Superando miedos

Muchos de vosotros ya sabéis que mi hijo mayor es (o ha sido) un poco miedica. Ya os he contado en varias ocasiones cómo saltaba en su minicuna cuando cualquier ruido lo molestaba cuando tan sólo tenía días de vida; cómo botaba si alguien estornudaba a su lado; o cómo se escondía tras la pierna de mamá cuando aparecía determinada persona o veía a cualquier animal (especialmente los perros).

Nunca ha sido este hijo mío muy independiente tampoco, la verdad. No había problema por la calle en dejarle cierta libertad porque él siempre miraba atrás. No hacía falta que no le perdieses de vista: ya se encargaba él de no perderte a ti.

En fin. Estos miedos y temores han ido evolucionando y se han ido acoplando a su edad. Si bien es verdad que aún se pega a mi cuerpo como una babosilla cada vez que un perro (o perrito, vamos a ser sinceros) se le acerca, también es cierto que los ruidos ya no le asustan o que se aleja un poco más de su núcleo de seguridad buscando más interacción con otros niños cuando estamos en lugares que a él le gustan, como por ejemplo, el parque.

Todo esto ha sido refutado y más que probado por mí esta misma semana. Una amiga me llamó el lunes por la tarde. Tenía una invitación para ir a Cortylandia Córdoba, un espacio que yo sabía que existía pero que, dadas las características de mi hijo, ni se me había pasado por la cabeza pisar. Sin embargo, ese día me pareció una buena idea acudir. Iba a estar su amiguita (la misma compañera de baños de la semana pasada) y otros muchos niños y había fiesta y divertimento para rato. No lo dudé: le dije que sí, que iríamos.

Por el camino me comenzaron a asaltar las dudas. "¿Mira que si nos plantamos allí y este dice que no le gusta y nos tenemos que volver?". Bueno, pensé que había que arriesgarse y que alguna vez tenía que ser la primera. Tras los tres intentos fallidos por montarnos en un trenecito navideño las pasadas fiestas, llegaba el momento de volver a experimentar. ¡Y fue un éxito! Comenzamos por el tren: un tranquilo paseo para el que se tuvo que poner el cinturón de seguridad (un poco más apretado y se le corta al pobre la respiración) y en el que disfrutó de lo lindo. Yo no sabía cómo iba a reaccionar pero creo que tener a su amiga cerca lo hizo valiente y capaz. Cuando sonó la campana de ‘nos vamos’ noté la descomposición en su cara pero, a la segunda vuelta, ya nos sonreía y saludaba con alegría. Prueba superada. Un miedo menos.

Obsesionado con manejar él sólo un car, preferí dejar esta actividad para casi el final dada la peligrosidad de la misma. Sin embargo, él no perdió el tiempo y dijo, de momento, que quería subirse en los barcos pirata. Le intenté explicar que no, que eso daba vueltas y subía y bajaba y era un poquito más peligroso que el trenecito. Pero no hubo manera. Allí que se tuvieron que subir los dos, aunque creo que más temor teníamos las mamás que ellos. En esta ocasión, cuando sonó la campana, la cara se me descompuso a mí. ¿Cómo iba a parar yo eso si mi hijo se ponía a llorar en las alturas? Increíble fue ver cómo los niños, a la primera vuelta, ya nos saludaban al estilo "¡mira mamá, sin manos!". Sólo le falló el valor cuando subió a todo lo alto de un castillo inflable de Bob Esponja. Lo hizo sin darse cuanta de que subía en altura y cuando llegó a la cima y vio que tenía que bajar, empecé a leer en sus labios: "Mamá, mamá" en tono de ‘sácame de aquí’. Y dispuesta estaba yo a quitarme los zapatos y subir como una loca a las alturas por mi niño cuando él solito comenzó el descenso por el mismo sitio por el que había subido, sin pausa pero sin prisa. Lo que me hizo aprender como madre una gran lección: dejar que ellos solos se averigüen sus problemas.

Tras varios saltos en las camas elásticas y otro ‘cacharrito más’, disfrutamos en los coches como dos niños (yo me monté con él). Luego, tarta y fuente de chocolate. La tarde fue larga y muy completita. Llegamos a casa muertos, pero felices. ¡Lo habíamos pasado en grande! Y habíamos superado varias cosas: él, sus miedos y yo, el espíritu de madre coraje que todas tenemos innato en nuestro ser. Sólo siento una cosa de aquella maravillosa tarde: que a mi hijo ya le gustan las atracciones y que mi bolsillo va a tener que reservar presupuesto para estas cosas. Eso sí, sólo en ocasiones muy especiales.

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22 de mayo de 2013 - 08:00 h