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Lista 5 (II)

Alfonso Alba

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Diez putadas (en verbo).

6. Caer(se). Palabras mayores. Pegar una pelleja, un carajazo, un jardazo, una talega. Estás de pie y de repente, ¡catacroc!, estás en el suelo. Vaya putada. No sólo es que harás el ridículo, es que seguramente te dolerá, poco o mucho pero te dolerá. Y casi mejor que te duela bastante, así al menos durante un instante el carajazo parecerá algo serio, alguien te preguntará “¿qué tal?, ¿estás bien?”, y tú podrás decir estoicamente “bien, bien, no ha sido nada”, y así salvarás un poco la poca honra que te quede. Porque en caso de que el hostión sea totalmente inocuo (de los de respingón, cara de tonto, sacudida de manos y careto un poco descompuesto, pero sin sangre ni lesiones), todo el mundo se reirá de ti sin contemplaciones, sin el menor rubor, sin sentimiento de culpa, exhibiendo muecas grotescas. El Mal absoluto se revela, banal y brutalmente, ante la inocente caída de un semejante. Cualquier forma de prestigio se desvanece con una simple talega. Fidel empezó la cuesta abajo tras su pelleja, precedida por un “Hasta la victoria siempre” que el carajazo posterior tornó en broma cruel. ¿Y el rey? Ni Marichalares ni Urdangarines, ni el oso Mitrofán, ni el paquidermicidio, ni las historias de alcoba, ni los dineros opacos... Lo que empezó a abrir la brecha de la Tercera República fue aquella mítica embestida miura. Y esa forma del papa de coger mil duros... ¡Por dios!

7. Equivocarse. Qué lamentable eso de defender con vehemencia, con pasión, casi con irritación una postura y terminar dándote cuenta de que quien se te opone es quien tiene la razón y tú, pobre idiota, te has equivocado totalmente y has estado cagándola pero bien. Y cuanto más refinada o intelectual sea la conversación, peor y más dañino es el error. Porque duele empecinarse, en una charla trivial, en que Elsa Anka es la hija de Paul Anka y quedar en evidencia cuando te demuestran que no, que no lo es, pero mucho más duele marcarse un pegotazo en plan cultureta, en plan diletante, del tipo “mi película preferida de Christopher Nolan es Punch Drunk Love”, y que un tipo con gafas de pasta te replique con aire condescendiente “ésa no es de Nolan, es de Paul Thomas Anderson”, y tú te empecines en que es de Nolan, seguro de que es de Nolan, y arrogantemente le digas “no tienes ni idea”, y entonces el tipo saque su iPhone y lo mire en Google y... es de Paul Thomas Anderson. Qué putada echarle la bronca a alguien por perderte unos papales, y que los papeles aparezcan exactamente en su sitio, encima de tu mesa, donde debían estar. ¿Y ahora qué haces?, ¿pedir perdón? Uf, qué putada.

8. Tardar. Te pones a hacer algo y no acabas, y no acabas, y se eterniza. Crees que va a ser cosa de cinco minutos, y son diez, o veinte. Crees que va a ser cosa de una hora, y son tres, o cuatro. ¿Qué pasa con las otras dos horas? Horas muertas, devoradas por el agujero negro del tiempo. Putada tardar, tardar más de la cuenta en acabar un trabajo, en hacer una cola, en rellenar una encuesta, en que llegue el avión o el autobús o el tren o el metro, en que te cobre el camarero (tardar en pagar, doble putada), en que te cojan el teléfono, en que se ponga en verde el semáforo, en que salga el agua caliente, en que se enfríe la birra, en que se descargue la película, en que te toque en el supermercado, o en el médico, en que acaben los anuncios, en que tu novia acabe de arreglarse, en que se llene la cisterna... Notable putada tardar, y también esperar. Quedar con alguien y que llegue tarde, llegar a un sitio y que esté cerrado. Tiempo inútil que regalas, que desperdicias, cansándote sin hacer nada. Media vida esperando la otra media, sin garantía ninguna de que al llegar sea lo que esperas. Joder, qué putada.

9. Parir. Por razones obvias no lo he experimentado y por lo tanto no lo conozco, pero no tiene nada de buena pinta. Muy bonito y especial y mágico y todo lo que quieras, pero una putada al fin y al cabo. Putada creadora. Putada hermosa, si quieres. Pero putada.

10. Planchar. La putada perfecta, absoluta y esférica. La putada platónica y sideral. Suma de putadas, putada insuperable. Planchar, oh, putada entre putadas. Pero es que hay más, puede haber más. Aunque ni pensarlo quiero. Se me ponen los vellos de punta. ¿Imaginan pagar para planchar? ¿Y pegarse un madrugón para planchar? Dios mío. ¿Y qué hay de ir a planchar y ver que has perdido la ropa, y que además tienes que buscarla sin gafas porque las has perdido también? Tendrías que buscar las gafas sin gafas para poder buscar luego la ropa que tienes que planchar. Marea pensarlo. ¡Anda que estar planchando y mancharse! ¡O estar planchando y manchar a alguien! ¡O incluso avergonzarse uno de estar planchando y sonrojarse con la plancha en la mano! Es raro, ya lo sé, ¡pero podría pasar! Como también puede pasar ponerse a planchar y caerse, y que además haya gente delante y te vea en el suelo tirado, con la plancha en la mano, diciendo “estoy bien, estoy bien”. O equivocarse uno planchando y cargarse la ropa, y que alguien te diga “te lo dije, te dije que eso no se planchaba así”, después de que tú te hubieras empecinado en que sí se planchaba así. Cielos, qué putada: errar y planchar. O empezar a planchar y tardar más de lo que uno pensaba, y pasar horas planchando... Horror horroroso. Y me pregunto: ¿podría pasar todo a la vez? Pagar para madrugar (es un poner), levantarse a las siete de la mañana para planchar, porque tienes que planchar una ropa, pero la ropa no aparece, porque la has perdido, y mientras buscas sin gafas las gafas necesarias para buscar la ropa que tienes que planchar te sientes ridículo y te sonrojas, y tardas muchísimo en encontrar las gafas y en encontrar la ropa y finalmente tardas aún más en planchar la ropa, y acabas equivocándote al plancharla, y te la cargas y al final te caes delante de un montón de gente con la plancha en la mano. Y luego te pones de parto.

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