¿Las iberas eran guerreras?
La historia de la Península Ibérica antes de la llegada de los romanos es compleja y está repleta de incógnitas y leyendas. Poco a poco, la arqueología va poniendo en orden cómo en Hispania existía no una sino muchas culturas, con sus dioses, sus idiomas, sus tradiciones y costumbres. Uno de los lugares más interesantes para saber qué pasó antes de Roma es el Cerro de la Cruz, uno de los primeros yacimientos iberos excavados en la Península y donde todavía queda mucho por estudiar.
Ahora, el director del Museo Histórico/Ecomuseo del río Caicena, Ignacio Muñiz Jaén, acaba de publicar un estudio en la revista Antiquitas, editada por el Museo de Priego de Córdoba, en el que plantea la hipótesis de que las mujeres que vivieron en este paraje (que sufrió un final violento) podrían haber sido guerreras. El estudio, que incluye el análisis antropológico detallado de la investigadora Carmen Mª Román Muñoz, rompe con la visión androcéntrica tradicional que asocia mecánicamente las armas solo a los hombres.
La necrópolis de Los Collados, vinculada al poblado del Cerro de la Cruz, fue excavada originalmente a finales del siglo XIX por Luis Maraver y Alfaro, pero su ubicación exacta se perdió tras las rudimentarias técnicas de la época y el expolio posterior. Recientemente, un equipo formado por Manuel Abelleira, Ignacio Muñiz, Andrés María Adroher Auroux, Andrés Roldán Díaz y Francisco J. Matas logró relocalizar el yacimiento, permitiendo una investigación científica moderna.
En este contexto, las excavaciones dirigidas por Muñiz y los estudios de Román Muñoz se han centrado en dos enterramientos clave: las tumbas 3 y 6. Lo que hallaron en ellas desafía las categorías históricas convencionales sobre el género en la cultura ibera.
Tumbas con nombre de mujer y ajuar de armas
La Tumba 3 es quizás la más reveladora. El estudio antropológico de Carmen Mª Román Muñoz identificó restos de una persona adulta, de entre 20 y 30 años, con una apariencia “grácil” y rasgos morfológicos compatibles con el sexo femenino. Lo impactante es que esta mujer no estaba sola: fue enterrada con un niño o niña de entre 0 y 1,5 meses, posiblemente fallecidos ambos durante el parto. Su ajuar funerario incluía una panoplia completa de guerra: una espada recta, un puñal, un soliferreum, una punta de lanza y una manilla de escudo, todas ellas dobladas ritualmente antes de ser depositadas en la tumba.
Por otro lado, la Tumba 6 contenía los restos de una joven de entre 20 y 21 años, identificada con alta probabilidad como mujer gracias al análisis de la escotadura ciática de la pelvis. En este caso, las armas —una falcata, una punta de lanza y una manilla de escudo— no estaban dobladas y se encontraban embadurnadas en tierra almagra, lo que sugiere que pudieron ser depositadas como ofrendas tras la cremación.
Una mentalidad guerrera y sociedades matrilineales
Ignacio Muñiz sostiene que estos hallazgos no deben interpretarse solo como símbolos de estatus aristocrático. Basándose en conceptos de la filósofa Nancy Fraser, el autor propone que las armas tenían un doble significado: funcional (redistribución material) y simbólico (reconocimiento cultural). Según el estudio, las mujeres iberas participaban de un “temperamento guerrero” propio de sociedades con una “mentalidad guerrera”, aunque no tuvieran ejércitos profesionales permanentes.
Este enfoque sugiere que las mujeres no solo “cogían las armas” en situaciones excepcionales, sino que formaba parte de su rol social en una sociedad que podría ser matrilineal y heterárquica, donde el parentesco y la casa (gens) se organizaban en torno a la figura femenina.
Resistencia frente a la invasión romana
El final del poblado del Cerro de la Cruz fue dramático. Las excavaciones lideradas por Desiderio Vaquerizo y posteriormente por Muñiz, E. Kavanagh y F. Quesada confirmaron una destrucción violenta a mediados del siglo II a.C., en el marco de las Guerras Lusitanas y la resistencia de Viriato contra Roma. Se han hallado restos humanos con marcas de muerte por cortes de espada en las calles, testigos de una masacre que no permitió siquiera ritos funerarios para los últimos habitantes.
El estudio de Muñiz plantea que, ante tal catástrofe impositiva y el conflicto lacerante con las legiones romanas, las normas sociales se volvieron más flexibles, generalizándose la participación femenina en la defensa y la resistencia. Estas mujeres, que en tiempos de paz gestionaban la producción textil (se han hallado numerosas pesas de telar con sellos personales en el yacimiento) y el almacenamiento de excedentes en grandes viviendas multifuncionales, empuñaron las armas para defender su autonomía y libertad.
El trabajo publicado en Antiquitas no busca certezas absolutas, sino abrir el debate sobre la complejidad de los roles de género en la Antigüedad. Las armas en las tumbas de Almedinilla nos hablan de una sociedad donde el valor y la valentía no eran atributos exclusivos de un solo sexo biológico, dibujando la imagen de unas mujeres iberas activas, autónomas y, cuando la historia lo exigió, guerreras.
0