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Formas de mirar (se)

MADERO CUBERO

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El arquitecto Rafael de la Hoz Arderius nos desveló que nuestra forma de entender lo proporcionado, lo canónico, lo bello, se basaba no en la clásica proporción áurea que el resto del mundo entiende como “canon”, no en el 1,6  o proporción del radio o del lado del decágono regular, sino en el 1,3 resultado de la proporción del radio o lado del octógono regular.

Dicha proporción está presente en la arquitectura cordobesa, desde esculturas romanas o la Mezquita a alguna iglesia fernandina. Y estaba en las mentes de los cordobeses y cordobesas  a quienes en 1951 de la Hoz solicitó dibujar un rectángulo perfecto como ejercicio: 1,3. Dicha proporción es también conocida como “proporción humana” frente a la “divina” del hombre de Da Vinci.

No estoy seguro de que muchas ciudades de este mundo de ciudades posea una cualidad tan peculiar como ésta: una forma propia de mirar la belleza del mundo, una forma sencilla, más breve, más corta, pero menos idealizada, como los dioses salidos de nuestras mentes. Y más cercana, más en relación con la “phisis”: más humana.

Naturalmente, y en tiempos de orgullos patrióticos, locales y sectoriales, de identidades exaltadas, nada más lejos de la intención de éstas líneas que pensar que en esta antigua ciudad nacemos o crecemos con una visión especial del mundo. Sólo que hay que darse un paseo por recientes construcciones al albur del boom inmobiliario o de los grandes edificios públicos para abandonar rápidamente esa ensoñación.

Pero sí disponemos de un poso, de un sedimento que se infiltra al pasear o al mirar atento, que no distraído, y que nos lleva más al suelo que al cielo, más a lo sencillo que a lo ampuloso, más a lo humano que a lo divino. Hay quien se deja permear y quien no. Pero ahí está.

Nuestro mundo está cambiando aceleradamente, y se está convirtiendo, más que nunca, en un mundo capitaneado por ciudades. Aunque no lo parezca. Lo de las naciones-estado, a pesar del ruido, trae pocas nueces, y nueces amargas, y son las ciudades que saben crear una identidad propia y las que absorben las dinámicas que circulan por el mundo global. Londres es un universo muy lejano al de Inglaterra; Shangai, de gran parte de China; Barcelona, al parecer, tiene un paso cambiado al de Cataluña (y no digamos a España). En el mundo del sur mediterráneo sabemos mucho de vivir en un mundo de ciudades. No hemos dejado de vivir así desde los griegos, o desde las Taifas. Suelen ser tiempos fructíferos los de la hegemonía de las ciudades.

En el teatro griego, para diferenciar la proporción divina de la humana, los actores usaban unos coturnos, especie de plataforma con tacones. Así los espectadores distinguían a los dioses de los humanos. Sería deseable que decidiéramos de una vez qué y cómo queremos ser de mayores, a qué nos vamos a dedicar y cómo queremos que nos vean y nos llamen. Quizás otras ciudades sean de usar coturnos, o plataformas como en una carroza del día del Orgullo. Pero si miramos a nuestro paisaje, humano o patrimonial, somos más de ir descalzos o con calzado cómodo. Quizás sea así como debamos presentarnos al mundo: como la ciudad humana, la ciudad de las dimensiones y de las proporciones en las que estar cómodo. Cuidado, pues, con la desproporción, especialmente en quienes tienen la capacidad de definir el rumbo de esta ciudad milenaria. Cuidado con las grandes cifras y las grandes dimensiones. Distorsionan la mirada y la figura. Y luego no queremos ni mirarnos al espejo.

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