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Sobre este blog

Nacido en 1971 y de (casi) ocho apellidos cordobeses de familia de taberneros y tenderos, de los de toda la vida, pero al tiempo viajero y cosmopolita (para compensar). Humanista, docente y amante de la historia, la geografía y el arte, al tiempo que supuestamente experto en eso de enseñar a la vez idiomas y cultura. Como no quiero ser un idiota en su etimología griega (el que no se preocupa por los asuntos públicos) ya estuve embarcado en los Consejos de Estudiantes universitarios, activismos varios y en la política y la “escena” pública. Mis amigos más doctos y sabios me llamaron el “concejal imposible” y acertaron. No podía durar, estaba claro. Retornado a la vida sencilla y al trabajo, a ratos leyendo, a ratos escribiendo incluso algunos versos y prosas. No puedo dejar de releer “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino, qué le vamos a hacer … ni de estudiar, ahora se llama “nerd”, antes empollón. Procuro no perder el equilibrio, así que cada vez paseo más entre árboles y cruzó los cursos de agua y los escucho, como a las personas que sostienen el mundo, que suelen ser ellas.

Conversar

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Nacido en 1971 y de (casi) ocho apellidos cordobeses de familia de taberneros y tenderos, de los de toda la vida, pero al tiempo viajero y cosmopolita (para compensar). Humanista, docente y amante de la historia, la geografía y el arte, al tiempo que supuestamente experto en eso de enseñar a la vez idiomas y cultura. Como no quiero ser un idiota en su etimología griega (el que no se preocupa por los asuntos públicos) ya estuve embarcado en los Consejos de Estudiantes universitarios, activismos varios y en la política y la “escena” pública. Mis amigos más doctos y sabios me llamaron el “concejal imposible” y acertaron. No podía durar, estaba claro. Retornado a la vida sencilla y al trabajo, a ratos leyendo, a ratos escribiendo incluso algunos versos y prosas. No puedo dejar de releer “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino, qué le vamos a hacer … ni de estudiar, ahora se llama “nerd”, antes empollón. Procuro no perder el equilibrio, así que cada vez paseo más entre árboles y cruzó los cursos de agua y los escucho, como a las personas que sostienen el mundo, que suelen ser ellas.

Los estudiantes de Historia del Arte en el Bachillerato o en la Universidad recordarán seguramente la "Sacra Conversazione", la sagrada conversación que se establecía entre las figuras en el arte, abandonando el hieratismo y la rigidez medieval. Las figuras se volvían, así, humanas, verdaderamente cercanas, justo cuando el centro del mundo dejaba de gravitar sobre un Dios lejano y se centraba en un ser humano con pies en la tierra.

Salvando las distancias temporales y de concepto, se va abriendo paso la necesidad de volver a humanizar nuestras conversaciones, volver a mirarnos a la cara, notar el pulso, el brillo de los ojos o la mueca de disgusto o aprobación del vecino, de la compañera de trabajo, o de aquellos con quienes tenemos discrepancias.

Hemos vivido una conversión casi digna de San Pablo camino de Damasco y entramos con furor en todo tipo de redes sociales que parecían conectarnos rompiendo las barreras físicas.  Y de hecho, nos han puesto en contacto con una cantidad de información y personas cómo en ningún otro momento de la humanidad. Es un logro histórico indudable. Pero mientras tanto, nuestra capacidad física de entablar relaciones verdaderas, incluso los límites físicos y temporales, de leer todas las noticias, los artículos, los tweets, los posts de Facebook o de blogs, o las miles de imágenes de Instagram, de todos los grupos de WhatsApp y Telegram, sigue siendo más o menos la misma.