presentes en “La fiesta del Chivo”, ambientada en la dictadura dominicana de los Trujillo, o en “Tiempos recios”, donde narra el golpe de estado de la CIA contra el presidente guatemalteco Jacobo Arbenz en 1954. Está también la corrupción política y sus perversos tentáculos en la esfera económica, tal como se ve en novelas como “Conversación en La Catedral”, situada en el Perú de la dictadura de Odría, o en “Cinco esquinas”, con el trasfondo de los gobiernos de Fujimori.

La revuelta milenarista y el liderazgo mesiánico son el hilo conductor de “La guerra del fin del mundo”, con la enigmática figura del santón Antonio Consejero durante la rebelión de Canudos contra la naciente república brasileña en la región nordestina del sertão. En otras novelas está la figura del antihéroe, como “Historia de Mayta”, “El héroe discreto” o “Lituma en los Andes”, en las que las debilidades humanas se imponen a los grandes ideales.

Temas como la rebeldía ante los condicionamientos sociales y el valor de la literatura popular en el despertar de las emociones, marcan “La tía Julia y el escribidor”, mientras que la ternura y la solidaridad entre perdedores brotan de los personajes atormentados de la novela “La casa verde” (Anselmo el arpista, el práctico Nieves, el sargento Lituma, la Chunga, el padre García…). No falta el toque de erotismo que siempre suele impregnar las novelas de Vargas Llosa y que resulta especialmente elocuente en “Travesuras de la niña mala”, “El cuaderno de don Rigoberto”, “Elogio de la madrastra” o “Pantaleón y las visitadoras”. Y, sobre todo, la utopía, nunca alcanzada y siempre truncada, presente en “El sueño del celta” (sobre la vida de Roger Casement, líder irlandés y activista sobre la explotación colonialista) y en “El paraíso en la otra esquina” (centrada en la vida de la precursora del activismo feminista Flora Tristán y de su nieto el pintor Paul Gauguin).

También trata de la utopía la que es su última novela “Le dedico mi silencio”. Esta vez es el sueño utópico de Toño Azpilcueta, cronista de la música popular peruana, que aspira, cual quimera, a unir a través de huainitos, valses, marineras, resbalosas… a un país tan dividido y fragmentado como el Perú. Algo similar se propuso Mascarita, el personaje central de la novela “El hablador”, como mediador y transmisor de narraciones que mantenían en contacto a las múltiples tribus de la Amazonía con la intención de hacerlas conscientes de pertenecer a un universo cultural común.

Como ocurre con todos los artistas, el legado de Vargas Llosa permanecerá siempre vivo en su obra, para gozo de las actuales y futuras generaciones de lectores. Por eso, su anunciada despedida no es más que un hasta siempre. Gracias, Mario, por habernos hecho vivir nuevas vidas con los personajes de tus novelas. En eso radica la magia de las obras literarias, la de poder sentir emociones sin estar físicamente presentes en las historias que se narran en ellas.

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Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.

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