Cloroformo

Una urna electoral

Llevo dos décadas cubriendo elecciones. Y salvo los referéndums del Estatuto de Andalucía y la Constitución Europea no recuerdo una campaña electoral más apática que las andaluzas del próximo 19. Acabo de mirar, y en el referéndum europeo votó el 45% del censo en Córdoba. Al andaluz fue el 36%. Ni la mitad.

La abstención ante cualquier proceso electoral es siempre un fracaso del sistema. Soy de los que piensa que si se supera el 50% esas elecciones deberían ser anuladas. Algo no ha funcionado. No ha sido el caso de los últimos comicios, especialmente las generales, donde incluso ha crecido la participación.

Escribe Enric Juliana en La Vanguardia que Moreno y Bendodo han inyectado anestesia a la campaña en Andalucía. No sé si han sido ellos, si es intencionado o si se están aprovechando de los errores de los rivales, que puede ser. Pero de momento es la campaña que menos ilusión genera en los últimos años, sin lugar a dudas.

Como en el tenis, el PP juega a no tener errores no forzados. A proyectar la imagen más centrada posible. A que el andaluz indeciso piense que bueno, tampoco era para tanto, que a ver qué diferencia hay entre un gobierno del PSOE y otro del PP en Andalucía. A no dar miedo ni asustar al votante. Básicamente: a no meter la mata como ocurrió un día sí y otro también en Castilla y León.

En la izquierda, especialmente en el PSOE, es como si se hubiese repartido cloroformo. La antigua máquina de ganar elecciones en Andalucía (solo perdieron las de 2012 ante un PP que venía de arrasar en las generales) está narcotizada. Tres años de gobierno del PP con Ciudadanos y el apoyo externo de Vox no ha movilizado a su militancia, que era lo que más temían los populares. 40 años gobernando las instituciones autonómicas de Andalucía dejaba a los socialistas con muchísima información y muchísimo margen de maniobra tanto desde dentro como desde fuera. Pero el cloroformo los ha dejado paralizados. Incomprensible.

Los propios socialistas confiaban en repetir lo que les ocurrió en Extremadura, cuando también perdieron el gobierno, aunque solo por cuatro años. El PSOE regresó sin excesivos problemas, algo que de momento parece complicado. Solo hay que rascar un poco entre la militancia socialista para descubrir la escasa ilusión por las elecciones y cómo se asume la derrota. Mala cosa. La política también son estados de ánimo y en el PSOE se atisba depresión.

A su izquierda, los votantes están un poco sin saber qué hacer. A los periodistas nos cuesta a veces distinguir a las coaliciones (todas con el nombre Andalucía o Andaluces). Me imagino a un votante en su cabina electoral del domingo 19 sin saber qué papeleta coger. Por eso Adelante Andalucía se ha hecho un Podemos 2014 y ha optado por serigrafiar la cara de Teresa Rodríguez, por si las dudas. Pero me temo que por el camino se perderán muchos votos, de gente que pensaba apoyar a una formación y optó por otra. No es la primera vez que pasa.

De la narcolepsia solo nos pueden sacar los debates electorales y, desgraciadamente, que alguien meta la pata o diga una barbaridad muy gorda. Y ahí es donde todo el mundo espera a Vox y a una candidata más preocupada en hablar de Isabel La Católica que de los problemas reales de Andalucía. Y de momento, por muy bien que dibujen las encuestas, el PP no tiene asegurada una mayoría absoluta que evite que el voto de Vox se encarezca hasta niveles inasumibles.

Cada vez que se publica una encuesta intento fijarme en la abstención y en el porcentaje de indecisos. No soy sociólogo ni politólogo, pero nunca he visto un nivel tan alto de gente que no sabe a quién votar tan cerca de las elecciones. Y no creo que eso deje tranquilo a nadie. Ni al que parece que va a ganar ni al que le teme a la desmovilización como a una vara verde.

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