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Y el cambio que no llega...

Ángel Ramírez

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Uno no entendía como Madrid podía una y otra vez seguir con esos dirigentes. Los veías y sentías distancia, la manera altiva de relacionarse, esa sequedad, ese estilo del mundo de los negocios. Podían pensar una cosa u otra pero lo que estaba claro es que no defendían nuestros intereses, los de la mayoría de la gente, su ADN es otro. Habían interiorizado tan bien lo de la mano invisible, que entendían que su aportación a la sociedad consistía en beneficiarse a sí mismos todo lo posible, se han aplicado a eso sin límites y han dejado Madrid como un erial, gracias a un entramado de subcontratas y privatizaciones que cuando se mira con detalle suponen un expolio de lo público y un festín para una clase empresarial que cabe en el palco del Bernabeu.

Todo esto no solo ha pasado en Madrid, pero es el caso más llamativo porque ahora es la referencia de todo lo contrario, del redescubrimiento de lo público, de la naturalidad en la forma de gobernar, de la profundización democrática. Ahora son Barcelona y Madrid las que están abriendo nuevas fronteras, indagando cómo pueden ser las democracias del siglo XXI, ahora son los dos principales bastiones del cambio, el cambio sin adjetivos, el único que está ocurriendo en nuestro país. Un cambio en las formas, en los contenidos, en los modos, un cambio también generacional.

¿Y Córdoba? Somos gente amable lxs cordobesxs. Muy amablemente, casi sin torcer el gesto, hemos invitado a que vuelva a sus negocios al gobierno del Partido Popular, cuando empezábamos ya a desconfiar de la institución, una y otra vez al servicio de la élite de la ciudad, una ciudad sin debates estratégicos, sin diálogo, incapaz de construir un horizonte, más allá de esa evangelización extemporánea increíblemente dirigida por un Ayuntamiento, y esa confianza ciega en el turismo propia de la Villar del Río de Bienvenido Mr Marshall. Hemos detenido la almoneda, pero no, esto no está siendo Madrid ni Barcelona, a veces no basta con ser amables.

Ahora le toca al poli bueno, ha detenido la somanta pero no nos propone mucho más que un alivio temporal, “hacedme caso que si no vuelve mi amigo”. Unos cuantos gestos de austeridad y de neutralidad y parar algunos de esos proyectos inexplicados e inexplicables (esas propuestas de museos perpetrados con lo más rancio de la Izquierda Unida que gestionó la Consejería de Turismo…) no es suficiente. En Madrid está ya Santi Eraso (aquel hombre que dirigió la candidatura de capital cultural de 2016 de San Sebastián ) impulsando una  cultura transformadora, hay ya propuestas innovadoras de participación ciudadana, de recuperación vecinal de espacios públicos, y aquí no escuchamos nada que nos indique que estamos en algo distinto del turnismo al que estamos acostumbrados, con los piques y las pugnas por el protagonismo de los gobiernos de coalición al uso. Nada sabemos de cómo piensan que la gente pueda volver a la institución, ni de las estrategias para impulsar nuevas opciones económicas, ni de cómo la cultura será algo más que un folleto en las recepciones de los hoteles. Van pasando los cien días, guardamos las toallas y los bañadores, y ya está con nosotros el caimán de la Fuensanta, quizás sea el momento de que alguien nos cuente el guión de la película.

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