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La playa (espacios)

José María Martín

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La noche que llegamos allí no podíamos prever lo que iba a ocurrir.

El escenario es una playa española. Es un día cualquiera del mes de julio y, a pesar de que esta es una zona aparentemente tranquila, la multitud ha copado los primeros metros de playa. Eso no es equiparable a decir “la playa estaba llena” pues se trataría de una exageración injusta. La playa llena es otra cosa, aunque he de decir que en este caso hay unos primeros metros, los más cercanos a la orilla, que están bastante saturados. La cercanía de los demás impide tomar una buena perspectiva del entorno. Estamos rodeados. De hecho, nosotros hemos rodeado igualmente a otros. En un simple vistazo a la fotografía que he tomado desde el punto bajo la sombrilla en el que me encuentro se percibe esa sensación de multitud: a la derecha la mujer embarazada que cambia de posición, arriba, su pareja, de la que solo vemos las manos y parte de los antebrazos justo en el momento en el que se extiende la crema solar, siguiendo hacia la izquierda y en un plano mucho más retirado apenas se puede distinguir gente y un carrito de bebé con una especie de mochila-conejo colgada de las asas del carro. Más a la izquierda se ve otra gente, mujeres principalmente, bajo sombrillas verde y amarilla. En un plano más próximo hay dos mujeres sentadas en una toalla de playa, junto a una pequeña nevera azul de playa, bajo una sombrilla a rayas marino, turquesa y blancas. Una de ellas aparenta ser más joven y otra aparenta ser mayor que esta. La aparentemente más joven parece sujetar un cigarrillo entre sus dedos y viste un bañador que juzgamos más pequeño del que llevó en días pasados pues se deja ver el contraste del sol en la piel. Un poco más a la izquierda destaca una sombrilla a rayas azul marino y blanca. Es tan típica como la nevera azul mencionada antes. Volviendo a un plano más cercano vemos una horrible sombrilla difícil de justificar, en la que predominan los tonos anaranjados, quizá ocre, con una extraña línea verde, algo parecido a rectángulos y triángulos blancos con botones y una especie de mancha de ketchup que se repite aleatoriamente. A la izquierda de la sombrilla roja camina una mujer que cubre su cabeza con una pamela. Tras ella unos niños juegan con la arena y un hombre con un bañador color crema camina junto a la orilla. Detrás se ven salientes, diríamos: tres cabos. Uno más lejano, otro intermedio y finalmente uno más cercano y diferente a los otros en color e, intuimos, en textura. Hay algunas personas bañándose en un atractivo mar de un color turquesa. Eso es, básicamente y a grandes rasgos lo que se ve desde este punto. Hacia arriba el cielo es azul y el sol golpea intensamente. Hacia abajo hay arena y bajo ella más arena, agujereada por miles de palos de sombrillas clavadas con más o menos ahínco. Pero esa foto no dice nada del hombre que acaba de salir del mar con los puntiagudos y cortantes fragmentos de lo que fue una litrona, hallada a tan solo unos centímetros del lugar por donde accede al mar un nutrido grupo de niños. El hombre se fotografía con ellos con ánimo de subir la imagen a las redes sociales para denunciar “que esto es la ciudad sin ley”, al tiempo que protesta también por la inacción de la Policia Local ante la proliferación de botellones nocturnos en la playa durante estos días de fiesta en el pueblo. Y es que estamos de fiesta: hay verbena en la plaza, seguramente procesión marinera, actuación de la orquesta Cristal, banderitas y bombillas de luz blanca engalanando las calles, puesto de mojitos, venta ambulante, casetilla de escopetas, kebabs, hamburguesas, castillos hinchables, camas elásticas y tiovivo. Hay fiesta y, por la noche, a la luz de una luna roja y menguante, los jóvenes se buscan en la oscuridad del mar. En la foto no se oyen los ecos del reggaeton (he buscado en Google como escribirlo) de anoche, el de los coches tronando el baile del serrucho, si me das, pikipikipiki y otros éxitos de moda. Tampoco se percibe el olor a marihuana que hay, a esta hora de sol, en una playa llena de niños. Eso no quiere decir que los playistas fumen de forma generalizada sino que, como saben, el olor de ese tipo de hierba es intenso y generoso en permanencia. Un helicóptero de la Policia Local sobrevuela la playa y bordea la costa alejándose hacia el este. Un hombre grita a su hija: “La Patrulla Canina” y una mujer, francesa de Burdeos, me reconoce su temor a un atentado del Daesh tras lo ocurrido hace unos días en Niza. Ella no llevará a su hijo, de ocho años, a la sesión de fuegos artificiales que esa misma noche se lanzarán para el público asistente en esa misma playa. Su miedo es real. Detrás, diez hombres juegan la final de la Champions League en fútbol playa. Son jóvenes a excepción de tres de ellos, notablemente adultos, pero que persiguen demostrar su entereza física luciendo cuerpo y forzando carreras y marcajes. En la esquina, en el córner, cinco chicas adolescentes observan el partido alternando mirada al campo y mirada al móvil. Hay pocos móviles en la playa. Es decir, pocos en comparación con los móviles que hay en un concierto, o en un vagón de metro o en un pleno municipal. Tal vez sea que los móviles son caros y en esta playa, ni el calor, ni el riesgo de que sufran algún daño parecen descartados. Tampoco hay libros en la playa, al menos (como ocurre con los teléfonos móviles) veo pocos: ninguno conocido, las portadas me hacen sospechar que se trata de novelas de misterio, en el mejor de los casos policiacas. Imagino bajo las sombrillas algún poeta, por estadística debe haber al menos uno en esta playa. Quizá ese hombre que camina cargado (pequeña piscina hinchable, dos sombrillas, cubo, pala y rastrillo, mochila, silla de playa) y que a lo lejos se confunde con uno de esos vendedores de pareos. Ayer, a través de la ventana del apartamento, vi como uno de ellos organizaba sus montones. Sobre el césped de la urbanización extraía del plástico las coloridas telas, las doblaba y apilaba en dos montones (uno para cada hombro) y elegía uno para llevarlo desdoblado, luciendo los motivos geométricos de esta mezcla de mantel, pasmina, y retal. ¿Cuál sería el criterio de selección? ¿Cómo se guiaría este hombre -a todas luces extranjero- para apostar por un diseño capaz de atraer la mirada de quienes observan el tiempo pasar desde sus toallas? ¿Qué porcentaje de éxito o fracaso se jugaba en esa décima de segundo en el que optaba por el dibujo azul y blanco o el apabullante marino y fucsia? Ese hombre va de una punta a otra de la playa, vestido y cargado. En paralelo a él, pero siempre en la orilla, descalzos y a mayor ritmo, una pareja aprieta el paso mientras ella habla sin parar y el asiente o responde con monosílabos. Pasan por delante de un hombre vasco al que su hijo grita Aita. Nadie le dice al hombre que debe extenderse bien la crema solar por la cara y luce restos blanquecinos por la frente y el carrillo izquierdo. Igualmente nadie ha advertido a ese otro de lo impropio de su breve bañador, casi tan breve e impropio como el de esa otra mujer que pasea junto a él. Ay, ahí hay ausencia de sinceridad. De noche, en la tele no ponen nada interesante y un anuncio de casino online centra su estrategia en describir una ruleta “real” equilibrada (aparece un nivel). “Escúchala” dice la voz en off mientras un triste crupier con manga corta amaga una sonrisa. Reviso Facebook y entiendo que su algoritmo ha cerrado un círculo pues me sugiere como amigo a gente que no conozco de nada. Es como si hubiera agotado ya mi entorno social o como si me propusiera abrir mis redes sociales, extenderlas más allá de mi zona de confort. Pienso en el significado de extenderlas y me imagino estirando una especie de tela de araña hasta cubrirlo todo. De fondo hay un capítulo de Mentes Criminales en el que no pasa nada. En la playa, a esta hora de sol, aún resuenan los fuegos artificiales y es que algo insólito ha ocurrido. El estruendo de los cohetes se ha quedado rebotando entre las dos colinas que flanquean la cala. Suenan una y otra vez, como si no hubieran terminado, como un sobresalto continuo que por repetido pasa desapercibido por quienes siguen tumbados al sol.

La noche que llegamos allí no podíamos prever lo que iba a ocurrir. Esa frase plantea al lector una puerta tan abierta como cerrada: una incógnita (¿qué ocurrió?) y una certeza (algo ocurrió).

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