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Las cosas simples

José María Martín

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Al principio, como el individuo es adiestrado en base a unos parámetros comunes de decencia y honorabilidad hacia sus semejantes lo frecuente es creer que todo el que te rodea comparte esa especie de generosidad hacia el otro, esa bonhomía generalizada. La escala de valores de la sociedad cristiana, inyectada a creyentes o no creyentes, constituye esa primera fase ingenua que, en algunos casos, se extiende sine die por los siglos de los siglos.

Luego, algunos tropiezos, algunas zancadillas, traen los primeros desengaños. No cabe duda que son necesarios y formativos. A la par, dolorosos y constructivos. El individuo juguetea entonces con el descrédito como probándose, creciendo, y reconoce el principio de su madurez al detectar las mentiras del mundo. La culpa, también muy de raíz cristiana, aparece entonces seduciendo en mayor o menor medida.

Enseguida, los engaños y la desconfianza hacia el igual son tantos que la indignación brota en su interior, provocando el odio y consumiendo su energía en ello. El carácter se agría, el entorno se resiente, las ojeras, las canas... Lo que estamos viviendo en estos últimos años, especialmente la reciente oleada de casos de corrupción está generando esas sensaciones en mucha gente. Todo está podrido, todo es mentira, todo está mal.

El escepticismo es a priori un valor en alza ya que sitúa al individuo en una actitud de defensa ante los que intentan engañarle. Pero, en dosis altas, desemboca en la infelicidad. El equilibrio ahí es difícil y existe otro riesgo, el del conformismo que nos hace mirar para otro lado y contentarnos con cosas simples. Eso genera cierta sensación temporal de bienestar y uno puede alimentar diariamente su espíritu con esas pequeñas pildoritas de paz. La supervivencia, con cierta destreza está entonces garantizada.

En esa fase de las cosas simples a uno puede arrancarle una sonrisa que la Junta impugne el Plan Especial de la Carretera de Palma, haciéndonos creer a los optimistas que no todo está perdido aunque provocando en los más pesimistas la sensación de que eso es un parche y lamentando que aquí casi nadie ha dicho que lo que hay que hacer verdaderamente es echar abajo toda esa construcción de la vergüenza. Al momento, el inestable saboreará la imputación de la Infanta Cristina por el caso Nóos y de seguido caerá en la cuenta de lo triste de este país que se alegra de algo tan lógico como esa decisión del juez. Imputación que basa su importancia mediática y su carácter histórico en un sistema tan injusto y anacrónico como la monarquía. El ciclotímico verá al tiempo que a esta ciudad no le interesa la cultura pero también que es posible disfrutar en ella de momentos realmente cuidados de arte y creación.

A mí las cosas simples me están salvando y cada vez estoy más convencido de que en su simpleza están las garantías y los cimientos para el futuro. Será que las cosas simples no lo son tanto.

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